Recién atadas las botas – por Xavi Rio

Como cada madrugada sabatina, al compás del alba, obstinada su ilusión en las inminentes jornadas de montaña, y sedienta su piel de Cielo libre, él marchaba, cuando a muchos la pesadumbre, el sueño o el cansancio hacíalos presa del amanecer.

Él marchaba.
– El silencio del despertar es musicado con la percusión de la respiración alegre. Se cierra la puerta, de un golpe –

Mochila pesada a los hombros, como intrépido y autónomo caracol, y con estética descontextualizada -un joven madrugando porque si, y ataviado en pintoresca figura, arrogantemente fresco, y soñador en su expresión- en la frívola y anestesiante ciudad.

Alrededor de sus pasos, como un paseo triunfal, le asen su atención las excreciones todavía en circulación de la noche ociosa, religiosamente moderna, la noche culturalmente institucionalizada, con color de neón agonizante y aspecto de maquillaje corrido. Malos olores, la calle, su acera, malos modos, taradas muecas, la grosería propia que inviste a los simios del espíritu.

Observador caminaba, sin detenerse, no había sorpresa bajo la burbuja, y hay que caminar -se musitaba- para llegar, o para irse! Un gruñir perezoso, peyorativamente adolescente, era el compás de siempre, aliñado de un halo a ruina y a descalabro nihilista que apestaría irremisiblemente su paseo hasta tomar el acceso a la montaña. Ay…la montaña…un templo sin pilares, sin inscripciones, sin altar…un templo? Sin duda, pero véalo el que tenga ojos… En este su templo, la cultura era la del esfuerzo, y la estética la de la perfección, éstas anclaban en él, el diluvio estrellante de lo absoluto.

En este aliento previo que la ciudad le brindaba en el despegarse los párpados, él adivinaba intuitivamente la falsedad y bajeza en qué gravitaba, de un modo consentido y consensuado, el Régimen de su patria, con tal vaho de olor a dinero, de promesas anónimas y en minúscula, de pereza crónica…

Pero si bien sobrecogido y algo introspectivo, concluía toda vez en limpia sonrisa y con el pecho inflamado: Dios proveerá… La mañana del sábado ya estaba preñada de sol, tan cierto como que el gallo debía cantar, participando de una mañana que no le pertenece, pero por la que es.

Amanecer en la ciudad de México

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #3

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Retazos (II) – por Gerard Gual

Sobre la nada

Yací en ella y pude regresar. La nada acostumbra a verse como un espacio huero de extensión infinita en el que uno queda suspendido sin referencia, vagando en un azar blanquecino, en un vacío diáfano. Otros, según predilección cromática, se la imaginan como una oscura hibernación, como un estado vegetativo en el que predomina un negro mate que no deja entrever, un negro en el que impera el silencio absoluto. Pero sabemos que el negro absorbe toda la luz y que la inmensidad no puede ser ninguna cosa, así que no tiene sentido plantearse la nada en tales términos. Que sirva pues mi experiencia para relatar la inenarrable y finiquitar viles especulaciones sobre su naturaleza:

La nada no es más que un habitáculo aséptico de paredes de un blanco que duele, clausurado en metro y medio de altura, medio de anchura y diez de longitud, suficiente para poder pasearse encogido. En tal espacio prevalece la gravedad y la ficción del tiempo: no se flota y se percibe un tic-tac ensordecedor que incita a la evasión. Y en este punto reside lo significativo, pues el habitáculo que acota nuestro vacío particular se desplaza conjuntamente con el cuerpo, hecho que da pie a un andar perenne que nunca conseguirá cambiar de posición. Detrás y delante hay dos trampillas encuadradas por un albor alentador que se escapan con cada paso. Lo demás permanece liso, inalterable, con la paciencia que confiere una eternidad observando.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

Retazos (I) – por Gerard Gual

Una vida enfrascada

Del mismo modo en que la hormiga no percibe montañas, ella creía que una limitación biológica en los humanos nos impedía contemplar la pluralidad de entidades reunidas en el límpido aire. Según su teoría, el vacío sostenido entre el sujeto y el objeto más cercano estaba repleto de ideas abstractas que con un poco de práctica podían apreciarse corpóreas. Algunos días llegaba exclamando que el peso de la existencia tal o que la dureza de la vida cual. Atribuía propiedades físicas a esas dades inaccesibles que nadie lograba ver y que a ella se le antojaban materia: la crueldad es angulosa y punzante, de unos veinticinco quilos; la bondad es redonda, suave y ligera. Alentada por su insólita aptitud decidió enfrascarlas y abarrotó su casa de tarrinas transparentes de diferentes tamaños. Pese a su tesón, nunca consiguió apresar la muerte, que le dio suficiente margen para embutir todo un almacén con envases. La incineraron. Ante la aglomeración congregada algunos curiosos preguntaron que quién había muerto. El sacerdote acercó la urna con las cenizas y musitó que en esa vasija se hallaba todo lo que aquella vida había sido y sería.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

Infinitos universos ignotos – por Oriol Mora

Abro la puerta y empiezo a bajar escaleras, aunque podría estar subiéndolas, cayéndome. También podría permanecer en el rellano. Casi eternamente. Seguramente podría silbar, o recitar algún proverbio inventado, algo así como: “Sed bienaventurados, vosotros, aquellos a quienes las armas no doblan el espíritu y se mantienen perennes al pie de las grandes rocas, pues el destino lo escribís con mano férrea.” Podría ser el personaje de algún libro, o ser el amigo de éste. Podría también ser el autor y mecanógrafo, o borra lo primero. Podría ser inflexible; esto estaría muy bien pero poco inteligente. Me importaría todo, aunque muy poco, y ganaría amistad y dinero. Si quisiera vagaría por la ciudad recorriéndola hambriento y ebrio de verdad, masticando virutas de madera. Mi cabeza sería un receptáculo inerte dónde se desarrollarían las más perfectas obras carentes de significación. Podría ser todo esto a la vez o podría, simplemente, observar el tráfico por la ventana, como haría un verdadero superhombre.

Si tuviera suerte, alguna vez, sería testigo de un accidente.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2