¿Estamos conformes?

A pocos se les escapa ya que si planteamos con honestidad el debate político y hasta sus últimas consecuencias, la cuestión dista mucho de ser la tan manida y ramplona monserga dicotómica de derechas-izquierdas a que nos tienen (mal)acostumbrados.

La cuestión antes que nunca pasa hoy primero por una interrogación de mínimos, amén de considerar que el hombre (per se) aparte de ser un animal social, lo es a la par político. La pregunta que planteo como criba brutal y significativa es la siguiente: ¿Estamos conformes con respecto al Orden vigente de las cosas?

La cuestión es seria y su contestación no debería admitir frivolidades ni (im) posturas perezosas, de carácter soft (medias tintas) o florituras literarias de relativa altura intelectual con vocación escéptica y hacia ninguna parte. Estas respuestas provienen de los adalides del orden mundial, el bando de aquella autosatisfecha y perezosa neutralidad del “yo ya voy a votar cada cuatro años”. Ciudadanos estos que, teóricamente en sus cabales y en pleno ejercicio del sentido común, dan por válida su participación en la res pública a través de unas frías y asépticas urnas como mediadores. Para un colectivo semejante, el concepto de rebeldía o subversión respecto a lo esencialmente establecido no tiene ningún sentido. Su percepción de la rebeldía se refiere a la mera e infantil transgresión del puro show, la revolución como espectáculo si se quiere.

Un creyente, un mundialista, obviamente goza en este contexto de una existencia sin contradicciones relevantes, y se entrega al devenir histórico con un inusitado fervor religioso, convencido del progreso que supone cada cambio de coyuntura, y con la certeza y el orgullo de saberse mejor y mayormente dotado que cualquier hombre que le haya podido preceder en el tiempo.
Alineada con este dogma -y antes que todo Meta relato- la masa que ideológicamente legitima el orden mundial vigente, demanda más globalización, que es adiestramiento en la enajenación tecno-lúdica, más globalización, que es más cultura y legislación expansiva de los derechos individuales y los concernientes a la autonomía personal, más globalización, que es mayor irrelevancia para lo regional o lo nacional, que supone una creciente y mayor liberalización de las costumbres.
El arraigo paulatino de estos postulados desnacionalizadores y contra-tradicionales se nos desvela evidente en la implantación masiva de una cultura de consumo, individualista y eminentemente reacia a todo aquello que pueda emanar asociacionismo, compromiso personal con la comunidad, o declaración de pertenencia a una identidad, siempre y cuando no remitan “estas identidades” manifestadas a las corporaciones o subculturas del establishment.

Ahora bien:
En el reverso de estas actitudes de filiación servil al orden mundial vigente hallamos otras actitudes, posturas, y supuestos que si suponen en términos reales una auténtica subversión irreverente y frontal a dicho mundialismo. Aquí se hallan aquellos propiamente rebeldes, que exigen mayor participación e implicación del tejido social en lo referente al destino y dictámenes relativos a su comunidad. Los que entienden que lo que apuntala y anuda la fuerza y los lazos de un pueblo no se trata en absoluto de un contrato social y racional entre individuos. No. Este nudo tan genuinamente humano consiste en su experiencia orgánica -irracional pero no irrazonable- de pertenencia y participación comunitaria. Llámese ésta regionalismo, patriotismo o como guste.

Los enemigos del orden mundial presente son aquellos en cuya sensibilidad todavía cabe otorgar relevancia a lo inmaterial. Pues son así su lógica y horizontes de sentido impermeables a las dinámicas materialistas y mercantilizadoras tan propias del liberalismo político.
El compromiso, el sacrificio, el amor, el orgullo, el servicio hacia otros, el respeto, la abnegación solidaria, la devotio por la propia tradición … son valores reales, no materiales –quizás a algunos les resulten etéreos, ambiguos e incluso absurdos- pero son garantes sin lugar a dudas de libertad y operan como incuestionables arquitectos del futuro de una sociedad, entendida como un cuerpo social y cultural.

Una comunidad vinculada en orden a principios como estos –realidades vivas aunque no las podamos “medir y tocar”– no es una presa fácil para la depredación globalizadora y mundialista de los pueblos, y no da lugar a las megafonías narciso-individualistas de turno.
Llegamos con ello al hecho de que la libertad tiene más que ver e incluso está en dependencia con la sensibilidad común y colectiva de un pueblo y su índice de politización activa. La libertad no tiene que ver con la sobrealimentación y la reverencia a la autonomía personal y a-colectiva con la qué se nos convida a ser en el mundo meros productores y consumidores.
Las culturas son el patrimonio por excelencia de la humanidad, pues ellas arman al hombre para responder en el combate que cada existencia supone.
Es algo propio de la hominidad la divergencia y su diferenciación en las respuestas culturales. Por ello aculturizar a los hombres, homogeneizar sus horizontes de sentido, no es otra cosa que deshumanizarlos y despojarlos de fuerza ante la aventura de vivir.
El orden mundial vigente sobrevive y se perpetúa en la medida en que aísla, disgrega y distrae de forma gregaria y autómata a los hombres y mujeres de cada patria.
El razonamiento del Poder es algo así como que nada mejor para blindar una jaula que dotar a los presos de micromundos apodados libres y alimentar en éstos la fobia a lo social, a lo propio, a lo local, a lo nacional.

El gran combate político empieza frente al materialismo y la universalización.
Localismo y trascendencia, claves para un desorden.

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