
Hubo un artista que se dibujó a sí mismo retratándose, y cada nueva escisión de éste se trazaba repetida en un continuo encadenamiento que acabó con la escasez de pintura. Las copias se deslustraron y la perpetuidad del proceso quedó zanjada con un retratista incoloro sostenido en el vacío, mostrando que, quizá, la eternidad no es para siempre.
Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2
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