Yo ya elegí …

 

Elegí la verdad, la belleza y la bondad , para no hacer de Dios un fantasma, para habitar la cuesta terrible y sublime de la vecindad de lo divino.

Elegí coronar con disciplina mis hábitos para amputar las ramificaciones burguesas que pudieran hacer de mi alma un esclavo de la felicidad, un ser desposeído de si mismo. Para permanecer en las trincheras inhóspitas y desiertas de los que libramos guerra abierta y franca a una vida hedonista.

Elegí un cuerpo fuerte para no traicionar a mi carácter, para recordar las asperezas qué como precio nos exige una vida de ser humano, de compromiso, de combate, de tensión irreemplazable.

Elegí la lealtad para honrar la amistad que brindo, y así tener una boca limpia y un corazón noble. Nada tiene que ofrecer un hombre incapaz de lealtades y vínculos, pues nada ha comprendido acerca de su hominidad y del caràcter de eslabón contingente y humilde que constituye la ontología de si mismo.

Elegí escuchar a los poetas, fotógrafos del lenguaje de Dios, siervos de la eternidad, soldados de la belleza. El recuerdo de un verso ante los envites ruidosos de la 
plaza, de los débiles, ronroneo de lo prescindible
.

Elegí amar, derramar mi alma, abrasar de fe e incendiar todo aquello que de atomizado y miserablemente corriente latía en mi para alumbrar un horizonte de hijos, sacrificio, de vida, de sentido. Ser un medio y vivir el sueño … arriesgar.

Elegí unos valores eternos, para ser un hombre, renunciando a la monstruosidad líquida, informe e insulsa de una errática vida moderna, soberbia, mecánica, mezquina e inauténtica.

Elegí la Muerte como compañera, para tener una sonrisa sobria, un centro de gravedad hilvanado de verdad, conciencia de mi mismo y trascendencia.

Elegí el honor, porque somos lo que hacemos . Porque en la gravedad de los acontecimientos se desenmascaran las mediocridades, las imitaciones, y la grotesca impostura que acostumbra a ser la representación de tantas vidas a medias, de felicidad descafeinada y de pánico a la propia exposición. El honor me obliga a respirar lejos de la mediocridad.

Elegí la autoridad, porque me quiero hombre libre con seriedad y sin malabarismos intelectuales ni autocomplacientes, porque respondo de mi mismo.

Elegí, …. y lo hice porque en mi espejo no figura un puro agregado de química, volición, de sentimentalismo desamparado ni un miedo que mendiga narcóticos y utopías.

Yo elegí Ser.

Anuncios

Cicatrices en la Historia

La Historia se ha tornado en bruma y superficie blanda donde la opinión y la suposición hacen fluir la veracidad en las aproximaciones que ante ella acometemos. Antes la Historia tradicionalmente fija, como grabada en piedra, se ha tornado texto revisable. Se ha convertido en una suerte de espacio de discusión. Es pues otra victima más del relativismo descarnado que asola los últimos dos siglos del pensamiento occidental. Otra victima más de ese mal ya endémico producido por la muerte de Dios, referente clásico de todo lo que puede ser fijo.

Sigue leyendo

El hombre y su peana – por Guillem Gual

Supongamos que a todo hombre, al morir, se le coloca en un vasto marco para ser observado por la eternidad. Se le condensa en una única posición de lo que su, ya penosa, ya exitosa, probablemente anónima, vida ha llegado a significar desde el foco de una objetividad imposible.

Supongamos también que el hombre conoce el destino que le espera; preguntémonos qué le preocupa en su inmortalización. ¿Es en la postura? Preferiría no estar sentado. ¿Es en el atuendo? Algún perverso estaría encantado de mostrar su desnudez al vacío. Tal vez sea la posición relativa que ocupa en la vitrina y le mortifique la posibilidad de estar en el fondo.

Sigue leyendo

Ser personas; devenir civilización

“Una civilización es en primer lugar una respuesta metafísica a un llamado metafísico, una aventura del orden eterno, propuesta a cada hombre en la soledad de su elección y de su responsabilidad”

Observamos que para Mounier, pensador cristiano que se tomó muy en serio el asunto de la trascendencia, la civilización era otra cosa muy distinta a una determinada suma de bienes materiales y culturales puestos a disposición de un grupo social dado. En la despersonalización de la civilización ubicó la crisis de ésta, en ser mero agregado de individuos en vez de  una comunidad. ¿Y qué es esto de personalizar? La persona es el centro invisible en que todo se úne, el punto de partida de un ser que se da, en cuyo darse se posibilita la comunidad, dónde la propia apertura es creación. Los individuos no pueden constituir más que estados, la persona es un devenir trágico portador empero de esperanza y puede tramar un tejido comunitario, fundamentado y dignificado desde lo atemporal. Contrariamente a Sartre, Mounier no hace de la libertad el ser de la persona. Así escribe que no somos libres más que en la medida en que no somos enteramente libres pues la libertad personalista no es la libertad arbitraria y sedicente absoluta del individuo sino que se cumple en el seno de la comunidad. Es interesante rescatar de sus reflexiones el modo en que piensa el ser de la persona, formulado desde un existencialismo de la esperanza u optimismo trágico como lo han bautizado algunos autores : El ser sólo es Dios, y la persona es concebida como el movimiento hacia el ser, y consiste en el ser a que apunta. El individuo enajenado rehuye y renuncia con ello a su plenitud, a su dignidad, haciendo de su existencia una vida inauténtica.

Bibliografía: L’ affrontement crètien, Manifeste au Service du Personnalisme de Mounnier, E.   Filosofía cristiana de la existencia, de Lepp, Ignace.

Aut Deus aut Nihil

Traemos a la palestra el siguiente libro- Don Juán de Torrente Ballester- y fundamentalmente lo hacemos por 3 razones. Por un lado es una obra literariamente muy bien construida, elegante y poco gratuita, y poco gratuita en el sentido de que percibimos a la misma como una hija artística parida por necesidad, gestada con calor y días, madurada por el autor y en el autor, sufrida en si mismo.

Se echan a faltar obras tales hoy, pues en su mayoría significativa hoy obedecen éstas a tramas traducibles a películas -aceleradas, básicas, hinchadas de acontecimientos,…- y a contenidos prefabricados. Aplaudimos entonces la originalidad e impronta de escritor que deja traslucir este libro. Sabemos que no es escritor todo el que publica un texto.

En segundo lugar, aquí Don Juán se ve actualizado y reinterpretado por Torrente Ballester, quién de un Don Juán comúnmente concebido como una figura superficial, banal, voluble, … un fantoche mujeriego y errante, a manos del escritor conquista el protagonista un nuevo estadio vital y metafísico. En cierto modo Ballester lo dignifica, lo dota de una historia y a su vez nos traslada a su emplazamiento cósmico, en qué la apariencia se desnuda y se nos desvela la relación del hombre con Dios, el sentido del amor, el orgullo, y el conflicto entre el deber y la libertad.

Finalmente, más allá de la peregrina aventura que se nos narra entre las páginas, pivotan una serie de reflexiones teológicas – entre otras- a considerar. Asistimos a como la sensibilidad y profundidad de la fe de Don Juán se ven truncadas y trastornadas en constatar este que su esperanza en la fusión carnal de dos almas, la metafísica sexual de mutuo derramarse, no es tal como se le ha prometido. En el egoísmo del goce sexual adivina don Juán una burla de Dios, un sin sentido, el pago de una culpa (que remonta a Adán) injusta, la escisión y el abismo entre los hombres, el límite infranqueable tanto físico como metafísico entre seres vivos, que participan de una misma unidad, pero existen de modo freagmentado y precariamente incompleto, insatisfechamente apetentes de un vínculo místico y cósmico, de Absoluto, de Uno.

Don Juán, de naturales dones para con el trato femenino, libra su personal guerra a Dios, suplantando a este su gracia,  y conduciendo de su mano a las mujeres al más cercano estado de lo divino, de lo místico, del erotismo más trascendente. Don Juán es la voz del orgullo y la de un creyente condenado, pues sabe las dimensiones de la batalla que libra no cruzan mayor frontera que la de su contingente, dudosa, terrenal y temporal libertad, y su libertad no es sino desesperanza, altivez frente a lo que juzga él como el olvido de Dios. Don Juán no halla- contra todo su personal pronóstico-  el arrepentimiento, el remordimiento o la vergüenza en sus acciones, y en este silencio percibe la espalda de la divinidad.

Don Juán, católico y pecador, quiere batallar y vencer en sí a Dios por el acto libre del mal y de su integración en la propia conciencia. Una suerte de venganza que le redima ante si mismo. El drama de Don Juán es ese desprecio del Señor que cree albergar y ver reflejado en su incapacidad para el amor, esa soledad de soñador, de soldado de la virtud, que sufre de un eco sordo en la estepa de su sinfonía emocional y afectiva. O Dios, o nada, parece clamar en el fondo; aunque es el resorte de la voluntad lo que parece quedar como el único espacio para el movimiento y la vida, la acción, la violación de la norma.

Brevemente

La excelencia es el fin
la virtud nuestras muletas
la voluntad, los pies
y la costumbre, la que lo riega

La posibilidad de todo ello,
conjugado con menor o mayor fortuna
eso te digo, es la libertad.
y el saberlo,
es conocer lo que siempre perdura

Recién atadas las botas – por Xavi Rio

Como cada madrugada sabatina, al compás del alba, obstinada su ilusión en las inminentes jornadas de montaña, y sedienta su piel de Cielo libre, él marchaba, cuando a muchos la pesadumbre, el sueño o el cansancio hacíalos presa del amanecer.

Él marchaba.
– El silencio del despertar es musicado con la percusión de la respiración alegre. Se cierra la puerta, de un golpe –

Mochila pesada a los hombros, como intrépido y autónomo caracol, y con estética descontextualizada -un joven madrugando porque si, y ataviado en pintoresca figura, arrogantemente fresco, y soñador en su expresión- en la frívola y anestesiante ciudad.

Alrededor de sus pasos, como un paseo triunfal, le asen su atención las excreciones todavía en circulación de la noche ociosa, religiosamente moderna, la noche culturalmente institucionalizada, con color de neón agonizante y aspecto de maquillaje corrido. Malos olores, la calle, su acera, malos modos, taradas muecas, la grosería propia que inviste a los simios del espíritu.

Observador caminaba, sin detenerse, no había sorpresa bajo la burbuja, y hay que caminar -se musitaba- para llegar, o para irse! Un gruñir perezoso, peyorativamente adolescente, era el compás de siempre, aliñado de un halo a ruina y a descalabro nihilista que apestaría irremisiblemente su paseo hasta tomar el acceso a la montaña. Ay…la montaña…un templo sin pilares, sin inscripciones, sin altar…un templo? Sin duda, pero véalo el que tenga ojos… En este su templo, la cultura era la del esfuerzo, y la estética la de la perfección, éstas anclaban en él, el diluvio estrellante de lo absoluto.

En este aliento previo que la ciudad le brindaba en el despegarse los párpados, él adivinaba intuitivamente la falsedad y bajeza en qué gravitaba, de un modo consentido y consensuado, el Régimen de su patria, con tal vaho de olor a dinero, de promesas anónimas y en minúscula, de pereza crónica…

Pero si bien sobrecogido y algo introspectivo, concluía toda vez en limpia sonrisa y con el pecho inflamado: Dios proveerá… La mañana del sábado ya estaba preñada de sol, tan cierto como que el gallo debía cantar, participando de una mañana que no le pertenece, pero por la que es.

Amanecer en la ciudad de México

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #3

La dispersión o el comienzo del fin (II)

No debe dejar de atenderse a la referencia del S.XVIII, pues se trata de un convulso periodo que marca sin lugar a duda los orígenes de la época contemporanea.

En lo artístico se manifestarán una serie de movimientos y tendencias- del Rococó al Neoclasicismo– con la tónica común y mismo denominador de que no hay principios universales, sino visiones subjetivas. Por otro lado apuntemos tambien que el arte traspasa ya fronteras, volviéndose por ende más internacional.  Aparecen los museos, qué por otra parte, perpetuarán con su realidad e idiosincrasia esta separación (forma-fondo). Los museos implican un modo de mirar al arte, y verlo desde la separación de lo que primitivamente no era sino parte de un conjunto, desglosándose así cada obra – para perjuicio del arte – en “qués, contenidos y formas”.

Obviar e ignorar la interdependencia de las artes, comportará a la larga una impotencia correlativa en la tarea de corresponder y asignar sentido, precisión y necesidad a imágenes, temas y obras. Ello supone además desproveerlas de su realidad histórica. En este pulso, el carácter formal doblega entonces al significado espiritual de la obra, “cientificándose” a las composiciones iconográficas.

Esta ciencia de los fragmentos, supone ya en su premisa  el mayúsculo olvido del sentido representativo de las obras. /La ocultación del Ser que presidirá los siglos posteriores/

La diferencia y el poder

Las culturas son el patrimonio por excelencia de la humanidad, pues ellas arman al hombre para responder en el combate que cada existencia supone.

Es algo propio de la hominidad la divergencia y su diferenciación en las respuestas culturales. Por ello aculturizar a los hombres, homogeneizar sus horizontes de sentido, no es otra cosa que deshumanizarlos y despojarlos de fuerza ante la aventura de vivir.

El orden mundial vigente-en correspondencia a su lógica del ultra liberalismo socio/cultural/político – sobrevive y se perpetúa en la medida en que aísla, disgrega y distrae de forma gregaria y autómata a los hombres y mujeres de cada patria.

El razonamiento del Poder es algo así como que nada mejor para blindar una jaula que dotar a los presos de micromundos apodados libres y alimentar en éstos la fobia a lo social, a lo propio, a lo local, a lo nacional.

Versos intempestivo-incendiarios

Desgarrarse una y mil veces,

herir pronto y a diario la vieja cicatriz,

ser abstemio de las modas,

ser uno más, sin ser “otro que si”

 

Minoría absoluta, limpia la puerta,

y enhiesto el altar en el recibidor

sea nuestra mayoría el despotismo del cielo,

y nuestra gracia, el fatalismo

que nos empuja una y otra vez al ruedo

 

… otra, y otra tarde más … entre vigilias y mil sueños.

 

Porque es nuestro el color de la tarde

un lenguaje que vibra en mensajes

de tonos oscuro rojizo, arcilla, trueno

cuero gastado, pipas de tabaco ¡y mentones arrogantes!

 

Yace en nuestra piel porque es su hogar,

aquella retórica mil veces manida,

de la hora crepuscular.

Nuestra Vida frente a la vida.