Memorias del este

Para quienes no estén acostumbrados a leer obras de autores vivos-como quién ésto escribe- y a quienes complazca adentrarse en autobiografias interesantes, contadas desde el meollo de la acción recomendamos este libro. Educación siberiana  no está escrito con excesiva pericia literaria pero si que está dotado de algo importante como la honestidad y el orgullo ancestral. El autor nos acerca de primera mano a conocer los valores, las costumbres, detalles, tradición y cultura de su comunidad-los urkas- quienes poblaban la Rusia soviética, enfrentándose a la misma desde el crimen y que devinieron  víctima y púgil a la par del Estado y de la policía.

Nikolai Lilin hace un retrato de una sociedad que admira el honor, respetuosa con los ancianos- a los que los urkas dotan explícitamente de autoridad moral y legislativa- una comunidad religiosa, que protege a la familia y que se rige por sus propias leyes, leyes antiguas, duras y de una maravillosa incorrección política, como todo lo que respira autenticidad, vocación de pureza y realismo.
Recomendado queda el best-seller. A propósito del autor, es el único testimonio escrito de esta cultura, una buena ocasión para ver desde la “cercanía” a una comunidad no domesticada, de marcada identidad y que no arrincona las palabras sacrificio, obediencia y libertad sino que las integra en mayúsculas en su tejido doméstico, ontológico y cotidiano.

Educación siberiana”   de Nikolai Lilin (Educazione siberiana en original)

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Entretejidos en un tiempo ucrónico

Respiramos el aliento de nuestros antepasados, su aire expira por cada una de nuestras bocas y las inspiraciones que hacemos llegan a sus muertos pulmones. En en el vivir cotidiano de cada uno de nosotros viven ellos, los ancestros, los progenitores, los padres. Tu corazón bombea la sangre que corre a través de tu descendencia, progenie no nata cuyos corazones sincronizados con el tuyo, con el mío, a través del mar del tiempo laten vivos en la eternidad. Somos el punto de encuentro entre pasado y futuro. Somos la realidad múltiple que ha de estar a la altura del cometido más importante y que no es otro que la transmisión del hecho de ser humano.

Sin la trascendencia, sin la idea del más allá de lo que nuestros límites físico nos demarcan, no podemos servir al horizonte. El enrocarse en un presente inconexo supone una malformación espiritual. Un quiste abstracto que impide cumplir la función. Servir de legado. La importancia de ser legado. Ser transmisores de la herencia que recibimos y que hemos de canalizar. Esperando, a sabiendas de que no habrá una respuesta satisfactoria, qué hemos de canalizar y confiando que habremos hecho todo lo necesario. La tragedia de nuestra ocupación es no saber si estaremos a la altura, si no podremos alguna vez estarlo, si habrá alguna posibilidad.

Pero no debemos dejar de arriesgarnos. La pequeña pregunta que hemos de plantearnos es si este deber, presupongamos que sagrado, es único en unos pocos, o es deber del conjunto que vive gozoso en el prado de inopia. Yo sueño con una tarea compartida, que de lo terrible que resulta como carga, hace callar a todos y nos empuja a pensar en el aislamiento como respuesta. Y aunque crudo es vivir en el silencio. Y aunque sintamos como si un invierno se hubiera apoderado de nuestras almas fugaces y la eternidad que compartiésemos solo pudiera ser vivida en el sueño individual y jamás en la vigilia de la fraternidad. Y aunque sospechemos que el poder perpetuarse colectivamente para perpetuar el mito sea una entelequia…

Solo queda sentir la carga con honor. Y cargar la tortura del placer y la satisfacción del obrar seguro. Y lo que parece sagrado es solo parecer. Y solo puede quedar lo sagrado.