Retazos (II) – por Gerard Gual

Sobre la nada

Yací en ella y pude regresar. La nada acostumbra a verse como un espacio huero de extensión infinita en el que uno queda suspendido sin referencia, vagando en un azar blanquecino, en un vacío diáfano. Otros, según predilección cromática, se la imaginan como una oscura hibernación, como un estado vegetativo en el que predomina un negro mate que no deja entrever, un negro en el que impera el silencio absoluto. Pero sabemos que el negro absorbe toda la luz y que la inmensidad no puede ser ninguna cosa, así que no tiene sentido plantearse la nada en tales términos. Que sirva pues mi experiencia para relatar la inenarrable y finiquitar viles especulaciones sobre su naturaleza:

La nada no es más que un habitáculo aséptico de paredes de un blanco que duele, clausurado en metro y medio de altura, medio de anchura y diez de longitud, suficiente para poder pasearse encogido. En tal espacio prevalece la gravedad y la ficción del tiempo: no se flota y se percibe un tic-tac ensordecedor que incita a la evasión. Y en este punto reside lo significativo, pues el habitáculo que acota nuestro vacío particular se desplaza conjuntamente con el cuerpo, hecho que da pie a un andar perenne que nunca conseguirá cambiar de posición. Detrás y delante hay dos trampillas encuadradas por un albor alentador que se escapan con cada paso. Lo demás permanece liso, inalterable, con la paciencia que confiere una eternidad observando.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

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