Retazos (I) – por Gerard Gual

Una vida enfrascada

Del mismo modo en que la hormiga no percibe montañas, ella creía que una limitación biológica en los humanos nos impedía contemplar la pluralidad de entidades reunidas en el límpido aire. Según su teoría, el vacío sostenido entre el sujeto y el objeto más cercano estaba repleto de ideas abstractas que con un poco de práctica podían apreciarse corpóreas. Algunos días llegaba exclamando que el peso de la existencia tal o que la dureza de la vida cual. Atribuía propiedades físicas a esas dades inaccesibles que nadie lograba ver y que a ella se le antojaban materia: la crueldad es angulosa y punzante, de unos veinticinco quilos; la bondad es redonda, suave y ligera. Alentada por su insólita aptitud decidió enfrascarlas y abarrotó su casa de tarrinas transparentes de diferentes tamaños. Pese a su tesón, nunca consiguió apresar la muerte, que le dio suficiente margen para embutir todo un almacén con envases. La incineraron. Ante la aglomeración congregada algunos curiosos preguntaron que quién había muerto. El sacerdote acercó la urna con las cenizas y musitó que en esa vasija se hallaba todo lo que aquella vida había sido y sería.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

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