Introducción

Vivimos tiempos aciagos. Tiempos difíciles gobernados por el ridículo relativismo y por el no menos ridículo materialismo historicista. Decir que los metarrelatos que posibilitaron una parte de la acción limpiadora en la primera mitad del siglo veinte son historia, es banal y demasiado obvio. Decir que la post-modernidad redentora y vagamente humanista es ineficaz y de un cinismo exacerbado también debería serlo. Pero la especie humana no logra desprenderse de sus taras culturales ni de su temporalidad y se aferra a ellas como un naufrago a un tronco podrido en mitad del océano.

Señores, el futuro nos va a devorar con sus indestructibles mandíbulas de acontecer. Los que rumian ociosos y solo se preocupan de las aparentes crisis económicas o de los pseudo-conflictos culturales provocados por la indolencia de nuestros gobernantes, no merecen luchar en la batalla del Ser.

En este enclave de vulgarización de las ideas, del pasado, de la espiritualidad y de paralización metafísica es cuando los postulantes a erigirse como primus son los que tienen que comenzar a actuar. Es en este preciso momento de desesperanza y frustración donde los aristos han de destacar. Porque los despojos de humanidad que cada día campean por ciudades y carreteras necesitan un faro, una luz que los guíe en sus tinieblas. Al final del oscuro bosque encontrarán el prado, pero no se pueden atravesar los árboles sin recurrir a sacrificios ni masacrar a los monstruos.

El Ser escoge a sus paladines entre los caballeros de la resignación infinita y también entre los campeones de las montañas, metafísicas o no.

Bienvenidos a la Era de la Intempestividad.