Ortografía – por Ángel Noguera

“Poesía silenciosa, pintura que habla”

Todo comenzó cuando descubrí el discurso de Vargas Llosa… no sé qué de una “botella lanzada al dios de las palabras”. Me abstendré de pronunciarme personalmente sobre el tema tratado, la simplificación ortográfica, hubiera preferido que la “ph” de filosofía se conservara, como en el alemán, luego lo que pueda aportar, tendrán ocasión de comprobarlo, será anacrónico y ridículo;  léanlo ustedes mismos y opinen.

Que el lenguaje evoluciona, o cambia (no sé si será lo mismo), lo sabe hasta el cavernícola más paleto, y hablo literalmente, pues algo tuvo que hacer él para pasar de las resonancias guturales a la imitación del trino de un pájaro, del estruendo de unas rocas precipitándose en un barranco, o en el agua, con ese sonido  hondo y plástico tan característico,  al lenguaje articulado y escrito. Bien podemos entrever que un abismo de términos y estructuras se han ido elaborando con el fin de nombrar la realidad, y no sólo de nombrarla, sino de duplicarla, mediante un procedimiento aplicable también a las demás artes.

Esta pequeña introducción nos revela que el lenguaje es oralidad, qué duda cabe, incluso si estiramos la imagen podríamos decir que el hombre antes de hablar cantaba… Es entonces, en ese preciso momento, cuando yo me pregunto: ¿“innato” y “preexistente” no pueden ser sinónimos?  ¿Qué significa la palabra “genética”? ¿Encierra su pronunciamiento (¡GENÉTICA!) connotaciones místicas o alegóricas?  ¿Se le quita algo al “alma” si se intercambia por “mente”? ¿Si niego la destrucción total y absoluta de la materia no digo que el alma es inmortal? Todas estas preguntas, y otras más absurdas todavía, me llevan, por un acto mágico del magín, a parafrasear a Sócrates: no hay justicia  de vida sin justeza de concepto. No hay que darle muchas vueltas, hoy en día diríamos que la utilidad máxima del lenguaje es el conocimiento,  suponiendo que el hombre posee un aparato biológico de representación que le permite sobrevivir, y que el fin último de tan fabuloso ingenio es la ciencia empírica.

Seguramente se me tildará de ultraidealista, en toda la gama de posibles significaciones que esta palabra pueda albergar; yo, por mi parte, alegaré que quizá falta eso que J.P. Vernant llamaba “categoría psicológica del doble”, y no es ironía. Sabemos más que los griegos a fuerza de hablar de ellos, pero se perdieron las ensoñaciones… “oh Zeus, que las nubes acumulas”.

Por otro lado, se comenta entre los círculos eruditos que el lenguaje, además de ser un instrumento de comunicación con poderes socializadores, sirve para pensar; esto lo completaría Platón: pensar es pensar Ser. Ahora bien, conocer es recordar,  lo cual va en contra todas las tesis progresionístas y suma un absurdo más al anterior.

Recapitulemos: si Sócrates no escribió nada y Platón se equivocó…  no hay ciencia adecuada para rebatir a Vargas Llosa, menos aún para juzgar el alcance de sus pretensiones,  sólo nos queda reírnos y el último absurdo,  Aristóteles, para contestar a la impiedad.

Lancemos también por consiguiente nuestra botella al dios de las palabras en forma de carta abierta y no temamos si lo acribillamos a botellazos, que otros lo hicieron antes y no pasó nada:

Desconozco las consecuencias sociales, culturales, históricas y trascendentes derivadas de una simplificación extrema de la ortografía castellana, y si el griego o el latín nacieron y desaparecieron,  podría pasar cualquier cosa, pero  viendo a Laín Entralgo llegar a utilizar a Aristóteles para justificar que las novelas policiacas deben ser consideradas objeto intelectual, no puedo dejar de seguir su ejemplo y estampar al filósofo en la base de mi argumentación. Que el estagirita se haya pronunciado sobre el tema, en principio, es irrelevante,  sobre todo si tenemos en cuenta que su sola mención, como la de Sócrates y Platón, constituye un acontecimiento fantástico y metafísico, y que en verdad el hombre sabía de todo.  Una vez estuve en un congreso de aeromozas en Madrid, yo soy castellano de la vega del Jarama, y se citó a Aristóteles, no recuerdo a cuento de qué;  me pregunté entonces qué tendría él que no tuviera yo: cuando lo supe fue demasiado tarde.

En definitiva, si consideramos que el lenguaje es la “casa del Ser”, que diría Heidegger, y que  Heidegger es tenido por uno de los mejores citadores de Aristóteles, observaremos primero que la Real Academia de la Lengua parece más una casa pública adonde se va a manosear las delicadas curvas de las palabras y, segundo, que Vargas Llosa, en su voluntarioso alegato-exégesis por hacer más simple la ortográfica pronunciado en Zacatecas, no sólo no nombra a Aristóteles ni una sola vez, sino que ello es causa de  posteriores desaforismos. De entrada, su posición en el eterno combate entre los dioses jóvenes y los dioses viejos -unos proclamando la liberación de las cadenas opresoras, mientras otros,  oscurantistas inquisidores de profesión, azote de Sartre y Fukuyama, se niegan ferozmente al progreso lingüístico y democrático-  es muy poco artística, e indigna de un Premio Nobel.  En estos tiempos que corren, no estaría de más que recordara, auspiciado por su autoridad,  la diferencia entre el lenguaje hablado y escrito y, de paso, su relación con la oratoria. Podría decir que es una cuestión de elegancia, pero un justo medio sería suficiente,  una cosa seria señor mío, y no esto.

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