Vejez prematura

Hace ya un siglo que el filósofo y poeta Nietzsche confesaba la terrible visión de un hombre demasiado viejo, la figura de el último hombre, hasta el punto de hablar de si mismo como de un decadent. Nosotros nos hallamos inmersos en la edad adulta de este último hombre, pues en nuestra era ya no sólo evidencian signos de ser una cultura envejecida o decadente, sino que crea su camino con la voluntad explícita de anular a la más mínima expresión todo rastro de identidad cultural.

El último hombre no guarda memoria de nada, y toda su existencia se contruye desde el encadenamiento arbitrario de sucesos contingentes. No sabe o quizás no quiere hilar el esqueleto de su vida con un sentido o una fe, con un centro vital sobre el que orbitar. Ha perdido el apetito de absoluto. Pero no puede resguardarse de un íntimo y perturbador sentimiento de indefensión y desconcierto, no con agallas y hasta las últimas consecuencias. Ha perdido tambien el apetito de vida aunque parezca lo contrario. Desprecia la tensión y el conflicto, la incomodidad de amarrarse a una entidad o ámbito inmaterial. Rehúye el conflicto de la misma manera como oculta y sepulta fuera de las ciudades a la Muerte, distante y siempre ajena.
Lo absoluto se ve transfigurado en una devoción por lo narcotizante, en un colapso emocional de carácter apático y frívolo. A fin de cuentas los hombres hemos construído un muro frente al mundo, frente a la vida, negándonos a aceptar sus misterios, sin querer ser humildes, trocando rito por ocio. Sin querer aceptar las premisas que definen y  posibilitan una cultura. El significado de cultura no reside en ser más o menos ilustrado o erudito, sino en la capacidad de la misma de dotar de respuestas, sentido y valor a la existencia comunitaria -y luego y en consecuencia individual- de modo eficiente y satisfactorio. 

Amarla, defenderla y «estudiarla» mantienen su salud. 

No es este nuestro caso, y dan buena cuenta de ello el bochornoso número de fracasos escolares, la normalización de un uso evasivo y depresivo de las drogas, la falta de modelos humanos vinculados a la virtud y no al ámbito pecuniario, la soledad de nuestros mayores cuando no su abandono, el desinterés y la desidia con respecto a los orígenes de nuestra civilización …

Los hijos de este siglo nacen envejecidos pero pueden ponerse sus mejores galas y apretar los puños, cabe intentarlo antes de que las olas del Progreso y de la Felicidad lo arrollen todo.

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