Jordi Savall, por ejemplo

Jordi Savall es un musicólogo catalán cuya carrera se ha centrado en la recuperación del legado musical antiguo de la península ibérica. El de Igualada se caracteriza por ser uno de los mejores intérpretes de viola de gamba, instrumento de gran importancia en el barroco español que fue defenestrado por la modernidad. Ha grabado más de 120 discos.

El párrafo anterior no sobrepasa lo puramente informativo. Podría ser un párrafo de un artículo periodístico; insulso, sin fuerza, estéril, como todo aquello que tiene como finalidad la descripción de la realidad sin la necesidad de forzarla y violentarla, que es la única forma de poder llegar a vivirla estética, ética o religiosamente. A esta tríada kierkegaardiana añadiríamos con cierta licencia también políticamente. Estas características son las que identificamos con Savall.

En una primera aproximación, la profesión y la pasión de Savall resulta un hecho curioso. Un musicólogo que dedica su vida a la recuperación de la música antigua y a su fidedigna interpretación en auditorios y cámaras a través de un instrumento que también parece un resto arqueológico del pasado, la viola de gamba: instrumento que se cree nació en el reino catalano-aragonés y que fue relegado por el violonchelo con el auge de la modernidad y su ambición por lo nuevo.

Sin embargo, una mirada comprometida con la belleza y el amor al pasado, nos descubre a un personaje que es capaz de dar ese salto que permite a unos pocos identificarse con aquello propiamente humano a través de la belleza de una melodía que no pertenece a su tiempo. Y es que en ocasiones, la única forma de salir de la encrucijada contemporánea, de salir de la continua pérdida de autenticidad que conlleva la mercantilización, es solamente mediante la relación con un resto del pasado al que se le dedica la vida, por aquello de mostrar las carencias del presente. Cuando uno ve a Savall interpretando una pieza de música antigua con su viola de gamba no ve a un hombre trabajando. Ve a un ser que en un su maniático perfeccionismo reproduce un momento del pasado en el que la verdad, la política y el arte no se encontraban en un insultante desahucio. En este sentido, y porque en el hecho de ser seres históricos preservamos cierta humanidad, no nos parece extraño que para algunos la belleza hoy día sólo pueda ser una reproducción melancólica del pasado.

Jordi Savall tocando

Jordi Savall tocando

El gesto de Savall, dedicar su vida a la música antigua, no es el del cínico que se destierra de su mundo y se refugia en las melodías del pasado, sino que es el gesto de aquel que dedica su vida al valor ético de preservar lo que de grandeza tuvo un pasado, mediante la cuidadosa reproducción de la música que acompañó aquello que hoy injustamente denominamos con cierto tinte peyorativo el ancien regime. En este sentido, el aforismo nietzscheano “sin música la vida sería un error” sólo puede ser comprendido desde un ejemplo de vida como la de Savall, en la que la música ejerce como significante –amo, dándole sentido no sólo al momento presente sino al pasado del que siempre se es deudor.

No se puede negar que en la forma de tocar de Savall se encuentra cierta religiosidad, aquella que sólo se adquiere cuando a través del arte se conecta uno con lo trascendente, sin perder de vista la envidia que provoca entre los que observan, impertérritos, como a través de la harmonía se puede lograr aquella experiencia, ya casi pasada, de sentirse en los brazos de lo divino gracias, por ejemplo, a una viola de gamba.

A esto hay que unirle otra lección para las masas; para llegar al estadio de la religiosidad es imprescindible la lindeza estética. Es conocida la obsesión del catalán por el perfeccionismo en la ejecución de sus obras. Rayando el surrealismo para los comunes, Savall sabe que el camino a la grandeza pasa por la fidelidad a lo bello, y en el arduo trabajo del camino a lo excelso, como único contrasentido a la vulgaridad de la mera reproducción.

Así el gesto de Savall puede ser definido como un posicionamiento ético, guiado por lo estético y con la trascendencia como finalidad.

Pero por aquello que más incomoda al espíritu es reconocer el gesto político que encierra la figura de Savall. Su pasión no encierra discurso ni relación de poder. Su pasión por la música es el puro gesto de amor a la belleza con una inocencia sin igual. En este sentido, uno puede sentirse molesto durante unos instantes cuando ve y oye a Savall tocando, porque se reconoce en sus gestos y sus muecas la satisfacción del que ha encontrado una salida de la mediocridad y se ha instaurado en la grandeza del sentirse participe de algo que verdaderamente vale la pena, y que a veces sólo pasa por reconocerse en el pasado.

Video Jordi Savall
Jordi Savall, Folías de España – Concierto íntegro

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