Crítica de rebajas

¡Consuma su particular ración de crítica al sistema! Siéntase un individuo crítico y racionalmente autónomo capaz de cuestionar al mismísimo capitalismo. Hágase pasar por un intelectual en las charlas de café socavando los cimientos del par liberalismo-democracia. Compre el pack de documentales “Crítica al capital” y obtendrá, ¡absolutamente gratis!, una guía de bolsillo  completa con argumentos posmodernos con la que conseguirá que sus amigos más rancios se conviertan en auténticos escépticos.

 Ni que decir tiene que una de las cosas más inteligentes que ha conseguido el capitalismo para perpetuar su supervivencia ha sido  hacer que los responsables de la barbarie sean entes abstractos, espectros no identificables. Parece que no hay nadie a quien guillotinar, nadie contra quien sublevarse, ni alternativa por la que luchar o morir. Ciertamente incluso la posibilidad de criticarlo se ha hecho abstracta y así su razón de ser se disuelve “como lágrimas en la lluvia”. Una de las últimas grandes reformulaciones del capitalismo se cimentó junto a una crítica que pedía lo imposible y suspiraba por la imaginación al poder: eslóganes publicitarios. Una vez disuelta la crítica, ya pueden venir mineros ingleses a pelear contra Thatcher, el pescado está vendido.

Durante el siglo XX la crítica al sistema ha venido desarrollándose de diversas formas. Se podía presentar en forma de bloque soviético, con la frialdad y la sobriedad que dan una amenaza continua; ya sea en forma de mísiles amenazantes desde Cuba, de conquista del espacio, o de partida de ajedrez. El muro cayó, y ahora se venden camisetas de hoces y martillos para jóvenes que se adaptan al estilo de vida revolucionario. Porque como es sabido el capitalismo funciona con estilos de vida (revolucionario, saludable, estrella del rock, yuppie…) que al final no son sino modelos de consumo.

También se podía ejercer crítica desde la academia, pero el advenimiento de la posmodernidad es la antesala del relativismo, perfecto paradigma para la inacción: la muerte de los grandes relatos, las viejas verdades, la disolución de la metafísica, del proyecto de la ilustración… es el panorama perfecto para hacer del mundo un supermercado y para la más infantil de las críticas, la que no presenta alternativa. Y de la teoría a la práctica, mientras en la calle concurrían manifestaciones contra las acciones de un gobierno, sobretodo en la Europa de finales de los 60 y los EE.UU de los 70. Se estaba gestando con buena apariencia, pero de resultado desalentador, mayo del 68, que acabo siendo una oda a la juventud, cuyas consecuencias hoy en día son un consumo insultante de silicona, botox y una adolescencia indefinida. Por no nombrar al movimiento punk, lo que parecía la crítica más nihilista y desesperada debe de ser uno de los productos-crítica estrella en las estanterías de tiendas de música y una de las grandes tendencias de la industria textil.

Y así sucesivamente diferentes formas de crítica van siendo engullidas por el Golem y vomitadas en forma de productos comerciales.

Perplejos nos deberíamos quedar ante las sobradas  de un mercado que incluso es capaz de vender sus propia crítica como un producto de consumo. Esto es: presentar a su antagonista en su propia forma (crítica) y venderlo como producto de consumo, que es el principio rector del mercado liberal. Y esto resulta obvio cuando uno es capaz de ver esos documentales que ponen patas arriba las artimañas del mercado; cuando se desnudan las supuestas bondades del sistema y resulta aquello que nadie sospecha y todo el mundo sabe: que tras el telón no se esconden políticas honestas, ni progresos bondadosos sino un sinfín de carnaza y mala sangre. El telón del progreso es precioso, la función es funesta. La condición humana en el capitalismo avanzado no es kantiana, es el infierno de El Bosco tapado por el Jardín de las Delicias.  Y todo el mundo lo sabe.Image

Un sistema que vende la crítica de sí mismo empaquetada en DVD, o en libros de alto nivel teórico académico, o en documentales conspiratorios, es un sistema que se siente ganador. Como se decía a principios de los noventa “ha venido para quedarse”.

Se puede ser crítico e ir a una plaza y discutir en asamblea: otra cara de la derrota. En el limbo todo revolucionario sabe que la lucha y el cambio implican el hambre y la sangre, y que hoy el ser valiente cotiza a la baja menos en la ficción, donde las fantasías que deseamos se realizan sin que tengan que ocurrir de verdad.

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