Déjà vu

Abandonado a su paseo nocturno, alzó la vista y advirtió cómo una roca se precipitaba sobre su cabeza. No le bastó con morir una sola vez. En el momento del impacto recordó que antes ya había visto ese pedrusco despeñarse de la bóveda estrellada. Y en el recuerdo, lo volvía a divisar cayendo hacia su cráneo.

Ahora es prisionero del eterno retorno; la muerte lo devuelve a ella y expira a cada instante.

La eternidad no es para siempre – por Gerard Gual


Hubo un artista que se dibujó a sí mismo retratándose, y cada nueva escisión de éste se trazaba repetida en un continuo encadenamiento que acabó con la escasez de pintura. Las copias se deslustraron y la perpetuidad del proceso quedó zanjada con un retratista incoloro sostenido en el vacío, mostrando que, quizá, la eternidad no es para siempre.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

El vicio

Como de costumbre, marchó con sus camaradas de tropelías a saborear los excesos de la noche y agotar los placeres de la juventud. Un viaje etílico entre mujeres y bailes al son de Dionisos. Pero pasada la gresca, al atardecer, despertó hueco.

Pese a disfrutar de un hábito frenético y ostentar condiciones portentosas suficientes para no atender a medida alguna, había perdido la satisfacción propia del que degusta las mieles de la vida. Será la rutina, pensó, aunque su vida transcurría al margen de hábitos y normas. Tal vez, prosiguió, será que mi opulencia no es completa y todavía existen vicios que desconozco, vicios aún latentes dispuestos a revelarse a la humanidad.

Decidido, se encomendó a la noble y ardua tarea de instruirse en nuevas destrezas licenciosas y prodigarlas en un achaque de filantropía, como si se tratase de un profeta libertino, el mesías del desenfreno. Debería atiborrar su vida de lujuria y dar otro capricho al apetito, hartar su instinto hasta la implosión: bucear en las lóbregas marismas de la corrupción, narcotizarse con las delicias carnales, perderse en la enajenación de las drogas. Debía encontrar el vicio que colmara la vida crapulosa, el  vicio que redimiera al hombre. El vicio que hiciese que vivir mereciese la pena.

Anegado en la búsqueda envejeció sin darse cuenta, sin saborear el alborozo al que se había entregado.

Su inmoderación perdió los tintes pasados de frivolidad y alegría para adquirir un nuevo tono trascendente que incomodaba a los demás. La nueva dedicación lo mataba, creían sus amigos, y por ello le exhortaban a retornar a la frugalidad enérgica de antaño, a la despreocupación del placer por el placer. Pero él sabía que con el último vicio, aquél que saturaría la existencia, conseguiría la salvación.

Enfermó gravemente, maltratado por el abuso y el hartazgo del deleite prolongado. Junto a su lecho de muerte se reunieron aquellas gentes con las que había compartido la exageración de la vida y que en los últimos tiempos aguardaban expectantes el éxito de su compañero. El más osado se atrevió a importunarlo y le preguntó si finalmente lo había descubierto, si había completado su fetichismo vivencial, la colección de la ignominia. Él esbozó una sonrisa y pereció. Algunos de ellos creen que lo halló en su último aspaviento, otros que tiempo ha, y los demás que sólo era una quimera, que no podían existir más vicios de los que él había consumado.

Relato: El conocimiento

Al terminar su cometido y obtener la total comprensión de la realidad los científicos cayeron en una profunda indolencia, por lo que acordaron renunciar a la tiranía de la verdad y crear un mundo donde la tierra fuese plana y cada rayo un dios. Cobijados en el cómodo regazo de la ficción olvidaron las antiguas leyes y fórmulas que explicaban el universo con la frialdad de la razón. Esas teorías, ahora enmohecidas, se proyectaban como leyendas esotéricas de una arcaica civilización. Sin embargo, con el olvido, necesario para gozar del engaño en ese trasunto inverso, renació el anhelo por el conocimiento. Diferentes principios, diferentes hipótesis para una misma meta: llegar al entendimiento absoluto y racional. Y de nuevo alcanzado, a la ficción no le quedó más remedio que volver a relevar a su antagonista.

Relato: Ciudades

Dentro del caos humano y del sinsentido urbanístico que rige el día a día en Lima, el orden parece haberse instalado en ciertas zonas apartadas del centro. Vigilancia privada, patrullas nocturnas y mayor presencia policial, han ahuyentado los atracos a los transeúntes; también han disminuido los asaltos a las casas que la población acomodada ha ido construyendo en torno a pequeños parques en los que las ancianas pasean a sus caniches y las madres acompañan el recreo de sus hijos. Lo que fue el hortus clausum virreinal ha dado lugar a una amalgama abusiva de cemento; los ranchos y casonas de Miraflores se han sustituido por comercios y urbanizaciones sin carácter que se confunden con el ajetreo económico de la zona.

Un hipermercado de capital japonés, exacto en sus cuatro costados, se ha insaturado, entre la Avenida Benavides y la República de Panamá, como centro neurálgico y punto de referencia de este próspero distrito. Norte y sur se embrollan en la uniformidad que configura bloques idénticos.

Cuando llegué por primera vez a la ciudad me alojé en casa de mi tío, en San Antonio, dentro de Miraflores. Después de unos días de reconocimiento del terreno, imprescindibles para que un español se aclimate al funcionamiento de una urbe sudamericana, me animé a salir al centro con otros turistas que acababa de conocer en el monasterio de Santa Rosa. Una vez visitada la parte antigua -que se reduce a una amplia plaza de armas y a cuatro calles con descuidados vestigios coloniales-, tomamos un taxi por diez soles hasta el parque Kennedy, otro de los puntos importantes de la zona. Me despedí, volteé hacia la Avenida de Larco y giré a la izquierda en dirección a Benavides. Me planté enfrente del gran supermercado. Intenté descifrar hacia que lado debía dirigirme. Confundido por la simetría, decidí, al azar, torcer a la izquierda. Felizmente reconocí el pequeño parque -con las abuelas, los caniches, las madres y los críos correteando- que se hallaba al costado de la casa de mi tío. Seguí de frente. Abrí la puerta con la llave que me había prestado y franqueé el umbral.

De la cocina salió alguien exacto a mí. Se despidió de mi tío comentando que iba a comprar pan y fruta al supermercado. Perplejo, trémulo, huí al jardín para tomar aire. Supuse que, tal vez, una intoxicación gástrica, producida por alguna bacteria peruana a la que mi organismo no estaba acostumbrado, me había producido la alucinación de verme repetido. Entré de nuevo. Mi tío no se inmutó; no se había percatado de la duplicación. Demasiado turbado como para contenerme, marché presuroso al exterior. Dí tumbos mareándome en la cuadratura laberíntica del lugar hasta que una combi, que se dirigía a la avenida Arequipa, me arrolló y fallecí al instante.

Al salir del supermercado me coloqué enfrente de él para intentar descifrar hacia que lado debía dirigirme. Confundido por la simetría, decidí, al azar, torcer a la derecha. Felizmente reconocí el pequeño parque -con las abuelas, los caniches, las madres y los críos correteando- que se hallaba al costado de la casa de mi tío. Seguí de frente. Abrí la puerta con la llave que me había prestado y franqueé el umbral. Me preparé unas tostadas y pensé en el extraño suceso. Decidí escribirlo, supongo, para expulsar sobre papel la pesadumbre de haber muerto.

Retazos (II) – por Gerard Gual

Sobre la nada

Yací en ella y pude regresar. La nada acostumbra a verse como un espacio huero de extensión infinita en el que uno queda suspendido sin referencia, vagando en un azar blanquecino, en un vacío diáfano. Otros, según predilección cromática, se la imaginan como una oscura hibernación, como un estado vegetativo en el que predomina un negro mate que no deja entrever, un negro en el que impera el silencio absoluto. Pero sabemos que el negro absorbe toda la luz y que la inmensidad no puede ser ninguna cosa, así que no tiene sentido plantearse la nada en tales términos. Que sirva pues mi experiencia para relatar la inenarrable y finiquitar viles especulaciones sobre su naturaleza:

La nada no es más que un habitáculo aséptico de paredes de un blanco que duele, clausurado en metro y medio de altura, medio de anchura y diez de longitud, suficiente para poder pasearse encogido. En tal espacio prevalece la gravedad y la ficción del tiempo: no se flota y se percibe un tic-tac ensordecedor que incita a la evasión. Y en este punto reside lo significativo, pues el habitáculo que acota nuestro vacío particular se desplaza conjuntamente con el cuerpo, hecho que da pie a un andar perenne que nunca conseguirá cambiar de posición. Detrás y delante hay dos trampillas encuadradas por un albor alentador que se escapan con cada paso. Lo demás permanece liso, inalterable, con la paciencia que confiere una eternidad observando.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

Retazos (I) – por Gerard Gual

Una vida enfrascada

Del mismo modo en que la hormiga no percibe montañas, ella creía que una limitación biológica en los humanos nos impedía contemplar la pluralidad de entidades reunidas en el límpido aire. Según su teoría, el vacío sostenido entre el sujeto y el objeto más cercano estaba repleto de ideas abstractas que con un poco de práctica podían apreciarse corpóreas. Algunos días llegaba exclamando que el peso de la existencia tal o que la dureza de la vida cual. Atribuía propiedades físicas a esas dades inaccesibles que nadie lograba ver y que a ella se le antojaban materia: la crueldad es angulosa y punzante, de unos veinticinco quilos; la bondad es redonda, suave y ligera. Alentada por su insólita aptitud decidió enfrascarlas y abarrotó su casa de tarrinas transparentes de diferentes tamaños. Pese a su tesón, nunca consiguió apresar la muerte, que le dio suficiente margen para embutir todo un almacén con envases. La incineraron. Ante la aglomeración congregada algunos curiosos preguntaron que quién había muerto. El sacerdote acercó la urna con las cenizas y musitó que en esa vasija se hallaba todo lo que aquella vida había sido y sería.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

La ciudad

“En África había conocido, desde luego, un tipo de soledad bastante brutal, pero el aislamiento en aquel hormiguero americano cobraba un cariz más abrumador aún.

Siempre había temido estar casi vacío, no tener, en un palabra, razón seria alguna para existir. Ahora, ante la evidencia de los hechos, estaba bien convencido de mi nulidad personal. En aquel medio demasiado diferente de aquel en el que tenía mezquinas costumbres, me había como disuelto al instante. Me sentía muy próximo a dejar de existir, pura y simplemente. Así, ahora lo descubría, en cuanto habían dejado de hablarme las cosas familiares, ya nada impedía hundirme en una especie de hastío irresistible, en una forma de catástrofe dulzona y espantosa. Una asquerosidad.”

L. F. Céline, Viaje al fin de la noche

Cosas de hoy

Al  asombroso hecho de que las orugas  septentrionales hayan desarrollado una pata más debido al cambio climático, he de sumar una preocupación que perturba mi reposo y altera mi rutina: no quiero que penséis que los Intempestivos sólo tenemos gustos rancios y viejunos.

Los Intempestivos somos gente que viste elegante pero a la moda,  personas preocupadas  por el futuro de la pasarela Cibeles y por el decaimiento del Bread & Butter, curiosos de las nuevas tecnologías que fantasean con el Iphone 4S, snobs que se relamen con los diseños de las monturas de Tom Ford, presuntuosos que discuten sobre las tendencias del post-deconstructivismo arquitectónico, marujones que comentan el último programa de Granjero busca esposa.

Así que, ya que generalmente sólo enaltecemos lo antiguo, inauguro la sección COSAS DE HOY destinada a recoger las moderneces con las que nos regocijamos.

Empiezo con un tema del nuevo álbum de Mastodon, The Hunter. La canción se llama The Sparrow y es una suerte de space rock progresivo que conjuga a la perfección la tradición de la psicodelia con un sonido experimental de rrrabbbiosa actualidad (he ganado diez puntos de gafapastismo).

 

Se acerca la Música Invasiva II

Compositor de la Música Invasiva II

Postraos todos, alzad las manos, gemid, mordeos los sobacos, llorad de éxtasis y cimbrelead al unísono: ¡pi, pi, piripi-pí, la Música Invasiva, ya está aquí!

Os presento un adelanto de la segunda parte de la Música Invasiva: un álbum neofolk conceptual sobre la mística del Ser y el retorno a la moda de los shorts. Todavía deben grabarse más temas y meter las voces y los mensajes subliminales obligando a comprar diseños de John Galliani, pero hasta que se complete la música que cambiará la historia de la estética, del pensamiento y de la cocina, os dejo dos minutos y medio de una introducción épico-fálica para que arriméis cebolleta en los guateques.

Saludos a todos menos a los franceses, suizos y franco-suizos.

 

Preludio.mp3 de Musica Invasiva