El consumo de experiencias

El escenario es demasiado pequeño. Entren, pués, en la vida.*

Se terminó el espacio para el teatro, para el drama y la representación, y la vida pura, real y auténtica penetró en el hombre civilizado. El moderno ser urbano deseaba vivr y no solo representar la tragicomedia del mundo. La historia repetida de sus generaciones precedentes. Había afán de experiencias, de aventura, de riesgo. Quería adrenalina, el aumento de las pulsaciones, el bombeo del corazón desbocado. Empezar a sentirse vivo.

Para ello desechó muchas partes del rito y la tradición. Desechó la liturgía impuesta por sus antepasados y buscó la libertad en el consumo de sensaciones empaquetadas y adornadas con el lacito de lo exótico. Espacios seguros que conquistar de un todo a cien algo más caro y que prometía alejarle, aunque fuera por unos días, de la cotidianidad de un día a día marcado por el tedio del trabajo enjaulado de la oficina.

Los ritos de iniciación debieron reescribirse para adecuarse a la más tardía edad de maduración de nuestros jóvenes. Ya no se podían sacrificar animales para mostrar el valor de la vida, la muerte y la crueldad institucionalizada. Las guerras y los ejercitos fueron desechados como ideas románticas y acabaron considerándose también inmorales e inhumanas. El estado ya no se permitía pagar a nuestros jóvenes los viajes de conquista y pacificación con los que conocer el mundo. Ahora quien quisiera hacerse un hombre y recorrer la extensa geografía de este trozo de barro había de buscarse becas o tener unos padres pudientes que se pudieran permitir costear un interrail. La sangre y el sufrimiento quedarán, seguramente, muy lejos de la experiencia vital.

Pero hay que obviar tal drama. ¡Seamos positivos!

Haga rafting, puenting, trekking, snowboarding o cualquier otra actividad denominada con un gerundio en inglés. Enamórese en la ciudad de la luz, en la ciudad eterna, en la capital del mundo, en la capital de oriente o en la joya de Europa. Pruebe los mejores caldos, los mejores bifés, el mejor arroz marinero o atrévase con cualquier bicho estrambótico cocinado a la manera tradicional del país asiático de turno. Anime a su equipo y hágase abonado para sentir los colores. Y, si le pilla lejos el campo, siempre puede experimentarlo todo a través de un plasma de cincuenta pulgadas y además puede tomarse un millar de cervezas sin sentir el fétido aliento y el sudor del resto de borrachos.

No importa qué quiera hacer pues seguramente alguien habrá inventado una experiencia acorde a sus deseos. ¿Desea relajarse, sentirse como flotando en el espacio? Váyase al Spa urbano o ahorre toda su vida para pagarse un viaje a la luna. ¿Siente la paradójica nostalgía por la vida de sus antepasados campesinos? Disfrute del fin de semana en un entorno rural. Si se siente muy atrevido siempre puede pedir que la casa no tenga agua caliente ni cobertura telefónica. Haga teatro de aficionados con un grupo de vecinos y represente algo de Shakespeare. Escriba en un blog y creáse intempestivo y afiladamente cínico. Parques de atracciones temáticos, discotecas multitudinarias acompañadas de drogas recreativas, sexo con desconocidos en un aparcamiento…
Nuestra vida cosmopolíta nos ha acercado el mundo y sus múltiples emociones a un clic de ratón. Las experiencias están ahí para que usted las adquiera simplemente ingresando los números de su tarjeta de crédito. En el momento en que note esa punzada en el fondo de su cabeza. Esa sensación de que su vida necesita un giro, una pequeña sacudida. Solo ha de contactar con algún proveedor de sensaciones y le será suministrada la dosis precisa para poder satisfacer el impulso momentáneo de vivir. ¿A que espera?

* La cita es, otra vez, de la obra de Vertov mencionada anteriormente en este mismo espacio. Descontextualizada y reinterpretada para la ocasión, eso sí.

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