Relato

Traducción al castellano de la reseña Catturare il Momento, escrita por Angelo Biancaniello para el suplemento dominical Zenodoto, del diario de trincheras L’Insonnia Febbrile.

Edizioni Arzente reúne en cuatro volúmenes la vasta y póstuma obra del crítico de arte y poeta Giussepe Messana. Por primera vez, bajo el epígrafe Opere finita, se publican los escritos que el calabrés elaboró en el periodo sonámbulo, cuando en 1943 se mudó de Catanzaro a Samnaun, adoptó el seudónimo de Hiram von Troil y, perdiéndose en el anonimato que le confería un nuevo nombre, se dedicó a confeccionar una literatura que pudiese atrapar el Momento. Después de la guerra nadie reparó en la desaparición de Giussepe Messana; cuando la población italiana dejó de pensar en la mera subsistencia y pudo inquietarse con frivolidades, pocos fueron los que se preocuparon por la suerte del artista, al que daban por muerto o, simplemente, no les importaba en absoluto qué hubiese sido de él. Su creación más célebre, 26 versos encierran el Universo, se continuó mostrando en la Italia de posguerra como paradigma de las primeras vanguardias (pese a salirse de los parámetros futuristas), hasta que terminó relegada a breves charlas en los círculos intelectuales, a comentarios distraídos en los ambientes reaccionarios, a recuerdos de pocos nostálgicos del bullicio novecentista, a la curiosidad de algún erudito, a la ofuscación. Decía así:

26 versos encierran el Universo

a

b

c

d

e

f

g

h

i

j

k

l

m

n

o

p

q

r

s

t

u

v

w

x

y

z

Algunos le recriminaron la ausencia de signos de puntuación, signos interrogativos y exclamativos, pero se convino en que éstos no participan en la creación esencial del universo, sino en su ordenación. También le tildaron de manierista. Los veintiséis versos promovieron fogosos debates y acabaron deshilachándose junto con el entusiasmo de los vencidos. Sus otros poemas jamás tuvieron reconocimiento; con el transcurso del tiempo sus críticas dejaron de interesar. Sus teorías no se han tenido en cuenta hasta que, recientemente, un joven estudiante de Filosofía en la Sapienza, miembro activo del Bloco Studiantesco y coordinador de la librería Testa di Ferro, halló en Vibo Valentia (antigua Monteleone) manuscritos firmados por Hiram von Troil. La casa en la que localizó el descomunal grueso de hojas emborronadas había pertenecido a la familia Messana; el universitario llegó a ésta al investigar las vanguardias de principios de siglo para su tesis doctoral La lírica del fascismo. Preguntó a diversos vecinos de Vibo Valentia, mientras recorría las principales ciudades de cada región italiana, sobre la posibilidad de que algún poeta desconocido hubiese vivido en aquellos lares; le respondieron que en la década de los sesenta un extravagante anacoreta se había encerrado en una vieja casa del centro de la ciudad. Indagando, logró que emergieran antiguas leyendas y habladurías acerca del extraño personaje: había habitado el número siete de la Via del Frassino. Le contaron que en aquel lugar con frecuencia se oían gritos, llantos, risas histéricas, gemidos, golpes secos, y que de la ventana de lo que se presuponía era el escritorio caían a la calle ingentes cantidades de papel arrugado con frases turbias e ininteligibles. Le dijeron que nadie había vuelto a residir ahí. El inmueble estaba en ruinas, información suficiente para que el estudiante decidiese allanar aquella vivienda desahuciada.

No costó en exceso identificar al antiguo inquilino como Giuseppe Messana. De hecho, con tan sólo haber ahondado un poco se hubiese dado con su paradero, pero hacía tiempo que su historia estaba arrinconada. Convertido en Hiram von Troil pasó  inadvertido aún sin quererlo. De Calabria emigró a Suiza (a la frontera con Italia y Austria), después a Basilicata y a Vibo Valentia, cerca de su pueblo natal. Una pareja que se bañaba al atardecer del 18 de junio de 1983  en la playa de Bivona se topó con su cadáver tumefacto y descompuesto. La policía siguió la pista creyendo que se trataba de un ajuste de cuentas de la Ndrangheta, a la que por aquel entonces fingía perseguir, pero resultó que dos camellos de Casenza y de poca monta, que buscaban un edificio deshabitado en el que guardar la mercancía, se colaron en la casa de Hiram von Troil y tropezaron con su cuerpo inerte. Lo arrojaron en el puerto a causa del miedo injustificado que les infundió el pensar que serían acusados de asesinato.  Nadie más se enteró de la muerte del escritor. La casa pasó a manos de un sobrino segundo que echó el candado y omitió lo sucedido: tenía suficientes recursos como para no volver a pensar en aquella vivienda destartalada, ni se acordó de venderla.

El descubrimiento ha acarreado la reedición de sus poesías (26 versos encierran el Universo y otros puñetazos, de Página doblada. Ndt.) y el acopio de una colección de críticas (publicadas en castellano como La Teoría del Instante y otras críticas, editada por Areté. Ndt.) en las que se entrevé el corpus teórico que serviría de leit motiv,  punto de partida, obsesión y via crucis expiatorio en su ulterior literatura, la perteneciente al periodo sonámbulo. Así pues, los cuatro volúmenes publicados por Edizioni Arzente recogen el grueso de la obra narrativa (si es que ese término no ha quedado obsoleto) iniciada en Samnaun, y toda ella está enfocada al intento desesperado de apresar el Momento.

 

Breve esbozo de la Teoría del Instante (o del Momento)

Hiram von Troil, aún cuando era Giussepe Messana, erigió una camada de  axiomas derivados de una serie de presupuestos primordiales en base a los cuales realizaba sus críticas. De éstos emanaba su teoría del instante, a saber, que el  motivo del arte es apresar el momento: el arte podrá desvelar, devendrá sublime, en la medida en que sea capaz de cazar el tiempo. La conclusión se deducía de la formulación de los siguientes postulados:

Verdades evidentes:

– Dios es.

– Sólo se es si se existe.

– Sólo existe lo que acontece.

-Sólo acontece el presente.

Derivaciones:

– Dios existe, Dios acontece.

– Sólo existe el presente: el futuro acontecerá, luego no es (tal vez sea) y no existe (tal vez exista); el pasado aconteció, luego no es (fue) y no existe (existió).

– Dios no está ni en el pasado ni en el futuro, pues acontece, ergo Dios es presente.

– Sólo el instante (momento) es presente.

– Dios existe en el instante.

– Dios es una continua actualización del presente.

– Sólo llegamos a Dios participando del presente.

– El arte, si quiere llegar a la sublimidad, deberá captar el Instante, donde habita Dios.

 

Onoma

Hiram von Troil se obcecó con la idea de aprehender, aprisionar un relámpago para contemplarlo estático y llegar a la excelsitud. Según él, la literatura, mediata, artificiosa, subsiguiente, disgregada, únicamente había podido describir con torpeza aquella exhalación, desvencijada entre letras y palabras. No había logrado detener el reloj, absorber el instante. Hiram von Troil se propuso capturar el Momento, no una parte de éste, una porción de ser, sino en su totalidad.

Había estudiado etimología y sabía que “nome” (en castellano “nombre”. Ndt.) es una voz latina -que el italiano moderno ha asumido sin alteraciones-  proveniente del griego “onoma”. Hiram von Troil siguió a pies juntillas los apotegmas que profiere Platón en Crátilo cuando conviene que “to onoma mimia ti ine tu pragmatos”, esto es: “el nombre es una imitación de la cosa”; “Eike tinin… oti tut estin on to onoma”: “Pues parece…, la cual cosa significa que el nombre es el ser”. En definitiva, interpretó que el ateniense afirmaba que el nombre da entidad porque el ser y el nombre son indisociables. Tomando el sentido literal de este principio, el calabrés consideró que bastaba con nombrar aquello que quería alcanzar, escribir una referencia que encerrase al referente, asimilar en una palabra significado y significante, para encerrar el Momento, aferrarlo al nombrarlo en el presente. Para ello debía escribir “Momento” en un instante, hecho que a priori, racional y lógicamente, es imposible, pues la palabra tendría que ser emplastada como por arte de magia, de repente, en una fracción de fracción de nanosegundo, en un santiamén, en el mismísimo momento en que se nombra y en el que habita el Ser.

 

Abreviando (pese a la redundancia) y conclusión:

a.       El presente es la única instancia que existe; Dios está en el presente y Dios es momento.

b.      El arte debe tender hacia lo supremo.

c.       Al nombrar se dota de esencia a lo nombrado.

Conclusión de Hiram von Troil: para atrapar el Momento (esto es, alcanzar lo excelso), la literatura, tal y como las instantáneas fotográficas consiguen, deberá captar el Momento en un momento nombrándolo con el término “Momento”.

 

Catturare il Momento

Toda la producción literaria reunida en los cuatro tomos aúna este esfuerzo, las tentativas que se conservan y que no fueron arrojadas por la ventana de su escritorio. Los cuatro volúmenes editados por Edizione Arzente son reproducciones, facsímiles del original, ya que no hubiese tenido sentido mecanografiar hasta la saciedad una sola palabra, la única que se escribe a lo largo de más de cuatro mil páginas. En ellas puede contemplarse la evolución, la práctica, la pericia literaria que fue adquiriendo Hiram von Troil. Empezó tanteando, sosegado, con paciencia, lentamente, dejando escapar infinitos momentos al escribir “Momento”, habituándose a las letras que conformaban el término, amoldando los trazos a la forma dibujada. El segundo tomo consta de palabras más nerviosas y rápidas, con las letras desdibujadas, corridas, como si se creyera capaz de lograr su aspiración grabando el vocablo de un golpe;  puede leerse, aunque borrosamente, “Momento” en la mayor parte del libro. En el tercero, para un lector poco avezado o uno que no se ha leído ni el primer ni el segundo volumen, sería imposible descifrar lo que está escrito: garabatos que fluctúan progresivamente, creando un ritmo hipnótico, de una fuerza y belleza inusitadas. En el cuarto volumen Hiram von Troil se acerca al éxito y escribe “Momento” en un trazo rectilíneo, conformando una sucesión de rayas que acaban derivando en puntos aparentemente idénticos. La obra concluye, como no podía ser de otra forma y como concluyen todas las demás, con un punto, no diferente a los anteriores, suponemos que de diámetro equivalente al de la punta de la pluma con la que escribía.

En una carta, encontrada entre el revoltijo de papeles que anegaba la casa, decía haber conseguido encerrar el Momento en una palabra, y no en una cualquiera, sino en aquella que lo nombra, aquella que es su ser. El último punto contiene la palabra y la esencia de Dios. Los estudiosos dicen que la obra editada está ordenada de forma cronológica; para ello se sirvieron de las más avanzadas técnicas con carbono, por lo que no hay motivo para dudar de que el último punto de Opere Finite es el referido por Hiram Von Troil. La publicación de este controvertido texto ha suscitado elogios exaltados y críticas jocosas. Los fanáticos creen que se ha inaugurado la post-literatura, una nueva forma de escribir y usar las palabras; los escépticos creen que se trata de una broma, de una perversa campaña mercantil que se ha aprovechado de la incongruencia de un demente.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #4

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