Y tú, ¿ eres anarquista ?

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(…) Pues bien, para que no haya lugar a equívocos, he decidido que soy un anarquista de derechas. Soy anarquista: porque me niego a seguir los parámetros al uso en esta sociedad donde lo importante no es la persona, sino la corriente, que lleva irremisiblemente a quien se ve envuelto en ella a donde realmente no querría ir si reflexionara un poco en las implicaciones que ello supone. Soy anarquista porque proclamo y reivindico para mí esa santa libertad que no es la libertad de la Revolución francesa ni de los liberales, sino la que da la aristocracia del espíritu, a la que no se pertenece por la sangre ni por el dinero, sino simplemente por la cultura; libertad de espíritu que me permite substraerme a los imperativos de la pseudo-moral al uso y a los dictados de las modas del día. Soy anarquista porque no estoy dispuesto a acatar a ninguna autoridad humana si ésta no se refiere a alguna autoridad más elevada como la divina. Porque si toda potestad no viene ya de Dios, y los que la ejercen no actúan en Su Santo Nombre, ¿por qué he de obedecer? ¿No se proclama humillante la sujeción de un ser humano a otro? No ocurría eso en el régimen tradicional, en el que uno ciertamente había de someterse al Estado encarnado en un individuo mortal como todos, pero que reconocía no tener un poder originario sino derivado de lo Alto.

Pero también soy de derechas y lo soy porque defiendo los valores tradicionales de la Civilización Cristiana, que fue la que construyó nuestra Europa, mal que les pese a los laicistas y a los liberales; a todos aquellos que critican y denuestan nuestra cultura y ensalzan las ajenas, sin querer renunciar por ello a la cómoda vida occidental, y, en fin, a quienes desde fuera nos desacreditan y nos atacan pero se mueren por vivir aquí. Soy de derechas porque creo en el orden y en la jerarquía y, por supuesto, rechazo el igualitarismo apisonador que no eleva sino rebaja y no hace sociedades cultas sino zafias. Soy de derechas porque prefiero lo ideal a lo pragmático, lo hermoso a lo utilitario, lo clásico a lo que sólo está de moda, la buena educación y los modales corteses a la informalidad, el buen gusto a la chabacanería, lo personal a lo colectivo (ojo: no digo lo individual a lo social), la élite a la masa, la tradición al progresismo, lo eterno a lo efímero… Sí, soy un anarquista de derechas.

Rodolfo Vargas Rubio

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Yo ya elegí …

 

Elegí la verdad, la belleza y la bondad , para no hacer de Dios un fantasma, para habitar la cuesta terrible y sublime de la vecindad de lo divino.

Elegí coronar con disciplina mis hábitos para amputar las ramificaciones burguesas que pudieran hacer de mi alma un esclavo de la felicidad, un ser desposeído de si mismo. Para permanecer en las trincheras inhóspitas y desiertas de los que libramos guerra abierta y franca a una vida hedonista.

Elegí un cuerpo fuerte para no traicionar a mi carácter, para recordar las asperezas qué como precio nos exige una vida de ser humano, de compromiso, de combate, de tensión irreemplazable.

Elegí la lealtad para honrar la amistad que brindo, y así tener una boca limpia y un corazón noble. Nada tiene que ofrecer un hombre incapaz de lealtades y vínculos, pues nada ha comprendido acerca de su hominidad y del caràcter de eslabón contingente y humilde que constituye la ontología de si mismo.

Elegí escuchar a los poetas, fotógrafos del lenguaje de Dios, siervos de la eternidad, soldados de la belleza. El recuerdo de un verso ante los envites ruidosos de la 
plaza, de los débiles, ronroneo de lo prescindible
.

Elegí amar, derramar mi alma, abrasar de fe e incendiar todo aquello que de atomizado y miserablemente corriente latía en mi para alumbrar un horizonte de hijos, sacrificio, de vida, de sentido. Ser un medio y vivir el sueño … arriesgar.

Elegí unos valores eternos, para ser un hombre, renunciando a la monstruosidad líquida, informe e insulsa de una errática vida moderna, soberbia, mecánica, mezquina e inauténtica.

Elegí la Muerte como compañera, para tener una sonrisa sobria, un centro de gravedad hilvanado de verdad, conciencia de mi mismo y trascendencia.

Elegí el honor, porque somos lo que hacemos . Porque en la gravedad de los acontecimientos se desenmascaran las mediocridades, las imitaciones, y la grotesca impostura que acostumbra a ser la representación de tantas vidas a medias, de felicidad descafeinada y de pánico a la propia exposición. El honor me obliga a respirar lejos de la mediocridad.

Elegí la autoridad, porque me quiero hombre libre con seriedad y sin malabarismos intelectuales ni autocomplacientes, porque respondo de mi mismo.

Elegí, …. y lo hice porque en mi espejo no figura un puro agregado de química, volición, de sentimentalismo desamparado ni un miedo que mendiga narcóticos y utopías.

Yo elegí Ser.

Ser personas; devenir civilización

“Una civilización es en primer lugar una respuesta metafísica a un llamado metafísico, una aventura del orden eterno, propuesta a cada hombre en la soledad de su elección y de su responsabilidad”

Observamos que para Mounier, pensador cristiano que se tomó muy en serio el asunto de la trascendencia, la civilización era otra cosa muy distinta a una determinada suma de bienes materiales y culturales puestos a disposición de un grupo social dado. En la despersonalización de la civilización ubicó la crisis de ésta, en ser mero agregado de individuos en vez de  una comunidad. ¿Y qué es esto de personalizar? La persona es el centro invisible en que todo se úne, el punto de partida de un ser que se da, en cuyo darse se posibilita la comunidad, dónde la propia apertura es creación. Los individuos no pueden constituir más que estados, la persona es un devenir trágico portador empero de esperanza y puede tramar un tejido comunitario, fundamentado y dignificado desde lo atemporal. Contrariamente a Sartre, Mounier no hace de la libertad el ser de la persona. Así escribe que no somos libres más que en la medida en que no somos enteramente libres pues la libertad personalista no es la libertad arbitraria y sedicente absoluta del individuo sino que se cumple en el seno de la comunidad. Es interesante rescatar de sus reflexiones el modo en que piensa el ser de la persona, formulado desde un existencialismo de la esperanza u optimismo trágico como lo han bautizado algunos autores : El ser sólo es Dios, y la persona es concebida como el movimiento hacia el ser, y consiste en el ser a que apunta. El individuo enajenado rehuye y renuncia con ello a su plenitud, a su dignidad, haciendo de su existencia una vida inauténtica.

Bibliografía: L’ affrontement crètien, Manifeste au Service du Personnalisme de Mounnier, E.   Filosofía cristiana de la existencia, de Lepp, Ignace.

Y si …

Si queda elección en este asedio a nuestras almas, guardara mi figura la vanguardia del templo.

Si es ingenuo hablar de Dios,

condenare a mis hijos a gravar hondamente este ingenuo valor.

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Hundimiento, naufragio y vuelta a la Historia

La sociedad de masas […] no quiere cultura, sino ocio (entertainment). El resultado no es una cultura de masa […] sino un ocio de masas, que se alimenta de los objetos culturales del mundo. […] La actitud del consumo implica la ruina de todo lo que toca.
Hanna Arendt

De un siglo para acá, el mundo se vuelve cada vez más irreconocible, y es que el número de cambios, la cantidad de información cambiante y de continuo procesándose, y la agotadora recepción de invasivos estímulos cotidianos terminan por inyectarnos un sentimiento ahistórico. Un cierto como si estuviéramos flotando en un universo paralelo en el que se perpetúa todo, y donde no hay literalmente nada fuera. En un gran supermercado… En un blindado y compacto sistema. Una atmósfera irrespirable a no ser que se renuncie de una vez por todas al ejercicio del sentido común y de una sensibilidad de mínimos. El Sistema tiene firmes paredes que no precisan de fuerzas de orden uniformadas. Toda una ingeniería del gregarismo –del mito individualista- ha ocupado el lugar de las familias y el de los espacios que tradicionalmente han sido los reguladores de la cultura, así como también de la sensibilidad y deontología colectiva.

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¿Estamos conformes?

A pocos se les escapa ya que si planteamos con honestidad el debate político y hasta sus últimas consecuencias, la cuestión dista mucho de ser la tan manida y ramplona monserga dicotómica de derechas-izquierdas a que nos tienen (mal)acostumbrados.

La cuestión antes que nunca pasa hoy primero por una interrogación de mínimos, amén de considerar que el hombre (per se) aparte de ser un animal social, lo es a la par político. La pregunta que planteo como criba brutal y significativa es la siguiente: ¿Estamos conformes con respecto al Orden vigente de las cosas?

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Aut Deus aut Nihil

Traemos a la palestra el siguiente libro- Don Juán de Torrente Ballester- y fundamentalmente lo hacemos por 3 razones. Por un lado es una obra literariamente muy bien construida, elegante y poco gratuita, y poco gratuita en el sentido de que percibimos a la misma como una hija artística parida por necesidad, gestada con calor y días, madurada por el autor y en el autor, sufrida en si mismo.

Se echan a faltar obras tales hoy, pues en su mayoría significativa hoy obedecen éstas a tramas traducibles a películas -aceleradas, básicas, hinchadas de acontecimientos,…- y a contenidos prefabricados. Aplaudimos entonces la originalidad e impronta de escritor que deja traslucir este libro. Sabemos que no es escritor todo el que publica un texto.

En segundo lugar, aquí Don Juán se ve actualizado y reinterpretado por Torrente Ballester, quién de un Don Juán comúnmente concebido como una figura superficial, banal, voluble, … un fantoche mujeriego y errante, a manos del escritor conquista el protagonista un nuevo estadio vital y metafísico. En cierto modo Ballester lo dignifica, lo dota de una historia y a su vez nos traslada a su emplazamiento cósmico, en qué la apariencia se desnuda y se nos desvela la relación del hombre con Dios, el sentido del amor, el orgullo, y el conflicto entre el deber y la libertad.

Finalmente, más allá de la peregrina aventura que se nos narra entre las páginas, pivotan una serie de reflexiones teológicas – entre otras- a considerar. Asistimos a como la sensibilidad y profundidad de la fe de Don Juán se ven truncadas y trastornadas en constatar este que su esperanza en la fusión carnal de dos almas, la metafísica sexual de mutuo derramarse, no es tal como se le ha prometido. En el egoísmo del goce sexual adivina don Juán una burla de Dios, un sin sentido, el pago de una culpa (que remonta a Adán) injusta, la escisión y el abismo entre los hombres, el límite infranqueable tanto físico como metafísico entre seres vivos, que participan de una misma unidad, pero existen de modo freagmentado y precariamente incompleto, insatisfechamente apetentes de un vínculo místico y cósmico, de Absoluto, de Uno.

Don Juán, de naturales dones para con el trato femenino, libra su personal guerra a Dios, suplantando a este su gracia,  y conduciendo de su mano a las mujeres al más cercano estado de lo divino, de lo místico, del erotismo más trascendente. Don Juán es la voz del orgullo y la de un creyente condenado, pues sabe las dimensiones de la batalla que libra no cruzan mayor frontera que la de su contingente, dudosa, terrenal y temporal libertad, y su libertad no es sino desesperanza, altivez frente a lo que juzga él como el olvido de Dios. Don Juán no halla- contra todo su personal pronóstico-  el arrepentimiento, el remordimiento o la vergüenza en sus acciones, y en este silencio percibe la espalda de la divinidad.

Don Juán, católico y pecador, quiere batallar y vencer en sí a Dios por el acto libre del mal y de su integración en la propia conciencia. Una suerte de venganza que le redima ante si mismo. El drama de Don Juán es ese desprecio del Señor que cree albergar y ver reflejado en su incapacidad para el amor, esa soledad de soñador, de soldado de la virtud, que sufre de un eco sordo en la estepa de su sinfonía emocional y afectiva. O Dios, o nada, parece clamar en el fondo; aunque es el resorte de la voluntad lo que parece quedar como el único espacio para el movimiento y la vida, la acción, la violación de la norma.

Brevemente

La excelencia es el fin
la virtud nuestras muletas
la voluntad, los pies
y la costumbre, la que lo riega

La posibilidad de todo ello,
conjugado con menor o mayor fortuna
eso te digo, es la libertad.
y el saberlo,
es conocer lo que siempre perdura

Recién atadas las botas – por Xavi Rio

Como cada madrugada sabatina, al compás del alba, obstinada su ilusión en las inminentes jornadas de montaña, y sedienta su piel de Cielo libre, él marchaba, cuando a muchos la pesadumbre, el sueño o el cansancio hacíalos presa del amanecer.

Él marchaba.
– El silencio del despertar es musicado con la percusión de la respiración alegre. Se cierra la puerta, de un golpe –

Mochila pesada a los hombros, como intrépido y autónomo caracol, y con estética descontextualizada -un joven madrugando porque si, y ataviado en pintoresca figura, arrogantemente fresco, y soñador en su expresión- en la frívola y anestesiante ciudad.

Alrededor de sus pasos, como un paseo triunfal, le asen su atención las excreciones todavía en circulación de la noche ociosa, religiosamente moderna, la noche culturalmente institucionalizada, con color de neón agonizante y aspecto de maquillaje corrido. Malos olores, la calle, su acera, malos modos, taradas muecas, la grosería propia que inviste a los simios del espíritu.

Observador caminaba, sin detenerse, no había sorpresa bajo la burbuja, y hay que caminar -se musitaba- para llegar, o para irse! Un gruñir perezoso, peyorativamente adolescente, era el compás de siempre, aliñado de un halo a ruina y a descalabro nihilista que apestaría irremisiblemente su paseo hasta tomar el acceso a la montaña. Ay…la montaña…un templo sin pilares, sin inscripciones, sin altar…un templo? Sin duda, pero véalo el que tenga ojos… En este su templo, la cultura era la del esfuerzo, y la estética la de la perfección, éstas anclaban en él, el diluvio estrellante de lo absoluto.

En este aliento previo que la ciudad le brindaba en el despegarse los párpados, él adivinaba intuitivamente la falsedad y bajeza en qué gravitaba, de un modo consentido y consensuado, el Régimen de su patria, con tal vaho de olor a dinero, de promesas anónimas y en minúscula, de pereza crónica…

Pero si bien sobrecogido y algo introspectivo, concluía toda vez en limpia sonrisa y con el pecho inflamado: Dios proveerá… La mañana del sábado ya estaba preñada de sol, tan cierto como que el gallo debía cantar, participando de una mañana que no le pertenece, pero por la que es.

Amanecer en la ciudad de México

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #3

Julio César: o Roma o Muerte

Remitimos en esta ocasión a una obra de teatro de Shakespeare, Julio César, qué aborda interesantes cuestiones acerca de la naturaleza humana,  de su libertad e inevitable inclinación a lo trágico. El todo o la nada, pero el imperativo de la acción y de su responsabilidad asfixiante. Casi podría decirse que la trama y los hechos narrados quedan encubiertos por debates más importantes, como la lealtad, el deber, la conciencia de ciudadanía y la necesidad del Sacrificio. Una Metafísica que merece la pena no dejar pasar por alto.
En los personajes implicados hay una vocación de excelencia conmovedora, y así Bruto como los conspiradores llegan a mancharse de sangre en pro de Roma y a su vez del Hombre, es una agresión a la Soberbia, a la enajenación del Poder.

BRUTO – (a ANTONIO) … La compasión por los males de Roma ha decretado la muerte de César, pues igual que un fuego apaga otro fuego, así una pena alivia otra.

Se establece una relación entre la Necesidad, la Historia y la Libertad, dónde la misma es ocupada por la resolución viril, el compromiso y el propio Honor.
A modo de epílogo podemos citar al respecto unas palabras de Juvenal, que nos hacen más fácil empatizar, o si más no intimar mejor con la sensibilidad de los personajes:

El mayor crimen es preferir la vida al honor y, por vivir la vida, perder la razón de vivir.

La presencia de la Muerte es constante y activa en el criterio de los actores y protagonistas, pero domésticada a su vez por un orgullo aristocrático, castrense, fuera de toda duda trascendente.
Finalmente rescatar de César una de sus intervenciones en la obra:

” De cuantos portentos he conocido, el que más me asombra es que los hombres –la– tengan miedo, pues la muerte, que es el fin inevitable, llega cuando llega “