Déjà vu

Abandonado a su paseo nocturno, alzó la vista y advirtió cómo una roca se precipitaba sobre su cabeza. No le bastó con morir una sola vez. En el momento del impacto recordó que antes ya había visto ese pedrusco despeñarse de la bóveda estrellada. Y en el recuerdo, lo volvía a divisar cayendo hacia su cráneo.

Ahora es prisionero del eterno retorno; la muerte lo devuelve a ella y expira a cada instante.

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El vicio

Como de costumbre, marchó con sus camaradas de tropelías a saborear los excesos de la noche y agotar los placeres de la juventud. Un viaje etílico entre mujeres y bailes al son de Dionisos. Pero pasada la gresca, al atardecer, despertó hueco.

Pese a disfrutar de un hábito frenético y ostentar condiciones portentosas suficientes para no atender a medida alguna, había perdido la satisfacción propia del que degusta las mieles de la vida. Será la rutina, pensó, aunque su vida transcurría al margen de hábitos y normas. Tal vez, prosiguió, será que mi opulencia no es completa y todavía existen vicios que desconozco, vicios aún latentes dispuestos a revelarse a la humanidad.

Decidido, se encomendó a la noble y ardua tarea de instruirse en nuevas destrezas licenciosas y prodigarlas en un achaque de filantropía, como si se tratase de un profeta libertino, el mesías del desenfreno. Debería atiborrar su vida de lujuria y dar otro capricho al apetito, hartar su instinto hasta la implosión: bucear en las lóbregas marismas de la corrupción, narcotizarse con las delicias carnales, perderse en la enajenación de las drogas. Debía encontrar el vicio que colmara la vida crapulosa, el  vicio que redimiera al hombre. El vicio que hiciese que vivir mereciese la pena.

Anegado en la búsqueda envejeció sin darse cuenta, sin saborear el alborozo al que se había entregado.

Su inmoderación perdió los tintes pasados de frivolidad y alegría para adquirir un nuevo tono trascendente que incomodaba a los demás. La nueva dedicación lo mataba, creían sus amigos, y por ello le exhortaban a retornar a la frugalidad enérgica de antaño, a la despreocupación del placer por el placer. Pero él sabía que con el último vicio, aquél que saturaría la existencia, conseguiría la salvación.

Enfermó gravemente, maltratado por el abuso y el hartazgo del deleite prolongado. Junto a su lecho de muerte se reunieron aquellas gentes con las que había compartido la exageración de la vida y que en los últimos tiempos aguardaban expectantes el éxito de su compañero. El más osado se atrevió a importunarlo y le preguntó si finalmente lo había descubierto, si había completado su fetichismo vivencial, la colección de la ignominia. Él esbozó una sonrisa y pereció. Algunos de ellos creen que lo halló en su último aspaviento, otros que tiempo ha, y los demás que sólo era una quimera, que no podían existir más vicios de los que él había consumado.

Relato: El conocimiento

Al terminar su cometido y obtener la total comprensión de la realidad los científicos cayeron en una profunda indolencia, por lo que acordaron renunciar a la tiranía de la verdad y crear un mundo donde la tierra fuese plana y cada rayo un dios. Cobijados en el cómodo regazo de la ficción olvidaron las antiguas leyes y fórmulas que explicaban el universo con la frialdad de la razón. Esas teorías, ahora enmohecidas, se proyectaban como leyendas esotéricas de una arcaica civilización. Sin embargo, con el olvido, necesario para gozar del engaño en ese trasunto inverso, renació el anhelo por el conocimiento. Diferentes principios, diferentes hipótesis para una misma meta: llegar al entendimiento absoluto y racional. Y de nuevo alcanzado, a la ficción no le quedó más remedio que volver a relevar a su antagonista.