Ser personas; devenir civilización

“Una civilización es en primer lugar una respuesta metafísica a un llamado metafísico, una aventura del orden eterno, propuesta a cada hombre en la soledad de su elección y de su responsabilidad”

Observamos que para Mounier, pensador cristiano que se tomó muy en serio el asunto de la trascendencia, la civilización era otra cosa muy distinta a una determinada suma de bienes materiales y culturales puestos a disposición de un grupo social dado. En la despersonalización de la civilización ubicó la crisis de ésta, en ser mero agregado de individuos en vez de  una comunidad. ¿Y qué es esto de personalizar? La persona es el centro invisible en que todo se úne, el punto de partida de un ser que se da, en cuyo darse se posibilita la comunidad, dónde la propia apertura es creación. Los individuos no pueden constituir más que estados, la persona es un devenir trágico portador empero de esperanza y puede tramar un tejido comunitario, fundamentado y dignificado desde lo atemporal. Contrariamente a Sartre, Mounier no hace de la libertad el ser de la persona. Así escribe que no somos libres más que en la medida en que no somos enteramente libres pues la libertad personalista no es la libertad arbitraria y sedicente absoluta del individuo sino que se cumple en el seno de la comunidad. Es interesante rescatar de sus reflexiones el modo en que piensa el ser de la persona, formulado desde un existencialismo de la esperanza u optimismo trágico como lo han bautizado algunos autores : El ser sólo es Dios, y la persona es concebida como el movimiento hacia el ser, y consiste en el ser a que apunta. El individuo enajenado rehuye y renuncia con ello a su plenitud, a su dignidad, haciendo de su existencia una vida inauténtica.

Bibliografía: L’ affrontement crètien, Manifeste au Service du Personnalisme de Mounnier, E.   Filosofía cristiana de la existencia, de Lepp, Ignace.

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Entretejidos en un tiempo ucrónico

Respiramos el aliento de nuestros antepasados, su aire expira por cada una de nuestras bocas y las inspiraciones que hacemos llegan a sus muertos pulmones. En en el vivir cotidiano de cada uno de nosotros viven ellos, los ancestros, los progenitores, los padres. Tu corazón bombea la sangre que corre a través de tu descendencia, progenie no nata cuyos corazones sincronizados con el tuyo, con el mío, a través del mar del tiempo laten vivos en la eternidad. Somos el punto de encuentro entre pasado y futuro. Somos la realidad múltiple que ha de estar a la altura del cometido más importante y que no es otro que la transmisión del hecho de ser humano.

Sin la trascendencia, sin la idea del más allá de lo que nuestros límites físico nos demarcan, no podemos servir al horizonte. El enrocarse en un presente inconexo supone una malformación espiritual. Un quiste abstracto que impide cumplir la función. Servir de legado. La importancia de ser legado. Ser transmisores de la herencia que recibimos y que hemos de canalizar. Esperando, a sabiendas de que no habrá una respuesta satisfactoria, qué hemos de canalizar y confiando que habremos hecho todo lo necesario. La tragedia de nuestra ocupación es no saber si estaremos a la altura, si no podremos alguna vez estarlo, si habrá alguna posibilidad.

Pero no debemos dejar de arriesgarnos. La pequeña pregunta que hemos de plantearnos es si este deber, presupongamos que sagrado, es único en unos pocos, o es deber del conjunto que vive gozoso en el prado de inopia. Yo sueño con una tarea compartida, que de lo terrible que resulta como carga, hace callar a todos y nos empuja a pensar en el aislamiento como respuesta. Y aunque crudo es vivir en el silencio. Y aunque sintamos como si un invierno se hubiera apoderado de nuestras almas fugaces y la eternidad que compartiésemos solo pudiera ser vivida en el sueño individual y jamás en la vigilia de la fraternidad. Y aunque sospechemos que el poder perpetuarse colectivamente para perpetuar el mito sea una entelequia…

Solo queda sentir la carga con honor. Y cargar la tortura del placer y la satisfacción del obrar seguro. Y lo que parece sagrado es solo parecer. Y solo puede quedar lo sagrado.

Infinitud

William Turner - William Turner - artelista.com
Pusimos nombres a todo porque somos seres finitos. Nuestra psique colectiva desarrolló y codificó el lenguaje para que pudiéramos usurpar con la apariencia la eternidad de Dios al superar la barrera del tiempo. Nombramos para ser infinitud. El arte, la creación artística, es posiblemente el intento más preclaro de la desmesurada hubris que domina todas nuestras acciones. Con el arte hemos esclavizado todas las habilidades y maravillosas disciplinas que la cultura humana ha ido elaborando en el mar del tiempo. Cuando por fin comprendamos que la eternidad no puede ser reflejada en nuestra visión finita del espacio y el tiempo, cuando realmente asumamos nuestra mortalidad y que nuestro cometido es exclusivamente mostrar la grandeza del Cosmos perfecto por el reflejo inverso que es nuestra naturaleza. En ese momento podremos empezar a crear arte verdaderamente libre. Puro.

¿ Sin tiempo ?

Sin tiempo . . . .

Sin tiempo para hacer del nuestro, un tiempo regado de sentido, verbalizado mediante rituales, un tiempo que sea pleno en su cotidianidad.
Sin tiempo para atender nuestra capitanía con respecto a la posteridad, para asumir que la cuna de la civilización se apuntala merced a la existencia efectiva y cohesionada de las familias, cuya cuantía refleja la fecundidad, el vigor, y la fe de una comunidad.

Pues una civilización late hora tras hora porque se conserva incandescente en el amor propio de individuos concretos.

Sin tiempo para tomarle el pulso a lo trascendente. Para reconocer en cada desacato y agravio que se comete sobre nuestra religión, al zarpazo irreverente e intolerable de aquellos que no saben sino arrancar desde el odio sus consignas. Odio hacia si mismos, ese ánimo endófobo y especialmente ávido de herir, hacia nuestro patrimonio.

¿Y existen oídos para la palabra patrimonio todavía?

Sin tiempo para sobreponer la cordialidad y la recta costumbre, hijas de la buena educación, a la exigencia vil y a la inercia general de la pereza, la desidia y el indeferentismo general con los qué se nos convida a ir a la nuestra, a la nuestra pero sin nosotros, sin un nosotros.

Sin tiempo para construir un espacio bien blindado frente a la frivolidad, ese zafio y maldito símbolo asociado a la libertad que hallamos interiorizado en la sensibilidad de nuestros supuestos semejantes.

Sin tiempo para decir con la boca grande que en una persona mínimamente sensible e intelectualmente sólida sólo es respetable –ante la torcida doctrina del aplanamiento–
la herejía de levantar la frente en búsqueda de las cumbres.

Sin tiempo para seguir obligándonos a ser minoría en este barrizal que en nombre de la diferencia, nos encharca en una homogénea excreción, auspiciada por estatal decreto.

Sin tiempo para naufragar.

Sin tiempo para decir NO, cuadrando nuestra fuerza a la retaguardia de nuestros labios. Para decir que todo no es opinión.

Que no existe una cultura como tal, si el apetito individual es lo que la fija como eje, como esqueleto y vértebra. Por mucho que empleen el chantajista lenguaje emocional de sus despropósitos televisivos, novelescos o cinematográficos.

Sin tiempo para hacer respetables y cuidar nuestras lenguas, todas y cada una de ellas, ante la subversiva amputación de su histórica y fenomenal riqueza.

Vulgaridad y cháchara existen, y es justo darles su lugar concreto y real más allá del diccionario, pese a quien pese. Más nos pesa en los ojos y en nuestro pudor la halitosis intelectual pintarrajeada de moda o jovialidad.
Que no nos den churras por merinas.

Sin tiempo para llamar a las cosas por su nombre, para demoler esa infame ingeniería de la semántica con que se están fabricando, minuto a minuto con todas la garantías, una jauría incipiente de sujetos lobotomizados y sin alma.

Sin tiempo para reconocer eternidad en nuestra postura.

Y sin conquistar este tiempo nuestro, pronto nada quedará para ofrecer desde nuestras manos a las de nuestros hijos, nada que pueda llamarse cultura, ese tesoro que sólo vive en la vocación común de perpetuarse, en el compromiso humilde y generacional.

Nuestro es el tiempo si sabemos parafrasear a Hesiodo musitando aquello de que
el amor es el arquitecto del universo. Tiempo cabe pues exigirnos, para salvar lo que amamos con toda justicia. Ahí se apuntala toda posibilidad real de porvenir cualesquiera.

Amar hace pleno al tiempo, y de cada hombre un ser situado en el cosmos.

Alcohol: El arte de pimplar

Primer tiento

Puesto que el blog intempestivo parece un mausoleo de citas y nostalgia descompuesta (culpa de la inactividad forzada por el calor, el trabajo, la contemplación de la esfera de las fijas y el estudio de las prácticas agropecuarias en la República del Kiribati), me he propuesto exponer de forma clara y ecuánime los beneficios espirituales y físicos que aporta la ingesta de alcohol al hombre de bien. No pretende ser un ensayo de vulgar sarcasmo ni una provocación vacua; pese a las anécdotas, zumbas o comentarios deliberadamente jocosos que puedan ser escritos con tal de agilizar y hacer más amena la lectura, debe tomarse ésta con la seriedad justa, pues demanda atender sin prejuicios, con la mente desembotada y la mirada del librepensador que huye de tópicos y convencionalismos. A fin de cuentas, el alegato aspira a semejar una de esas cogorzas en las que parranda y cavilación se unen para deleite de Dionisos.

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Así lo llaman, así …

 

-Lo llaman espiritualidad, cuando en lo cierto se trata de terapia psicológica, infantilismo sublimado, para gentes con carencias emocionales, perdidas, tristes, proclives en su patetismo al culto al incienso, y apertura dócil para con el charlatán…. enfermedades de burgueses….

 

-Lo llaman Igualdad, pero se trata de aristofobia las más de las veces, estricta y literal decapitación de la excelencia, así como aborrecimiento crónico por lo elevado. Obsesión de los envidiosos, derecho autoproclamado de voluntades obesas enemigas del sufrimiento y de las almas atléticas.

 

-Lo llaman bienestar: probablemente refiéranse a distracción que colapsa, a la somnolencia intelectual de sonrisa vegetativa, neutral y autocontemplativa. “las vacas son el modelo”

 

-Llámanlo libertad, si bien consiste en indiferencia legitimada, dignificada, culto extremo de la privacidad, síndrome perpetuo de la adolescencia crónica. Incapacidad para el compromiso y vinculación patológica con la febril, inestable y neurótica danza del propio ego.

 

-Lo llaman opiniones; en verdad se trata de la democratización sin fronteras ni criterios del uso libre del verbo. Nuestros mejores amigos tambien pueden opinar, se trata de descifrar los ladridos.
Quizás todo empezó cuando alguien estableció o asumió que opinar es gratis.

 

-Lo llaman, lo proclaman juventud. Pero ella tiene el cuerpo intoxicado, el metabolismo ajustado a la discoteca,  y el alma arrugada de tanta banalidad. Presta a defender resacosa, a su opio pequeñoburgués, discreta en lo esencial, y vulgar en lo que concierne a lo escénico.