Ejercicios (I): El Suceso – por Guillem Gual

CafeteriaMientras me encontraba sentado en mi mesa preferida de la cafetería, tranquilo, desayunando o merendando, el azar decidió fi jar mi atención en un hombre que estaba sentado a pocos metros. Sin saber muy bien porqué, continué observándolo un rato más, ahí él, leyendo el periódico mientras se retorcía el poblado bigote o sorbía ligeramente de la taza de café. Estaba yo en proceso de estudiar las razones que podría tener el hombre para alternar tales actos cuando un pequeño bulto le asomó en la frente. En cierto modo injusto fue que recondujera mi atención a este nuevo fenómeno, pero, para mayor asombro del espectador, el bulto iba agrandándose a un ritmo desconcertante, a razón del doble por segundo, algo inaudito… considerando. Finalmente, cuando tuvo el tamaño de un puño, el bulto detuvo su incomprensible progreso para dar lugar a otro, si cabe, más inverosímil. Éste fue el de resquebrajarse, permitiendo así la visión de un extraño cuerpo que se empezaba a asomar, de color rojizo y en apariencia liso. La evidente duda me asaltó -¿Qué era?- por lo que seguí atento la evolución del, ya fantástico, proceso.

La incógnita se resolvió rápidamente, ya que así fue como el cuerpo salió a relucir en todo su esplendor. Se trataba de una pinza, probablemente de crustáceo, difícilmente de insecto, ni grande ni pequeña; eso es, mediana. Me sorprendí sumido en un profundo estupor a causa de la visión de una pinza de crustáceo colgando de la frente de un hombre. Así que me obligué a recobrar la dignidad, estirándome la chaqueta, y retomé el seguimiento de la evolución del fenómeno. Como todo el mundo sabe, las pinzas raramente vienen solas, ésta fue acompañada por cuatro patas, más pequeñas, que salían de su madriguera con lentitud, recelosas del mundo exterior, pero envalentonadas por la bravura de la pinza.

Tal vez sea conveniente apuntar que el hombre seguía leyendo-retorciendo-sorbiendo con total naturalidad, insensible al espectáculo que se estaba representando en su frente. Una vez ya fuera la pinza y las cuatro patas, el proceso se aceleró de forma notable. Se agarró la pinza a la nariz, cuidando de no estropear el poblado bigote, y estiró con ímpetu hasta descubrir en su totalidad a un cangrejo de más de un palmo de tamaño, de dorso rojo y vientre blanco. Como habrá supuesto el lector perspicaz, el hombre sacó un pañuelo azul claro del bolsillo de su chaqueta y se sonó ruidosamente la nariz, ya que el esfuerzo del cangrejo le había bajado mocos. Entretanto, el cangrejo se había instalado en su cabeza y, usándola a modo de atalaya, se entretuvo en buscar algún punto de su (indescifrable para mí) interés. Habiéndolo encontrado se precipitó con temeridad al suelo, pero nada le ocurrió, ya que los cangrejos están fuertemente blindados y éste en particular parecía más ejercitado que otros. Una vez comprobó que sus ocho patas y dos pinzas estaban intactas, el cangrejo desapareció en el laberinto de patas de sillas y mesas de la cafetería para no volver ya a aparecer, tropezando en su lateral huída con la pata de una mesa, lo que provocó que se le derramase el café por encima a la señora que la ocupaba, y, consecuentemente, una exclamación, entre dolorida y sorprendida, bastante cómica.

Me mantuve aun expectante un buen rato, a la espera de una langosta, una sardina o un oso polar, pero el cangrejo fue el único que optó por la exploración, lástima. Me acerqué al humano escenario del fenómeno (ya que su pasiva actitud no le hizo merecedor de nada más) y le pregunté como hacía para sacar cangrejos por la cabeza, que me parecía una habilidad en extremo singular y si me la podía enseñar, que le estaría muy agradecido, muy por favor, muy etcétera. Me miró como si estuviera irremediablemente loco durante un breve lapso de tiempo tras el cual, sin decir palabra alguna, buscó algún cómplice de muda crítica entre la clientela, solamente encontrando, aunque muy dispuesto, a un joven que empezó a reírse de forma bastante insolente. Esto acabó por centrar en mí todas las miradas del local. Miradas vacías de expresión, de aquél que no se entera de nada y espera del objeto de éstas alguna justificación de su actual protagonismo. Las expectantes miradas me acompañaron en mi crispada vuelta hasta que me senté, momento en el que se retiraron, como si ya hubieran obtenido la justificación que esperaban.

El joven, sin embargo, a pesar de que ya no reía, seguía mirándome con fija insistencia, concentrado en encontrar alguna señal que justificara mi brote de aparente locura, tan cegado en su inquisidor objetivo que no se daba cuenta del tucán que se le escapaba por la oreja.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

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