Hijo del delirio – por Rubén Giménez

Coche en llamas en el espacio

– ¡Me voy a pegar un tiro! – dice el protagonista de mi primera novela. – Voy a coger una pistola y me voy a disparar. Pero antes… – continua – me voy a llevar a unos cuantos por delante. Inmediatamente se levanta, coge una botella de bourbon y empieza a beber con desespero. El dorado líquido le chorrea por la comisura de los labios y le cae ardiendo por el cuello hasta mancharle la camisa. Acto seguido, con la botella en la mano, coge unas llaves que hay en un cenicero encima de la mesa, se levanta y va hacia la puerta. La abre y sale fuera de la casa en la que está para dirigirse a un coche aparcado delante. Se trata de uno de esos modelos norteamericanos, negro y grande como recién salido de una película de policías de los años setenta. Abre la puerta del coche con las llaves que tiene en la mano y echa un largo trago dejando la botella medio vacía. Se monta en el asiento del conductor, sobre la tapicería de cuero negro y vuelve a acercarse la botella a la boca. Su vista está nublada, su razón también, pero su espíritu es firme. Tras otro trago arranca con violencia y el motor zumba con la potencia del maelstrom. Acelera con fuerza y se lanza a la carretera. – ¡Odiar es un sentimiento inútil! – grita a la carretera, a la oscuridad y al abismo. El resto de coches son sombras, no tienen verdadera importancia, ni siquiera substancia. Otro trago largo y el velocímetro estalla. Ahora el bourbon sabe a gasolina y a neumáticos quemados, a asfalto ardiendo. Pasa un rato conduciendo a toda velocidad, tratando de esquivar las formas confusas que aparecen y desaparecen en medio de un tráfico prosaico y convencional. Igual ha atropellado a tres personas, igual han sido seis mil. Eso apenas tiene importancia, igual ni siquiera eran sombras. Meros fantasmas, aparecidos por la gracia, o más bien por la burla divina. La noche es poderosa cuando todo fluye a tu favor. – ¡Soy el jinete! – grita más y más alto – ¡Soy la noche! – Y los cristales estallan en mil pedazos. Empezar a creer es un proceso sumamente complicado.

Empezar a creer es demasiado análogo a empezar a crear, a comenzar la Creación desde la nada. La mano, que ya no controla los embates del volante, coge la botella que lleva entre las piernas y la acerca una vez más a los labios quebrados para darle el último trago. La botella sale despedida a través de la luna rota y se estrella contra el firme, creando un universo de destellos multicolores. – ¡Caos, Destrucción, Ultraviolencia! – Invoca a nuevas y abismales deidades. Soy el fantasma feliz, piensa. Ahora que deseo, ahora que por fi n me encuentro inmensamente feliz. ¿Ahora que hago?. Ahora que por fi n soy un ser entero… Pisa el acelerador con fuerza. Con más fuerza. Pisa el acelerador y lo hunde hasta que el asfalto le quema el pie y se lo deja en carne viva. De pronto se da cuenta de que el coche se encuentra rodeado de llamas blancas, ardiendo por fuera pero paradójicamente está mortalmente frío por dentro. El coche sigue corriendo a toda velocidad, pero va cada vez más rápido. Y la carretera se ha transformado en una recta infinita. De sus ojos salen también llamas, de los ojos de todos los seres humanos que han sido y serán algún día. – Siento, lo siento, lo intento – Las manos agarran firmemente el volante, y los dedos doblan el cuero, el plástico y el metal. Los nudillos hace tiempo que ya no están blancos, por el esfuerzo sangran un líquido negro que podría ser aceite, petróleo o la sangre del Leviathan. El coche se ha transformado en cabalgadura y armadura, de acero, carne, fuego y voluntad potencialmente infinita. Los restos de carne mezclándose con los trozos de metal, pero el vehículo no se detiene. – ¡Por fin estoy vivo! – y la voz retumba en el espacio, en la eterna negror. – ¡Por fin estoy libre! – y el tiempo es un recuerdo, un resquicio pasado. Todo ha cesado de fluir, solo la luz-coche atravesando infinitos océanos, dejando una estela indeleble. El espectáculo del fin de todo aguarda aletargado a un despertar inminente. Está llegando a las últimas consecuencias. El momento es ahora. El lugar es aquí. – El momento es ahora, el lugar es aquí. El momento soy yo, el lugar soy yo – Todo ha de ser como ha sido, todo funciona perfectamente. Ahora. Ahora que todo acaba…

Así de abrupto acaba uno de los dos fragmentos legibles que se conserva de la llamada Biblia del Delirio*. Dicen nuestros historiadores que puede tener una antigüedad de unos dos mil o dos mil quinientos años. La incapacidad de ajustar más el período, tal y como nos tienen habituados con otros escritos pretéritos, se basa en ciertas dificultades que han encontrado los científicos al tratar de analizar el material o la técnica con el que fue transferida. Su estructura molecular no se corresponde con elementos actualmente conocidos. El soporte a medio camino entre lo sintético y lo orgánico es ridículamente complejo. Los sucesivos años dedicados a su estudio por los más válidos de entre los nuestros han conseguido este pobre, aunque inestimable, resultado de corte vagamente literario.

El otro fragmento que se conserva es este:

Me introduje en mi propio interior tratando de reducir al máximo los centímetros de superficie de mi corazón (y todo el ámbito de las emociones), con el único propósito de retrotraerme a un estadio anterior, protohistórico. Quise conseguir así llegar al tiempo en el que aun no existía el handicap de la racionalización de los sentimientos que conllevan una serie de impedimentos para la realización de mi fin último. Y ese no es otro que el de llegar a la transformación en energía pura. En emoción transparente y desbocados haces de infinita luz.

Los teólogos, sicofantes y demás expertos en el lenguaje trascendental siguen circunspectos tratando de hallar un sentido a esta suerte de cacofonías y estructuras alucinadas. Escritas en un alfabeto prácticamente desconocido, al que los más expertos intérpretes han aproximado a nuestro Koiné, son incluso más misteriosas que las lineas precedentes. Incluso los más escépticos de entre nosotros creen que algún tipo de mensaje subliminal se puede descubrir y dar lugar a la respuesta (o respuestas) que diversas de nuestras generaciones han ido esperando. Pobres ilusos. Aún así sabemos que el tiempo se halla de nuestro lado pues hemos logrado superar las imperfecciones y limitaciones de la mera vida humana y nos hemos transformado en los seres cuánticos que parecen adivinarse en el texto. Nuestros conocimientos astrofísicos y científicos nos han trasladado a las profundidades del universo, más allá de las últimas estrellas y a los más ignotos y recónditos lugares que la mente de un demiurgo pudiera imaginar. Y aún así, de vez en cuando, temblores apenas perceptibles recorren lo más hondo de nuestro ser y soñamos que algo oscuro se acerca. Por momentos, los sacerdotes recorren febriles los textos una y otra vez, y tratan de hallar la respuesta a la inquietud arraigada en nuestra perfeccionada sociedad, dándose y una otra vez de bruces contra la frustración. Algunos, pero, hemos asumido nuestra derrota anticipada y nos consolamos con cápsulas de luz que nos inducen a viajar a los lugares que aún no deben hollarse. Somos múltiples y somos uno encerrados en nuestra infinitud.

Copiado de los fragmentos del Navegante
5043, Año Solar

*La Biblia del Delirio también se conoce como el Evangelio del Delirio por los escasos seguidores de la secta del Delirio que han confundido tanto sus mentes como para dejarse seducir por ideas tan arcaicas.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #3


El Intempestivo #3

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