La manifestación del espíritu en occidente (Revisado) – por José Rubén Giménez Expósito

Hubo una antigüedad
El Espíritu como idea formalizada se manifiesta de formas diversas en occidente y oriente. Esta polarización en el despliegue de la idea suprema conlleva consecuencias importantes para el devenir histórico. El espíritu insondable y eterno vive enmascarado por los acontecimientos cotidianos y solo algunas veces escogidas puede desplegar alguna de sus facetas entre los hechos extraordinarios. Su forma básica de manifestarse, en occidente, es a través de la separación suprema entre el bien inmaterial y el horror físico. Cuanto más alto es el ideal de bondad y belleza al que se aspira, y más ponzoñosa e indescriptiblemente terrible se produzca su desarrollo material, en ese espacio se da en mayor intensidad la efectuación de lo sublime. Horror y belleza son los pares necesarios para que la lógica de lo trascendente pueda progresar. Analizando algunos casos concretos se podrá comprender un poco mejor este hecho insoslayable.

Empecemos asumiendo que la tradición cristiana se basa en una vigilia de tortura, degradación, odio y una muerte necesaria para fundar su credo. El cuerpo humano, la carne animal, son sometidas al dolor y a la extenuación, condensadas en la figura del crucificado. La razón, la esperanza y el amor se ponen a prueba y se someten a la máxima presión para mortificar también al alma del hombre, de todo el conjunto de los hombres. La tradición nos muestra a un hijo abandonado por su padre en cuerpo y en espíritu para dar lugar al misterio insondable de la fe. Vemos claramente como un horror máximo es necesario para desvelar la necesidad de la fe, y para que se complete la obra divina de la redención del hombre. Previamente hemos podido asistir, a hurtadillas al menos, a otro momento supremo en la historia de la creación. Un momento sublime en lo sutil, pero eterno en su significado. Antes de que el cordero sea sacrificado, ha de haber sido entregado al verdugo. Heréticamente podemos afirmar que metafísicamente la acción de Judas supera a la de Jesucristo. Hay una perfección en las ocultas motivaciones del traidor que solo deberían ser interpretadas como el más grande sacrificio jamás realizado. Atrás quedan los gestos de Job y Abraham, las carencias de Mahoma, la obligación de Caín, e incluso la propia entrega de Jesucristo. Judas cede su alma y comete el mayor de los crímenes siendo el mayor de los creyentes y, aparentemente, rechazando toda la esperanza y toda la fe consigue abrir el camino previamente marcado. Judas entrega a Jesús y eso solo puede ser considerado como una traición y como tal ha de ser castigado. Su castigo es que permanezca en lo más profundo del infierno junto al enemigo por toda la eternidad.

Las edades de la gloria
La época de la apariencia de oscuridad es la época del don divino mostrado. Con el ocaso del paganismo y de las primeras grandes aspiraciones tecno-científicas, el Espíritu comienza su peregrinaje en la más excelsa de las expresiones materiales, la religión cristiana. Las cruzadas son el gran momento en el que los hombres mueren por lo trascendente por encima de riquezas y especulaciones terrenales. El sacrificio y la sangre son la divisa principal de este momento histórico. Hierro y fuego son los versos de la poesía de la crueldad y el dolor. Hemos de pensar que con la pérdida de personajes directamente tocados por la divinidad como en la época del cristo, de los césares y de la Grecia del mito, es necesaria una compensación en la cantidad de las ofrendas. En la antigüedad el escaso gesto de Abraham en la entrega de su primogénito basta para dar lugar a la Fe. Siglos después miles y miles de seres humanos han de perecer para tratar de recrear pálidamente el necesario gesto que se exige y dar vida al Dogma.

Desde la muerte de Cristo y la anunciación del reino de los cielos se crea una tensión enorme en el seno de Occidente. Por un lado está la necesidad de expandir el mensaje emanado del Espíritu por boca de sus seguidores y por otro lado está la creencia constante e inminente en el Apocalipsis que ha de dar lugar al juicio divino. Se empieza a generar el movimiento doble de adoración y sacrificio en el que todo gira entorno de la divinidad y el miedo. Lo sublime reaparece tras las invasiones bárbaras y la filosofía recupera su capacidad de habla en boca de presuntos infieles y de judíos para luego poder ser cincelada en monasterios y abadías. El Espíritu vive en el sacrificio que se produce en la construcción de las magnas catedrales. Cada piedra esculpida, cada ladrillo amontonado se cementa con la sangre de los que dan sus vidas por la gloria divina.

El pueblo vive vidas sencillas en idealizados campos donde labran las tradiciones que perdurarán por siglos. Ni las plagas de enfermedades, ni las plagas de racionalización pueden destruir la bucólica verdad que se halla tras el sentido de honradez y ascetismo natural que el pueblo es obligado a vivir. Y donde las clases altas se someten a los excesos fisiológicos y poéticos de las vidas carentes de sufrimiento, el pueblo llano obtiene el perdón de todos con su sacrificio. Pagan justos por pecadores porque con el sacrificio se escribe una y otra vez la ampliación del contrato con la vida dotando de significado a la misma.

Pasan las edades de la Gloría, de cruzadas contra la media luna, de batallas navales surcando el mare nostrum y de la consagración de la metafísica de la cruz y la redención. Muy atrás quedan ya los estilitas, los mártires y los místicos iluminados que generan la mitología de la cristiandad con su mezcla de sufrimiento y sublime placer sádico. Atrás quedan también las viejas herejías de la Alta Edad Medía que cuestionaron las palabras de Dios en interminables luchas intestinas por la riqueza o la pobreza del salvador. El Espíritu se expande y se fracciona en facetas ambivalentes de un mismo cristal, para tratar de crear confusión en el sabio y fanatismo en el ignorante. Las viejas herejías dan paso a nuevas no tan inocentes y en la puerta de una iglesia alemana se cuelga un cartel de busca y captura de la solemnidad y la belleza pétrea del mundo antiguo. La Reforma es sólo el anticipo del desastre posterior. Aunque se trate de un desastre completamente necesario. Occidente se hace grande, muy grande, con la conquista de los mares y el Espíritu viaja apresuradamente para reposar escondido.

Cabeza de Vaca, Cortés, Pizarro… son tantos los serafines vestidos de metal y cuero que tratan de encontrar el camino del Espíritu perdido. Y Moctezuma llora amargamente el fin de su sublime campo de sacrificios. ¿Que hemos hecho mal? ¿acaso no seguimos tu doctrina? Se pregunta una y otra vez. Su aparato de sangre, de fuego y de tortura se rompe y se derrumba por culpa de más fuego y más metal traído por los jóvenes dioses del este. Y el Espíritu continua desaparecido, medio oculto. Evadido bajo el sopor de los eones yace durante la revolución copernicana y el despropósito de la nueva ciencia que predican Bacon y Descartes. Meditaciones metafísicas y discursos filosóficos inútiles para tratar de demostrar la única certeza posible, que Dios existe, se llame como se llame.

Es más, incluso tras la caída del Imperio que más creyó trabajar conscientemente por el Espíritu, existe la posibilidad de emprender la vía soteriológica. Y si alguien trata de rebatir que la patria de los españoles fue el centro necesario del mundo en su implicación con la manifestación del Espíritu, no tiene más que releer las crónicas y dará cuenta de la belleza sublime de los tercios y su pasión mística al descerrajar infieles a golpe de toledana. Nunca más el soldado ha estado tan cerca de la verdad de Dios de la que hablan los poetas. Aunque siempre se puedan entender como la manifestación del mismo arquetipo que antes ya se manifestó en las Termópilas, las Galias o en Egipto.

Sonata y final
Repetición. Repetición o restauración cíclica del sacrificio. Así se puede interpretar el propósito de la sucesión de grandes conflictos que azotan al corazón de Occidente. Cruzadas, revoluciones y guerras mundiales son un mismo conflicto condenado a volver a darse. El único modo de entender ese jardín de muerte y sangría destructiva que como tempestad azota a Europa es como un deseo del Espíritu de manifestarse y así, poder consagrar su temporalidad. Existe un patrón común en cada uno de los puntos cardinales de la historia y es la idealización fanática de las ideas. Donde Marx elabora una metafísica materialista solo hay una deformación semántica de la verdad sublime que subyace a todo el mal llamado progreso. Los bloques opuestos no son los condenados a la esclavitud y los opresores si no que son facetas del mismo Espíritu intemporal. La fe es el único vehículo del mundo. A pesar de que se trata de denostarla una y otra vez.

Hitler y Stalin tuvieron a los mismos seguidores. Napoleón y el Zar Nicolás, Ricardo Corazón de León y el Gran Turco, incluso Leónidas y Jerjes. Porque todos los combatientes están del mismo bando, el de lo sublime que exige su pago en sangre. A ojos humanos, el Espíritu es un cruel amo, el más exigente y nefando posiblemente. Pero no es cruel por pedirnos nuestra vida, ni siquiera por pedirnos las vidas de hijos e hijas, de amantes o héroes, su crueldad se basa en el hecho de que somos incapaces de comprender sus motivos. Pues el conocimiento de su verdad nos está vedado por nuestras limitaciones físicas.

¿Es esto una crítica en contra el Poder? No, ni lo puede ser. Pues al no poder combatirse la necesidad no existe la posibilidad de su rechazo. El hombre ha de agradecer su tormento, pues en él existe y por ello tiene la posibilidad de perpetrar el sacrificio necesario.

Epílogo: intercambio imposible
Existe una triada imposible en la interpretación de la historia, de la mística y de lo sublime que incluye a tres destacados miembros del partido nazi alemán. La Fe y la Filosofía permiten un juego dialéctico en el que Hitler, Himmler y Goebbels se identifican con Jesucristo, Pedro y Judas respectivamente.

El rol mesiánico del Führer parece evidente y su identificación en cierta medida trivial. Himmler, en esta triada representa el papel de Pedro como el mayor creyente, como el padre de la iglesia y de la doctrina soteriológica que acompaña a la fe nazi y tampoco es ningún gran escollo en la interpretación.

¿Como se identifica a Goebbels con Judas? En este punto reside la gracia de este mínimo juego desplegado hasta ahora, pues aquí parecen haber contradicciones irresolubles. No es un lugar común el pensar que Judas tuviese una autentica fe y un amor infinito por el crucificado pues históricamente se le ha señalado como el mayor traidor habido. Judas realiza el papel más difícil posible y que prueba su fe absoluta, su salto al infinito en términos kierkegaardianos, al traicionar al crucificado y entregarlo al necesario sacrificio mundano. Judas paga con su alma, hasta ese punto es grande su Amor-Fe. Judas paga con la eternidad de su alma y acaba en el infierno de Dante sin esperanza alguna de redención hasta el fin de los tiempos.

Goebbels traiciona a Hitler pues lo entrega al mundo con su propaganda y su realización histórico-fáctica del ideal sublime del Ser Trascendente. Goebbels acaba con el nazismo, con su intemporalidad y eternidad previa e ideal al conseguir que se despliegue y se llene del nihilismo inherente a lo terrenal y temporal. La belleza del ideal nacional-socialista reside en su imposibilidad necesaria, igual que lo sublime de la fe Cristiana. Ambas doctrinas fracasan y alteran drásticamente la historia cuando se despliegan en el mundo, pero su esencia última permanece de algún modo…

La belleza existe en un mundo ideal. Lo sublime acompaña a la Fe.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

2 comentarios en “La manifestación del espíritu en occidente (Revisado) – por José Rubén Giménez Expósito

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