Elegía de la vida virtuosa – por Rubén Giménez

D’Annunzio nació y murió como todo hombre mortal, como todo ser humano que respira y sueña bajo las estrellas y los dioses que todo lo ven con sus ojos eternos.

D’Annunzio nació en Pescara, en la región de los Abruzzos, el 12 de marzo de 1863 y murió el 1 de marzo de de 1938 en su propiedad del lago de Garda.

Poeta, dramaturgo y héroe de guerra combina en su ser la realización de la belleza estética y del ser guerrero propio de la más sublime tradición occidental.

Como ante Mishima, nos encontramos con un individuo excepcional que sostiene una fascinación dialéctica inconsciente entre las tensiones de la creación, en la obra poética, y la destrucción en la obra heroica y guerrera. La gloria póstuma que se le niega al japonés no puede ser arrebatada del italiano que consigue morir en un mundo que lo comprende, acepta y venera como a un Mesías de la fe fascista.

Con D’Annunzio perece una posibilidad de realización de la vida: la virtuosa. El italiano es un individuo creador, auto-creador, que concibe el arte y la vida histórica como un todo completo. Las vanguardias históricas rompen esa relación entre individuo poderoso (histórico) y creación veraz, y se desdibujan abocetando seres imperfectos que han de resguardarse en la comunidad para poder aspirar a una realización colectiva. D’Annunzio es dueño de un destino que no le queda grande, que parece aceptar con todas la consecuencias.

Es una suerte de poder solipsista que rechaza las convenciones ajenas y alienantes que tratan de sumir a cada hombre en un estado de sombra infeliz y con la creencia de integridad relativa.

D’Annunzio es uno de los últimos hitos completos que hallamos en la verdadera realidad histórica. Lo que Adolf Hitler o Pablo Picasso no pueden ni parecen albergar, lo que Josef Stalin siempre deseó y el resto de mortales no intentan ni soñar. D’Annunzio es el extraño faro que debería guiar al mundo muerto que apenas late tras la desarticulación de la vida en el siglo XX.

Un sueño, de Canto Nuovo
por Gabriele D’Annunzio (1882)

“Estaba muerta, sin calor.
La herida era visible apenas en el flanco:
estrecha fuga para tanta vida.
El lienzo fúnebre era tan blanco como el
cuerpo.
Jamás el ojo humano verá
más blanco que aquel blanco.
Ardía impetuosa la primavera
en los cristales donde insectos inermes
golpeaban con alas rumorosas.
Huyó el calor de ella.
Yo pregunté: ¿Duermes?
Más cerca, con risa salvaje, repetí:
¿Duermes, duermes? ¿Duermes?
Al recordar que aquel acento
no parecía el mío,
me vuelve hoy el terror.
No escuché ni un murmullo.
Cautivo de la roja arquitectura
se dilataba en el bochorno
un fuerte olor a descubierta sepultura.
El hálito invisible de la muerte
me estaba sofocando en la cerrada habitación.
Le dije nuevamente a la mujer inerte:
¿Duermes, duermes?
Nada, nada.
El lienzo fúnebre era tan blanco
que nada, ¡nada verá el ojo de un hombre
más blanco que ese blanco! “

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #1

1 comentario en “Elegía de la vida virtuosa – por Rubén Giménez

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