¿Estamos conformes?

A pocos se les escapa ya que si planteamos con honestidad el debate político y hasta sus últimas consecuencias, la cuestión dista mucho de ser la tan manida y ramplona monserga dicotómica de derechas-izquierdas a que nos tienen (mal)acostumbrados.

La cuestión antes que nunca pasa hoy primero por una interrogación de mínimos, amén de considerar que el hombre (per se) aparte de ser un animal social, lo es a la par político. La pregunta que planteo como criba brutal y significativa es la siguiente: ¿Estamos conformes con respecto al Orden vigente de las cosas?

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Crítica de rebajas

¡Consuma su particular ración de crítica al sistema! Siéntase un individuo crítico y racionalmente autónomo capaz de cuestionar al mismísimo capitalismo. Hágase pasar por un intelectual en las charlas de café socavando los cimientos del par liberalismo-democracia. Compre el pack de documentales “Crítica al capital” y obtendrá, ¡absolutamente gratis!, una guía de bolsillo  completa con argumentos posmodernos con la que conseguirá que sus amigos más rancios se conviertan en auténticos escépticos.

 Ni que decir tiene que una de las cosas más inteligentes que ha conseguido el capitalismo para perpetuar su supervivencia ha sido  hacer que los responsables de la barbarie sean entes abstractos, espectros no identificables. Parece que no hay nadie a quien guillotinar, nadie contra quien sublevarse, ni alternativa por la que luchar o morir. Ciertamente incluso la posibilidad de criticarlo se ha hecho abstracta y así su razón de ser se disuelve “como lágrimas en la lluvia”. Una de las últimas grandes reformulaciones del capitalismo se cimentó junto a una crítica que pedía lo imposible y suspiraba por la imaginación al poder: eslóganes publicitarios. Una vez disuelta la crítica, ya pueden venir mineros ingleses a pelear contra Thatcher, el pescado está vendido.

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Relato: A vueltas con el mostruo : Encuentro entre actores

Solía musitar maldiciendo en un característico tono grasiento, agrio e impertinentemente agudo. Lo agudo de su timbre era inversamente proporcional al ingenio que destilaba, del qué acusaba una absoluta carencia.
Gozaba sin reservas ni ahorro de embriagarse en densas conversaciones en qué se sentía partir con su nave imaginaria aligerada de frustraciones, con su corazón al timón, rumbo a la utopía.
Le conocía. Le desconocía si mas no, menos poco que a muchos, ello sin quererlo, y a pesar del rumor de arcadas que me generaba su proximidad en cualquier aspecto imaginable. Era él sociable. Un tipo sociable, en el sentido de que buscaba su apoyo en el baño público, en un gesto de cero exigencia para consigo mismo. Supongo que nunca conoció nada parecido al honor. Era hablador, pero carecía de toda seducción hipnótica hacia terceros, de erotismo alguno en su oratoria, vendía con facilidad sus posiciones y realmente parecía apasionado si le oías como hablaba de revoluciones, de “nosotros”, de él, de las conquistas por devenir… de la estrella bienaventurada de los parias.

La pasión por el verbo.
Si he de ser franco, no hubiera apostado por un encuentro ni cruce alguno entre nuestras personas en ningún remoto devenir, incluso en el caso de tener que vivir infinitas vidas de coincidencia existencial. Jugábamos en ligas distintas. Hubiéramos podido ser enemigos pero claro, carecía de honor. Cualquiera no es mi enemigo. La misma lógica aristocrática aplico a la hora de definir mis amistades. Como casi todo, es una cuestión selectiva. El que no selecciona, o no es consciente de hacerlo, ha renunciado al ejercicio de la autoridad más libre sobre las riendas de su vida.
Yo siempre solía desplazarme a pie y con un libro bajo el brazo, creo que gestos tales siempre son definitorios, declaratorios, a banda de la importancia de la lectura.
El libro es excelente como ornamento estético y suele insinuar virtud. Siempre me ha gustado aquello de que el libro es la espada del espíritu, pues permite darse -darme- un aire de sofisticación a quienes imaginamos a nuestros santos siempre con espadas.

Me parece que hace poco se había trasladado a pocas calles de mi casa. En cierta ocasión parecióme verlo, al salir yo del gimnasio. Habían acontecido pero algunos años ya desde que coincidiéramos siendo rapaces, coincidencias quede claro, siempre casuales y remotas. Siempre me he procurado certera capitanía en lo que respecta a causalidades.
Causalidades si, …. pero casualidades, cada vez más, las justas.

Con sinceridad, y dígolo con placer, yo no había cambiado, acaso de manera muy matizada. Mi característica mandíbula, mis ademanes viriles, mis convicciones materializadas en el ejercicio y la escultura del cuerpo…. Mis obsesiones que tintaban mi personalidad. No en vano, lecturas nietzscheanas y la voracidad de experiencias, así como una instintiva fijación por ser autosuficiente, me habían conducido a la conclusión de que mi mejor puente con el mundo, era un cuerpo sano, enérgico, que declarara vigor desde cada centímetro.
Esta es mi coherencia. Con estas pautas creía estar manteniendo una relación ética hacia los demás, y obviamente hacia mí. No hacía sino preocuparme en cumplir los mínimos requisitos estéticos, qué son siempre también morales, que creía cabía esperarse en un ser humano.

Me explico. Ser humano es algo que nunca resulta ser por definición aquello que es bípedo y llámanlo las más de las veces persona. Obviamente, mi asiduidad al gimnasio, relativamente obsesiva, respondía también al placer intrínseco del ejercicio físico. Yo jamás podía haberme encontrado con mi antigua coincidencia bípeda, el chico de las asambleas en un lugar semejante a un gimnasio, está claro, pues él no podría mezclarse en espacios de tal frivolidad, espacios en los que sujetos se exponían voluntaria y disciplinadamente al esfuerzo y sufrimiento, en pro de cosa tan vacua y efímera como era el cuerpo o la belleza.
Él no era un tipo superficial.
No sé si el asunto de los gimnasios le debía de parecer más insolidario, narcisista, pueril, o quizás delictivo. Pensándolo con detenimiento, y ya que se trataba de un tirano blasfemo resentido contra el espejo, seguro que le parecería delictivo, prohibir y castigar puede ser un morboso placer para los insatisfechos orgullosos y celosos de su bilis revolucionaria.
Vuelvo a recordarle de nuevo, en un ejercicio de memoria, y sigo sin poder decir que realmente me ofendiera en un orden particular o específico, tampoco me la jugó, no me hizo nada. La categoría de su impertinente estampa pertenecía a cierta manifestación cósmica, una suerte de oscuridad que planeaba en aquello de qué participaba o se implicaba.
No tardamos en vernos, de un modo muy sutil, ese en el que te reconoces recíprocamente sin esfuerzo, el mismo poco esfuerzo con el que acto seguido te ignoras y prescindes de cordialidades mecánicas. Probablemente, recordando, y apostaría a que acierto en ello, su mueca despreciativa hacia mi y mis amigos era más personal y menos metafísica que mi repugnancia hacia él. Detecto con suma facilidad ese tipo de sentimientos en terceros, esa mirada condenatoria y de enemistad, de enemistad acomplejada.    Probablemente le sublevaba mi simplicidad conservadora, mis formas algo dictatoriales en esquema y discurso, la naturalidad simpática en que me desmarcaba de ese club asambleario, de esa predecible comunidad gregaria y jubilosa a la que se debía y entregaba, probablemente por una cuestión de deficiencia de autoestima.

Los dioses iban a ser espléndidos y le procurarían su oportunidad de escupirme. Y la de sentir la vida palpitando entre sus jugos por una sola vez, de una vez por fin.

Yo salía desde adolescente con la misma chica, y en unos meses iba a tomarla como esposa, por lo qué acudíamos ella y yo puntualmente a unas charlas prematrimoniales con el padre de la parroquia, el padre Joan.

En una de estas citas, saliendo de la parroquia, me encontré con un enjambre de bípedos, en expresión desafiante y agresiva, a los que alguna reivindicación les llevaba a las puertas del templo.

No soy un fanático, pero respeto el sentido y las formas que remiten a lo espiritual. Aquella escena me sublevó. Mi futura esposa, que me conocía como nadie, me agarraba fuerte la parte superior del brazo, preocupada, precavida. Me quedé en la puerta petrificado, y mirándome con todo aquel tropel, e intentando ser razonable, procurando hallar justificación a una escena tan grotesca. Me quedé en el intento de hallar razonabilidad, y al poco, cuando mi atención se reposaba ya en la muchedumbre, descendiendo de la altura de la reflexión descubrí a ese personaje de mi juventud, con quién sostuve la mirada sin poder reprimir una desacomplejada carcajada.

Acto seguido le señalé, para que se sintiera homenajeado. Estaba frenético, tomó un megáfono y me insultó, nervioso, protagonista, era como nunca, el protagonista de la película. Fue mi gesto humanitario del día. Volví a reír, sin dejar de señalarle, haciendo unas muecas infantiles. Me divertía como un crío y no ayudaba a sosegar el ambiente el hecho de ser yo una persona poco vergonzosa. Mi novia estaba nerviosa, supongo que desde fuera este teatro no sugería comedia.
Ahí estaba el monigote, con su cara de virgen musitando con sus compañeros mientras me miraba irritado, ofendido.

Dos chavalillos subieron por los escalones y se abalanzaron sobre mí tirándome al suelo. En medio de toda aquella fiesta ordené a mi chica meterse dentro. Los chicos estaban fuertes, me inmovilizaron muy rápido, pero empecé a morderle con saña la yugular a uno, sin dejar de darles codazos, y me dejaron en paz. Me levanté de nuevo, en actitud arrogante y obstinada.
Será difícil de creer, pero quienes estaban saben que volví a mirarme al amiguete, riéndome nuevamente sin contemplaciones, extendiendo los brazos con la palma abierta hacia el foro. Algunos de sus co-manifestantes  ya le llamaban coreándole para que se acercase a mí, y mi risotada iba rebajando intrigada y expectante.

Finalmente salió, aunque me dio la espalda profiriendo un extraño discurso. Me acerqué decidido y le arrebaté el megáfono pues ahora aquella estampa era de un ridículo insostenible, y acercándoselo a la oreja dije: – patán, me estoy enfadando, tu vienes con la banda, con tu manada, pero Dios y yo somos mayoría.
Ipso facto llegaron un par de dotaciones de policía local, y aquél bípedo perdió la oportunidad de ser un hombre. Mi novia me interrogaba sobre mi estado, y a mi sólo se me ocurrió decirle que estaba decepcionado.
Estás loco– me dijo con el rostro desencajado

Otra Vida

Es de todos sabido que a horas de hoy, y según se prevé, la patología por excelencia de nuestra Europa y de este siglo se llamará depresión. No exige gran pericia darse cuenta de ello. Hablan los propios acontecimientos, fenómenos que la propia cotidianidad revela claramente. Entre los libros más vendidos, hallamos ya bien instalados e incluso conquistando un nada desdeñable espacio en las estanterías, a los que versan y se autoproclaman de autoayuda.

Entre los profesionales de la medicina cada vez crece —preocupantemente— la demanda de asistencia psicológica o psiquiátrica. Un enorme descontento y desazón ocupan, como si fuese niebla cerrada, el fuero emocional de las personas. No duelen piernas, estómagos o muelas, sino que masivamente mengua el apetito de vida. Todos sabemos de algún caso relativamente cercano.

Al mismo tiempo, los voceros ideológicos de nuestras instituciones y de nuestra cínica cultura del consumo cantan sin pausa la sacralización de nuestros egos y la dulce dicha de nuestras existencias, acolchonadas supuestamente en la más civilizada y fantástica libertad de las posibles. A poco de razonarlo, caemos en la cuenta de que la fórmula falla, constatamos pues que los números no engañan. ¿Una sociedad feliz, libre, se atiborra de antidepresivos para construir su día a día? ¿Un hombre libre, autónomo, dueño y caracterizado por un carácter adulto, puede ser a la par esclavo de la publicidad, asiduo y ávido practicante de las compras, de la moda, del ocio por el ocio? ¿Puede ser un átomo hedonista el arquetipo de una comunidad? El egoísmo desbocado y alérgico al compromiso, ¿puede ser una receta a la que honestamente podamos adjuntar la palabra libertad?

Alguno dirá: es una libertad sin fin, sin orientación, una libertad pura… Permítaseme interrogar: ¿Una libertad es tal, contemplada bajo estas condiciones?

La desidia, el desinterés, el materialismo más descarnado … no parecen ser elementos propios de un carácter fuerte, sano, características de un ser que es dueño de si mismo.

Más bien parece desvelarse en ello el cuadro de un infantilismo ridículo, del aburguesamiento más improductivo y de las mejores cualidades para un gregarismo ciego e irreflexivo.

Es difícil asaltar esta realidad tan ruidosa, tan alienante, tan absolutamente alejada de lo humano y de lo comunitario. Es difícil dar un paso a contracorriente, porque parece que todo esta copado y colapsado por esta atmosfera de luces y velocidad, efectos pomposos, poderosos ciertamente, pero efectos sin duda del vacío.

Pero a cada uno y a cada una nos corresponde, sin embargo, la tarea de reformular nuestra existencia en términos nuevos, y desempolvar así este teatro sin alma que dura demasiado y que, además, compromete el porvenir de nuestros hijos. Gran responsabilidad debemos sentir, a menos que el despotismo maquillado de sensatez haya hecho mella en nosotros.

Y es que hablamos de otra vida, de nuestra vida, que es posible, y que, de no empeñar nuestra voluntad en ella, será como un puro tránsito letárgico, condenándonos a los fármacos o al nihilismo más patético e indigno. Ahora bien, toda esta estructura de valores y principios, de no-valores quizás, tiene fracturas en tanto existamos incrédulos.
Incrédulos porque en la entronización de lo provisional y del individualismo, adivinamos la ausencia de eternidad, la carencia de algo tan vital para una cultura y un pueblo como es la continuidad, la falta de voluntad por ofrecer una herencia, y la carencia de amor por defender a la misma como un tesoro y un organismo del que somos parte y en cuyo corazón nos hallamos representados.

¿Quizás suena a rancio, a empolvada consigna esta llamada a direccionar con responsabilidad nuestra voluntad?

Aquí lo que está caducado es esta suerte de modelo narcisista que respiramos a diario, de dejación de lo público, enemigo de las diferencias reales, homogeneizador de las personas en lo fisiológico, atrofiador de las sensibilidades y parásito de las almas.

Apostamos por otra existencia, donde aquello que nos vincula no es el consumo, el puro placer ocioso, sino la experiencia colectiva y la voluntad de ser, el esfuerzo por la excelencia, una vida dotada y anclada en valores que rebasan lo económico.

No queremos placebo, no compramos ocio, estamos de parte de la vida real, apasionados por lo que tiene un significado que rebasa lo cosificable, y dispuestos a guardar las murallas de la civilización, intangibles moles de piedra que sólo levanta el amor, el trabajo, el sacrificio y también la fe.

Por una vida de fuerza, alegre, de construcción, una vida que nos afirme como hombres y como pueblo, que no condene a nuestras generaciones, y que no nos condene con ellas a nosotros, a la vergüenza de haber cedido ante un mundo al revés.

Si cada uno barriera delante de su puerta,
¡qué limpia estaría la ciudad!

Proverbio ruso

Así lo llaman, así …

 

-Lo llaman espiritualidad, cuando en lo cierto se trata de terapia psicológica, infantilismo sublimado, para gentes con carencias emocionales, perdidas, tristes, proclives en su patetismo al culto al incienso, y apertura dócil para con el charlatán…. enfermedades de burgueses….

 

-Lo llaman Igualdad, pero se trata de aristofobia las más de las veces, estricta y literal decapitación de la excelencia, así como aborrecimiento crónico por lo elevado. Obsesión de los envidiosos, derecho autoproclamado de voluntades obesas enemigas del sufrimiento y de las almas atléticas.

 

-Lo llaman bienestar: probablemente refiéranse a distracción que colapsa, a la somnolencia intelectual de sonrisa vegetativa, neutral y autocontemplativa. “las vacas son el modelo”

 

-Llámanlo libertad, si bien consiste en indiferencia legitimada, dignificada, culto extremo de la privacidad, síndrome perpetuo de la adolescencia crónica. Incapacidad para el compromiso y vinculación patológica con la febril, inestable y neurótica danza del propio ego.

 

-Lo llaman opiniones; en verdad se trata de la democratización sin fronteras ni criterios del uso libre del verbo. Nuestros mejores amigos tambien pueden opinar, se trata de descifrar los ladridos.
Quizás todo empezó cuando alguien estableció o asumió que opinar es gratis.

 

-Lo llaman, lo proclaman juventud. Pero ella tiene el cuerpo intoxicado, el metabolismo ajustado a la discoteca,  y el alma arrugada de tanta banalidad. Presta a defender resacosa, a su opio pequeñoburgués, discreta en lo esencial, y vulgar en lo que concierne a lo escénico.

 

 

¿Viajar?

Irrumpe ya el verano. Este será con mucho más caluroso, tedioso, triste, depresivo e inquietante que los anteriores. Otro verano sin lugar a dudas. Las circunstancias así lo imponen, pues aunque ora vía megáfono, ora vía mediática se nos quiera arrojar al sueño mediterráneo del relax, la distensión, y el azul de las terrazas refrescadas de cervezas magníficas en las mesas, no somos tontos. O al menos ha crecido el número de tontos desilusionados.

La pintura del paraíso moderno comienza decrépitamente a desfallecer, y tras la colorida cortina de la promesa del crecimiento indefinido, asoman fauces y colmillos a un corto-medio plazo, asomando así el reflejo mayúsculo e indisimulable de la depredación inminente de un modelo con los días contados.

Pero el objeto de este artículo no es ni la indignación, ni tampoco llover sobre mojado, de manera que quede aquí simplemente apuntado: hay cosas que van a caducar, y por activa o pasiva, hay que pagar un precio que no será baladí. Al tiempo.

Días de vacaciones, de frustración para los más, y de vacacioncillas para otros.
En cualquier caso casi automáticamente conjugamos en la cabeza el silogismo verano, luego vacaciones, luego viaje.

Quisiera hacer una reflexión acerca del significado de viajar, que al parecer de quien escribe, ha sido desposeído de toda autenticidad, y triturado debidamente para pasar a ser otra cosa. Ello no es de extrañar, ya que nuestra era, la era de las masas, desarrolla brillantemente la habilidad de reformularlo todo en clave de marketing y estética, de slogan y de neutralidad, descafeinando así a todo cuanto alcanza su tacto.

En alguna ocasión he oído calificar al turismo como nueva forma de barbarie, y analizándolo detenidamente puede que no sea una sentencia tan descabellada;
Circular de un lugar a otro del mundo no es hoy una experiencia insólita, es incluso acontecimiento relativamente familiar para cualquier hijo de vecino, y a lo sumo excepcionalmente exótica. Y quizás cabría entrecomillar lo de exótica, pues es tan exótica como cualquier experiencia en un parque temático, dado que no es sino eso en lo que se convierte emplazamiento cualesquiera al que se nos presente como destino turístico. Un parque temático, para el shopping, el carnaval, las anécdotas en el hotel, para la espiritualidad a saldo y como no, las fotografías imprescindibles para sentirse todo un Willy Foc.

El “viajero” no es ya un extraño, ni un extranjero incluso, sino una colección de euros o dólares sobre la que parasitar para los autóctonos. Se acabó el riesgo, lo indómito, la tensión cultural, la diferencia, la diversidad. Viajar es un mero fluctuar entre paisajes distintos, dónde hacer lo mismo en otros lugares, donde hacer el occidental en el sentido más vulgar del término. Después observamos irónicamente como todo viajero nos exhorta, apasionado y algo arrogante, al valor de la multiculturalidad y del ver mundo, y del crecimiento personal que ha sentido.
¿Cómo explicarle que él es el vivo ejemplo del monstruoso allanamiento de los relieves diferenciales culturales?
¿Cómo hacerle entender que cuando se busca tan ansiosamente la autenticidad, y se la articula tan desmesurada y frívolamente, es que no se posee ya ninguna?
¿Cómo traducir a su lenguaje que todo aquello a lo que apela no se trata sino de una prueba de domesticación universal?

Difícil sino imposible, porque hay que amar, y antes conocer realmente la propia cultura para guardar un auténtico respeto hacia las demás. Un respeto que permita filtrar todo el marketing lúdico que pringa a los destinos turísticos, esos lugaresadaptados y confeccionados, pulidos y despersonalizados, espacios que llegan a devenir en no-lugares. Adaptados evidentemente al gusto del consumidor, que compra la experiencia del viaje.

¿De verdad las experiencias pueden obtenerse previo pago tras seleccionarlas en un escaparate? Supongo que sería precisa una seriedad a la hora de emplear ciertas palabras y asumir determinados postulados, sería menester un pequeño salto allende la frontera de lo frívolo. Cosa tal, sería sensu stricto un auténtico viaje.

Los viajes se hallan testificados en los sendos diarios de los exploradores, en las aventuras de los peregrinos, en el servicio de los misioneros, en contadas y determinadas retinas, pues el viajar nunca fue cosa de todos, sino de expeditivos, de soñadores, con temperamentos ajenos a la epidermis burguesa.

Viajar es otra cosa, señores y señoras, viajar también es exponerse, y eso ocurría cuando el mundo era también otra cosa. Dios no lo quiera pero en todos los sentidos apunta el temporal a que el viajar se va a acabar.

E. Testaferro

¿Profecías barojianas?


Extracto del cuento “Allegro final” de Pío Baroja:

” – Es evidente que la literatura del porvenir va a ser hecha a base de erotismo. Se está acabando el entusiasmo por el peligro y por la guerra; ahora los que van a dar el tono son los judíos, gente pacífica, cobarde y erótica. Ganar dinero de cualquier manera y tener mujeres será el ideal, y como antes se pensaba en el aventurero, ahora el aventurero será el aberrante sexual. Está será la base del arte del porvenir.

– El puro cerdismo… “