En las riberas del Mediterráneo (Fragmento)

Apis se encontraba rumiando bovinamente en la frontera con el Duat como había hecho desde siempre. Un siempre complejo y relativo pues no había sido hasta muy recientemente que había sido coronado como uno de los dioses del panteón de la muerte del Imperio Nuevo Egipcio. Poco recordaba de los tiempos pasados excepto un nombre, Hepu, y a su madre Isis. Vigilando el tránsito por el Duat se encontraba acostado sobre la cálida arena del desierto cuando notó un temblor y luego un ligero desgarro en su lomo. Su mirada estaba medio perdida siguiendo inconscientemente el tránsito de Ra por el firmamento. Toda esa luz y serenidad, y el picor acentuándose y resiguiendo su espina dorsal.

Ahora sabemos, o al menos podemos suponer, que fue ese uno de los escasos momentos en que el tejido del tiempo se rasga y los mitos se funden y se confunden. Esos ligeros acentos en la música de las esferas en los que realmente se puede decir que ha ocurrido algo. Incorporándose, Apis-Hepu, vio una pequeña mancha oscura sobre la arena y dejó escapar un hilillo de baba blancuzca. Mareado y confuso trató de recordar de nuevo el nombre de su madre. Parsífae se le aparecía en un montículo cercano al mar. Un rugiente y enfurecido océano que reclamaba a su hija. Y luego, un luego también ciertamente relativo, todo se confundía y la oscuridad brevemente iluminada por unas antorchas enganchadas a las paredes de roca se abría paso ante los ojos inyectados en sangre.

Hepu-Apis recorre entonces el laberinto que configura el país del Duat donde ejerce de juez y verdugo. Y aunque, de pronto, le parece un poco extraño sentirse tan rabioso y enfurecido, como el mar donde recuerda a su madre, poco a poco asume tal hecho como su naturaleza real. Siente el dolor y el odio. Busca a alguien. Sabe que ha de encontrar a alguien a quien persigue y por quien es perseguido. Mira al suelo y ve la arena y las manchas oscuras en ella y sabe que es sangre. Sangre que cae a borbotones de su lomo y que se confunde con la sangre de los cadáveres de los osados y los locos. Y piensa que es normal que en el país del Duat los halla. ¿Acaso no es ese el inframundo? ¿No van allí los sacrificados? Y de pronto su cuerpo se derrumba. Y su inhumana y desproporcionada masa muscular se desploma y sus ojos miran fijamente la llama de una de las antorchas que resplandecen preciosas y doradas proyectando una figura monstruosa en la pared.

Y sus ojos miraban fijamente la luz del sol. Ra, solían llamar al astro celeste. Helios, Mitra, Baal… los nombres de la luz a la que aspiraba el florentino iluminado por el nuevo sol que impulsó el crucificado. Y junto al sol no puede faltar la arena y la sangre que la completa. Y dos son los dioses. Y Teseo es siempre uno de ellos y el toro siempre es el otro. Apis acepta ser el simulacro que es el minotauro, y éste a su vez, ha de aceptar la repetición inexorable de su crimen sagrado en todos los coliseos. La sangre y la arena bajo el sol. Una y otra vez para solaz de los espectadores y los dioses. Y Hepu lo sabía antes tan bien como ahora que las constelaciones ya no le son favorables.

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