Alcohol: El arte de pimplar

Primer tiento

Puesto que el blog intempestivo parece un mausoleo de citas y nostalgia descompuesta (culpa de la inactividad forzada por el calor, el trabajo, la contemplación de la esfera de las fijas y el estudio de las prácticas agropecuarias en la República del Kiribati), me he propuesto exponer de forma clara y ecuánime los beneficios espirituales y físicos que aporta la ingesta de alcohol al hombre de bien. No pretende ser un ensayo de vulgar sarcasmo ni una provocación vacua; pese a las anécdotas, zumbas o comentarios deliberadamente jocosos que puedan ser escritos con tal de agilizar y hacer más amena la lectura, debe tomarse ésta con la seriedad justa, pues demanda atender sin prejuicios, con la mente desembotada y la mirada del librepensador que huye de tópicos y convencionalismos. A fin de cuentas, el alegato aspira a semejar una de esas cogorzas en las que parranda y cavilación se unen para deleite de Dionisos.

Con todo, dado que Internet está poblado de tuberculosos cerebrales, debo justificar mi postura ante aquellos que perciban en las siguientes líneas una apología a la juerga adolescente y a la frivolidad pueril. Ante quienes desafortunadamente opinen así, sólo puedo espetar un “andaos a tricotar mojones en ganchillo, meapilas”. El santurrón que vea en el alcohol un signo de decadencia posmoderna y crea que es un invento hedonista de Satanás para ablandar y debilitar al rebaño no merece leer nada de lo pergeñado en este achaque de lucidez, de hecho, no merece ni saber leer ni hablar ni opinar ni tartamudear ni sacarse mocos cuando el filete en el narigón te resulta tan incómodo que querrías arrancártelo. Tal sujeto debería estar forrando tanques con su pellejo o sirviendo de cobaya a científicos militares en su intento por crear un arma bacteriológica que dañe exclusivamente a catacaldos, zampatortas y lameglandes.

Cualquier intempestivo que se precie será un buen bebedor, y pese a que los hay –y los tenemos a veces escribiendo por aquí- que desacreditan este néctar celestial como una perversión que pudre cuerpo y alma, lo cierto es que no hay nada más noble, veraz y esclarecedor como el buen pimplar. Intentaré ser metódico dentro de la espontaneidad e inmediatez del escrito, esto es, no voy a estructurar, ni revisar ni corregir; organizaré la apología etílica sobre la marcha, siguiendo un mapa mental que, espero, haga que hasta los más inútiles puedan entender por qué es necesario refrescarse el gaznate de vez en cuando.

Ya que todo el mundo sabe que fumar es gallardo y bello, y que los informes médicos al servicio de sucias corporativas farmacéuticas manipulan datos irrefutables (como recientemente han demostrado estudios objetivos e independientes del Truth Tobacco Institute), esta vez creo conveniente, y por extensión lo creen todos mis camaradas de patíbulo, proceder al ennoblecimiento del alcohol y del bebedor; al enaltecimiento del fascinante personaje de sutileza sin parangón y aguda clarividencia, al encomio de la savia mesopotámica de Ninkasi.

El alcohol os hará libres

Escanciado. Raciocinios

Es sabido que pimplar  es un acto de reconciliación con la tierra, un gesto panteísta de integración en el cosmos y, por ende, de comprensión y aprehensión metafísica. Por supuesto, no toda la bebida, ni en cualquier momento, forma, circunstancia o lugar, pueden facilitar la hidalga truja; el contexto y la preparación es tan importante como el empinar el codo. Del mismo modo en que no se entiende escuchar música la reproducción de una radiofórmula a chorrocientos decibelios en un baño infecto mientras se confita cerumen (que, recapacitando, la estampa incluso resulta sugerente), no se entenderá por beber el jincarse cubatas aguados de vodka con Redbull en una plaza abarrotada de un número intangible de gilipollas. Beber es una plegaria vitalista, un ritual. Arte, práctica estética, ejercicio místico. El proceso que transita de los húmedos y salvajes campos de las Highlands, de la maceración en barricas de roble atávico, del reposo durante lustros del destilado mecido por vientos del norte y lluvias iracundas,  hasta el pimple mientras se discute airosamente con buenos amigos sobre las tribulaciones, infortunios e indulgencias de la existencia, constituye un fenómeno artístico comparable a las overturas de Beethoven y a los relatos de Maupassant.  No en vano la mayoría de prohombres han sido alcohólicos, puteros o asesinos en serie (genocidas cuando ostentaban poder político). Y aquí, permítanme desviarme del tema central para volver a éste con más fuerza, debo arrojar luz sobre cuestiones cardinales para la comprensión del poder bebercil.

El hombre de sensibilidad superior, y por lo tanto, el hombre superior, está llamado a reinar sobre la tierra; quien siente mayor empatía es más apto para adivinar los vaivenes vitales de la humanidad. El hombre sensible puede ser activo o pasivo: creador o receptor. Puede ser vitalista o impío: genio o destructor. Puede ser diferente o mediocre: noble o plebeyo. El alcohol ayuda a dirigir y potenciar las cualidades del hombre sensible, le da herramientas para entender su honda naturaleza y sacarle el máximo provecho (Baudelaire, Poe, Dostoievski…). No desearía que esto se convirtiese en una suerte de libro de autoayuda, pero antes déjenme advertirles de que el hombre sensible oposita a cuatro arquetipos que lo condenarán o salvarán, castrarán  o maximizarán:

–         El hombre destructor: audaz, intrépido y misántropo; incapaz de soportar la pesadumbre existencial (por falta de educación alcohólica), se le fríe la corteza cerebral y da rienda suelta a su nihilismo. Pega tollinas a diestro y siniestro. Malgasta su energía en intentar que el mundo reviente como la cabezota de un boquerón sifilítico.

–         El hombre cerdaco: débil, cobarde, individualista; se deja llevar por el erotismo y la bajeza de la carne; fácil y recurrente subterfugio. Suele dilapidar su sensibilidad y mediocratizarse.

–         El hombre frustrado: moralista y mascachapas. No ve eticidad en el asesino, el zorrón o el borracho, así que llora, gime e intenta canalizar su sensibilidad en algo digno sin llegar a nada que no sea autocompasivo, pues le falta la luminiscencia proveída por el alcohol, que como los champús anticaspa,  limpia la inmundicia interior y deja que el espíritu crezca fuerte y sano. Paradójicamente, los yonkis y deshechos acostumbran a pertenecer a este arquetipo.

–         El hombre alcohólico: educa la sensibilidad a base de copazos y se constituye más enérgico y creativo. Conoce sus límites, tiene anhelos, ambiciones y sabe cómo apresarlos. Ser de carácter espiritual con tendencias místicas. Garboso, de fuerte intuición y agudeza estética; de alma elegante y generosa. Entiende que el alcohol es una dádiva divina que debe aprender a utilizarse, pecado rechazar e insolencia un uso inapropiado. Superhombre.

¿Qué zurullos quiere decir el tío éste? Pues que, como no, en este ensayo sólo consideraremos al cuarto tipo de individuo. El tipo correcto, el buen padre de familia, el aventurero canalla en junglas inexpugnables, el Don Juan grácil que conquista toreando, el general premonitorio que dirige sabiamente a su ejército invencible, el capitán imperecedero de un buque legendario, el poeta iluminado, el músico prodigioso, el vagabundo que conoce la verdad. Ése es el bebedor, el hombre que bebe, el pimplador, trujero, tajón, borracho, borrachín, borrachuzo, ajumado, dipsómano, ebrio, beodo, cuba, mamado, embriagado, achispado, pedo, mona, kurdón, ahumado, filibustero, encogorzador, fistro del bebercio… Beber es de bebedores, se es bebedor si y sólo si se bebe. Beber es consagrar la bebida. Bebedor es quien consagra la bebida y con ello engrandece. El bebedor hace a la bebida y la bebida al bebedor. Aquellos que ingieren líquidos espiritosos para ser más estultos, sin respeto ni adoración por lo que toman, no pueden llamarse bebedores, simplemente ejercen su estupidez accidentalmente a través del alcohol. Del mismo modo, los preparados de grado alcohólico elaborados expresamente para hacer más almorzamindas a la gente (remito de nuevo al vodka mezclado con Redbull, vino malo, la mayoría de cervezas, licor 43, Malibú y alguna gorrinada más…), no pueden considerarse Bebida. La bebida respeta al bebedor y se obtiene para su gloria; el bebedor le corresponde con su acto religioso elevándola a la categoría más excelsa.  Lo demás es blasfemia y no merece vivir quien corrompe su sentido.

No quiero decir  que siempre deba santificarse el Momento Lingotazo, muchas veces se nos pasa, estamos distraídos, relajados y, como seres  sujetos a las pasiones y debilidades mundanas, desatendemos el acto ritual. Lo esencial es que adquiramos tal devoción por la bebida que, aunque inconscientemente y sin demasiada pompa, estemos ungiéndola y agradeciendo a Gea que de su seno pueda surgir la leche que nos hace inmortales. Al final, despreocupado, acabas bebiendo de cualquier forma y con cualquiera, pero tus entrañas se estremecen de júbilo con el primer trago. No siempre beberemos dónde, cuándo y con quien deseamos; no siempre obtendremos una chuza visionaria, pero, aunque estés soportando la charlatanería soez de un cantamañanas en un local embuchado de mezquindad y tristeza, entre la copa y tú habrá una simbiosis y una ligazón de unidad inquebrantable: te ayudará a sociabilizar cuando necesites abrirte a los demás, a refugiarte en una introspección prolongada cuando busques respuestas en tu interior, a conectar con el más allá cuando precises huir de la incomodidad del presente. Si y sólo si has sido capaz de amar a la bebida después de una turbulenta relación en la que, sobrado de gallardía, has sometido los filtros disuasorios, has sufrido sin rendirte innumerables ostiones, resacas infernales, vómitos hasta que los ojos se salían de sus cuencas, cólicos siderales, frecuentes lagunas de memoria, podrá uno decir airoso que, con hígado o sin él, ya es un bebedor y puede entrujarse cuando y cómo le venga en gana.

Un hidalgo de la truja

Principios isotópicos sobre el beber, el bebedor y la bebida

¿Cómo saber si soy un bebedor? ¿Ya puedo tragar Queens Margot sin sentir vergüenza? ¿Puedo pimplar Lagavulin con un bocata recalentado de calamares? Si eres capaz de distinguir el tipo de whisky, años de maduración y región de procedencia en función del color de la bilis que se pote; si ves un informe detallado de las bebidas ingeridas durante el día en la mancha ácida dejada en el retrete (acera, parterre, cama o faldas de una muchacha), entonces serás un Bebedor y podrás hacer lo que te venga en gana, pues será difícil que pierdas el respeto después de haber sufrido tanto para ganártelo.

Algunos aventurarán a reprobar que se alabe el alcoholismo exacerbado, serán los de siempre, los pusilánimes temerosos adictos a la salud inane que yerran en sus observaciones. El bebedor se quiere a sí mismo, por ello no es frecuente que acabe precipitándose a las miserias del alcoholismo. El borracho no acostumbra a ser alcohólico. Sólo un rico con más oro que el ojete del Buda de Wat Traimit puede permitirse ser alcohólico. Para ser alcohólico y bebedor necesitas poder pagarte clínicas de desintoxicación, transfusiones de sangre, limpiezas gástricas, intervenciones quirúrgicas, lubricantes de colon, regeneradores de la flora intestinal, lubinas caramelizadas, mangostas braquicéfalas y múltiples ungüentos de cretino bergante  para seguir disfrutando y aprendiendo de la bebida mientras se goza de un estado de forma envidiable. Un alcohólico a secas es un adicto, un toximierdas que nada tiene que ver con un bebedor. Si no se tiene dinero y te empeñas en ser alcohólico acabas siendo un yonkucho de duro al kilo. Así que vigilad con la asiduidad y la cantidad de la ingesta: el alcohol es bueno en un plano detrascendental e incluso trascendente, pero no es agua Bezoya que te hace crecer la pilila; si mamas mucho se te pueden pudrir las vísceras y el tendón del Tello. No obstante, después pasaré a argumentar los beneficios físicos que aporta el chupar, claro está, siempre que se gaznapee con mesura y templanza.

Y otro apunte. Es que no paran los apuntes ¡joder con los apuntes! De verdad, con la mano en el corazón os digo que tenía en mente hacer esto más ordenado y sistémico. Quería hacer un Tractatus Logicus Alcoholicus que hasta el botarate de Wittgenstein se cagara la pata abajo. Y no paro de irme por las ramas, por los vapores enajenantes de la complejidad alcohólica. Me embriaga la vastedad de la moña literaria. Pues eso, que os habréis percatado de que estoy mezclando un poco a la ligera el beber con el ir pimplado y con el  ser un buen bebedor. Eso es porque van de la mano. Quien nunca se enchufa no es bebedor, es un chupacirios. Y no digo que el bebedor siempre tenga que ir dado tumbos como un mongol, pero sabe celebrar como es debido, pues la bebida se bendice en la orgía del pimple. La cogorza es la cúspide, el clímax, el festejo, los sacramentos reunidos, la celebración de la vida. Por ello, no es debido abusar. Un día a la semana es lo adecuado; un día a la semana en el que sosegar el ánimo y, puesto que Dios descansó al séptimo día para contemplar y regocijarse en la creación, hacer lo propio y alborozarse con el consuelo de la existencia. Aquí no debemos ser demasiado estrictos. Los Borrachos Ortodoxos juzgan taxativamente que la truja debe empezar y consumarse el domingo, esto es, durante lo que los juerguistas llaman la noche del sábado (que empieza a la medianoche). Una facción de esta comunidad religiosa, llamada Dipsómanos del Codo Pelao, acepta que se empiece a beber vino y bebidas suaves tales como cerveza, hidromiel, y panceta destilada,  durante la cena del sábado para entonar el pescuezo y poder entrar con mayor brío en el domingo. Los Borrachos del Tiento Servido no ponen objeción a emborracharse cualquier otro día de la semana. Es la posición más sensata; además a veces apoyan la esporádica encadenación de chuzas, siempre que sean justificables. Los Borrachos Canallas del Chaflán de Enfrente declaran que uno puede emborracharse cuando le plazca. Este grupo lo integran ricos presumidos que beben Coñac con más años que el prepucio de Rasputín y que se hacen lavativas cerebrales y pancreales rutinariamente, y centrifugados politoxicómanos con costras y fístulas que pecaron de hibris: se excedieron y convirtieron el ritual en hábito, en costumbre, en mero folclore.

Intempestivo

A quien buen botijo se arrima

Y ahora, fatigado y con insuficiencia alcohólica, procederé a describir los tipos de bebida según su señorío, para pasar a detallar los lugares y las compañías, esto es, los contextos en los que se recomienda consumir tales caldicos.

Bebidas mierder. En alemán Übermierdentrinken. Antibebidas.

–         Bebidas para quinceañeras: Malibú, licor 43, licor de melocotón, licor de cereza y licores de cualquier frutilla silvestre que, si bien en la Baja Edad Media podían tener su gracia entre pastorcillos desdentados y mugre, hoy constituyen una clase a exterminar. Añadiría las cremas y licores de whisky, por degenerar su inmaculada sustancia, pero el Southern Comfort es alimento de sureños confederados: para mojar cereales, hidratarse después de una ardua tala de árboles, abobar a las mozas para llevárselas a la caravana, cazar búfalos… por lo que se le presuponen ciertas cualidades que no he sabido identificar más allá de que la beben los rednecks.

–         Cervezas Pielsen: Ya sabéis, las cosmopolitas hijas de puta sanmigueles, estrellas, maus, ñaus, plaus, raus, y agüillas excrementicias diversas.

–         Vinos jóvenes: los vinos jóvenes son para retrasados. Si eres pobre mejor te metes un lingotazo de colacao con un chorrilo de alcohol de farmacia, pero vinos del paki a euro la botella, o lo que es peor, tempranillos con ínfulas y denominación de origen que se creen muy machos y se cobran a 10 ñapos la botella -quién coño se compra vinos jóvenes por esa pasta (tres Queens Margot, muchas trujas), para estar luego con el estómago carcomido de roña púrpura-.

–         Kalimotxo: puta mierda.

–         Saque: si te la quieres dar de tío de mundo queda muy enrollado pedirte unos tragos de esta insulsa y torpe bebida. Si por error acabas en Japón buscando pueblos extintos con los que Mishima tenía sesiones infartales de onanismo febril, pues bueno, te tragas lo que te echen, pero estar en Occidente y beber saque es de tontito.

–         La mayoría de cócteles: es insultante frivolizar con la bebida, adornarla con moderna extravagancia y buscar el exotismo en la mezcla. Algunos combinados de whisky o ron son menos agresivos al paladar y no dinamitan el sentido común, pero siguen siendo brebajes que deberían trincarse por curiosidad, de uvas a peras, y siempre y cuando se vaya a beber o se haya bebido algún elixir benemérito. Dan ganas de atollinar a esos pedorros con gafotas gordas que menean copas de líquido verduzco con veinte hielos podridos por el azúcar en lounges donde suena free jazz de insuficiente meníngeo y hay cuadros pop, pulp o de todas las rameras que hubiesen debido abortar a semejantes homúnculos. Los cócteles son para fofos linfáticos y pobres neuronales.

Bebidas de jornalero jincador

–         Esta clase de bebidas son de baja calidad y suelen ir rebajadas con gasolina super o sin plomo y a veces diesel. Cuando en las destilerias-gasolineras se ponen espléndidos a veces añaden neumático y algún insecticida a mano que utilizan para combatir cucarachas, ratas (que son mamoinsectos), ligres y cerdopótamos que atacan y roen los contenedores de metal oxidado donde se almacena el licor base. Después colocan el contenido en un continente apañado, ya sea un tetrabrick con bodega, añada, nota de cata, sugerencias de maridaje y periodo de envejecimiento del vino, como en una lustrosa botella de cristal con campos, barcos, gaiteros o destilerías que rubricadas con letras rústicas decoran etiquetas amarillentas emulando una producción añeja. Muchas veces incluso indican que se trata de whisky de malta escocés. Se tiene que ser un genio para ser fabricante de eso y todavía más para bebérselo. Sólo los bebedores más avezados o desesperados pueden disfrutar con esta clase de bebida alcohólica. Beber veneno con clase denota ser una persona íntegra y honrosa.

Bebidas que facilitan la conversión a buen bebedor

–         Tequila, mezcal, ginebra, vodka, pisco, orujo, cerveza de doble malta o de abadía o de lo que sea que no sea aguachirri… Poco que decir. Se trata de brebajes honorables, decentes, de calidad fluctuante en función del preparado, tipo y marca escogido. Tampoco tiene mucha gracia ni interés hablar de ellos. Los rusos se pondrán muy contentos con su vodka y les birrófilos con Grimbergens del averno, los modernos y gafapastas con la última moda en preparación de gintonics y los mexicanos que no saben beber ni deberían, con el destilado del maguey. A mí me importa tres pares de boñigas hipersónicas. Son bebidas cumplidoras, sin más.  Creerán que la cerveza, bebida milenaria cuya ingesta ha desencadenado tantas grandes obras y disparates, debería estar junto a las bebidas patricias, pero no lo está por un motivo: tiene gas, y el gas, bombas, pompas o espumarajos son veneno. Sí, ya, ya… sé que las hay calientes, sin espuma, sin tal y sin cual… pero me da lo mismo. Mató a un perro y lo llamaron mataperros. Los bebedores generalizamos y explotamos tópicos; los débiles mentales lloriquean y dicen que si esto es relativo, que si lo otro no es del todo cierto, que si hay excepciones… ¡anda a amasar ñordos, coño! No hay más cera que la que arde.

Ilustres Bebidas para Bebedores linajudos con mostacho y ademanes de galán

–         Vino: vino viejuno, se entiende. No es un mito ni una trivialidad el que un vino es bueno si es más o menos viejo, hecho que no es óbice para que tengan una edad y periodo óptimos para el consumo. Empieza a ser una bebida interesante cuando son Reservas. No quiero aburrir con tipos de uva, modos de servir y memeces por el estilo. Estamos hartos de reportajes, documentales y panfletos sobre sus propiedades y cualidades saludables: que si va bien para el cáncer, que si es antioxidante, que si es tradición patria, que si el vino es cultura… A mi lo que me interesa es el alto componente dionisiaco que tiene esta bebida. Las trujas son mareantes, descontroladas y oníricas.

–         Brandy/coñac/calvados: destilados de categoría. Me decantaría por el producto nacional, pero en cuestión de bebidas no debemos ser chovinistas. Bueno, lo justo para saber que el vino portugués y el italiano son un cagarro, que el francés está sobrevalorado y que los demás intentos de producción vinícola son bromas de la globalización. Pero el coñac, joder el coñac es demasiado señorial como para defenestrarlo por su infame procedencia. ¿Quién no se ha imaginado engalanado en la sala de fumadores de una finca aristocrática con un habano mientras con la diestra se contonea una copa de coñac? Son bebidas sociales que incentivan la reflexión; propicias para la conversación sesuda y los sarcasmos. Si no tienes clase mejor que no lo intentes. Primero aprende con las bebidas anteriormente citadas, porque corres el riesgo de hacer como una de esas perichonis medio lelas que se atildan con harapos de meretriz portuaria para salir del polígono.

–         Absenta: he pecado de fetichista, de tópico novelesco que se imagina a caballeros victorianos hinchados de opio iniciando el rito de preparación de la absenta con láudano incluido. Siempre me ha parecido muy estético el submundo alucinógeno que acompaña a este licor. Cómo se vierte pausadamente el agua sobre el azúcar que reposa en una cuchara de plata, superpuesta a un vaso de formas y motivos extravagantes, creando un color opalescente, turbio, que irá desapareciendo con una ingesta lenta, palúdica. Reconozco que no soy muy ducho en la materia, me faltan ritos y compartirlos con camaradas más versados, pero soy lo suficientemente perspicaz para advertir que es una bebida artística digna de estar con las mejores.

–         Whisky:

“Al primer vaso de whisky deje el budismo”

             Mahathera Nauyane Ariyadhamma

   “El whisky es más bueno que la hostia”

                                    Don Eustaquio en la tasca Tocinete

    “Vaya pedo de whisky llevo, la felicidad debe ser tal que así”

                                                                      E. M. Cioran

“Calla Leporello, no estoy por la labor, primero acabaré en paz mi copa de    whisky”

         Don Juan

“Confieso haberme arriesgado a pilotar hasta aquí para agenciarme unas cajas de Talisker”

                Rudlf Hess al ser detenido

“Me da igual la copa de Wimbledon, yo quiero la copa de whisky”

                                                                         Michael Chang

«Llena tu cuenco hasta el borde

Y acabará rebosando.

Afila de continuo el cuchillo

Y lo hallarás romo.

Persigue el dinero y la seguridad,

Y tu corazón jamás podrá liberarse.

Persigue la aprobación de la gente

Y serás prisionero.

Bebe whisky, después retírate.

He aquí la única senda hacia la serenidad.»

                                       Lao Tse

«Suam cuique sponsam, michi meam;

Suam cuique potio, michi whisky.

(A cada cual su esposa, a mí la mía;

A cada cual su bebida, a mí el whisky.)»

             Versos que Ciceron atribuye a Atilio

«El sabio se dirigió a los tristes parroquianos de la taberna y dijo: “quien bebe es porque algo le falta en la vida, dejad el whisky y abrid vuestro yo interior al mundo»

         Paulo Coelho

«Sin whisky nunca hubiese cimpuesto el Omadawn»

                                                          Mike Oldfield

Iba truja y me compuse un peinado

El whisky es la bebida más noble, fastuosa, admirable, refinada, sabrosa, exquisita que jamás haya elaborado ser terrenal. La mitología del bebercio narra que proviene de recónditos valles de dioses bañados de ríos dorados habitados por ninfas y criaturas legendarias. Algunos se aventuran a decir que los trabajadores de las destilerías de las Highlands, del Spyside o de la Isla de Skie, son elfos y duendes camuflados con apariencia humana, enviados por algún dios benévolo para facilitar el tránsito por este valle de lágrimas, pero los borrachos comunes acostumbran a disentir al respecto y creen que son personas humanitarias de un altruismo ejemplar. El whisky robustece los músculos, relaja las contracturas, limpia el estómago, regenera la piel, mata virus y bacterias perniciosas, revitaliza los órganos, genera endorfinas, segrega testosterona, aclara la mente, aumenta las interconexiones neuronales, elimina fobias, obsesiones, aniquila la ansiedad, agudiza los sentidos y te abre los chacras: te convierte en un hombre más fuerte, más sensible, más capaz, más sano, más profundo y más inteligente. Y luego está el goce de la cata; el cuerpo de un Aberlour de veinticinco años macerado en dos barricas, con un sabor ancestral que recoge la esencia de las maderas milenarias y de los climas inclementes del norte. El paraíso desciende y rozas la eternidad con cada trago. Es lógico que el bebedor desespere al rematar la botella y quiera prolongar su estado de éxtasis trascendental, es como la consumación del orgasmo que desea aprehenderse por siempre. La luz puede cegar al más recto y llevarlo a las simas de la desesperación, un declive que hará que éste acabe con la piel a ronchas conformándose con tajas de petróleo al aguarrás (si no se tiene dinero). Las Gorgonas se miran a través del espejo. No seáis comedidos en el ritual pimplador y sacralizad el whisky. Sed cautos con la frecuencia de los festejos; una vez a la semana es suficiente. Rezad y que los páramos escoceses encharquen vuestro paladar: creeréis en Dios.

En este punto quería hablaros de las situaciones idóneas en las que rendir tributo a Baco, pero se me han gangrenado las pezuñas y no puedo escribir más. Lo dejo para futuras ampliaciones. Tal vez un día me dé por ordenar ideas y convertir este compendio de verdades más grandes que las pelotas de Otto Skorzeny en un ensayo circunspecto, prudente y ordenado. Pese al cúmulo de ideas anárquicas y a la tontuna de mi estilo, todo lo dicho es Verdad. Allá vosotros si preferís merendar nabos y leer a Elvira Lindo. KimJong-Il y Phil Spector están conmigo.

Postfacio. Epílogo. Arcada

Extrapolar el beber al consumo de drogas es de percuteanos moderno, abotargado por los medios de comunicación y su zafio discurso para mojigatos. Puede que la desustanciada antropología sugiera que en China con el opio, en Perú con la ayahuasca, en México con el peyote (que te hace crecer la pilila) o en los países árabes con el kifi, se vivan experiencias similares; rituales compartidos o individuales, danzas chamánicas enajenantes donde el drogadicto-brujo-consumidor hace uso de una determinada sustancia, ya sea con fines religiosos o lúdicos, del mismo modo en que don Pancracio de Villalcayata se lleva a sus labios regordetes un vaso a rebosar de aguardiente. ¡Eso no se lo cree ni Bartolo el monaguillo!

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s