Déjà vu

Abandonado a su paseo nocturno, alzó la vista y advirtió cómo una roca se precipitaba sobre su cabeza. No le bastó con morir una sola vez. En el momento del impacto recordó que antes ya había visto ese pedrusco despeñarse de la bóveda estrellada. Y en el recuerdo, lo volvía a divisar cayendo hacia su cráneo.

Ahora es prisionero del eterno retorno; la muerte lo devuelve a ella y expira a cada instante.

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Relato: El conocimiento

Al terminar su cometido y obtener la total comprensión de la realidad los científicos cayeron en una profunda indolencia, por lo que acordaron renunciar a la tiranía de la verdad y crear un mundo donde la tierra fuese plana y cada rayo un dios. Cobijados en el cómodo regazo de la ficción olvidaron las antiguas leyes y fórmulas que explicaban el universo con la frialdad de la razón. Esas teorías, ahora enmohecidas, se proyectaban como leyendas esotéricas de una arcaica civilización. Sin embargo, con el olvido, necesario para gozar del engaño en ese trasunto inverso, renació el anhelo por el conocimiento. Diferentes principios, diferentes hipótesis para una misma meta: llegar al entendimiento absoluto y racional. Y de nuevo alcanzado, a la ficción no le quedó más remedio que volver a relevar a su antagonista.

Relato: Ciudades

Dentro del caos humano y del sinsentido urbanístico que rige el día a día en Lima, el orden parece haberse instalado en ciertas zonas apartadas del centro. Vigilancia privada, patrullas nocturnas y mayor presencia policial, han ahuyentado los atracos a los transeúntes; también han disminuido los asaltos a las casas que la población acomodada ha ido construyendo en torno a pequeños parques en los que las ancianas pasean a sus caniches y las madres acompañan el recreo de sus hijos. Lo que fue el hortus clausum virreinal ha dado lugar a una amalgama abusiva de cemento; los ranchos y casonas de Miraflores se han sustituido por comercios y urbanizaciones sin carácter que se confunden con el ajetreo económico de la zona.

Un hipermercado de capital japonés, exacto en sus cuatro costados, se ha insaturado, entre la Avenida Benavides y la República de Panamá, como centro neurálgico y punto de referencia de este próspero distrito. Norte y sur se embrollan en la uniformidad que configura bloques idénticos.

Cuando llegué por primera vez a la ciudad me alojé en casa de mi tío, en San Antonio, dentro de Miraflores. Después de unos días de reconocimiento del terreno, imprescindibles para que un español se aclimate al funcionamiento de una urbe sudamericana, me animé a salir al centro con otros turistas que acababa de conocer en el monasterio de Santa Rosa. Una vez visitada la parte antigua -que se reduce a una amplia plaza de armas y a cuatro calles con descuidados vestigios coloniales-, tomamos un taxi por diez soles hasta el parque Kennedy, otro de los puntos importantes de la zona. Me despedí, volteé hacia la Avenida de Larco y giré a la izquierda en dirección a Benavides. Me planté enfrente del gran supermercado. Intenté descifrar hacia que lado debía dirigirme. Confundido por la simetría, decidí, al azar, torcer a la izquierda. Felizmente reconocí el pequeño parque -con las abuelas, los caniches, las madres y los críos correteando- que se hallaba al costado de la casa de mi tío. Seguí de frente. Abrí la puerta con la llave que me había prestado y franqueé el umbral.

De la cocina salió alguien exacto a mí. Se despidió de mi tío comentando que iba a comprar pan y fruta al supermercado. Perplejo, trémulo, huí al jardín para tomar aire. Supuse que, tal vez, una intoxicación gástrica, producida por alguna bacteria peruana a la que mi organismo no estaba acostumbrado, me había producido la alucinación de verme repetido. Entré de nuevo. Mi tío no se inmutó; no se había percatado de la duplicación. Demasiado turbado como para contenerme, marché presuroso al exterior. Dí tumbos mareándome en la cuadratura laberíntica del lugar hasta que una combi, que se dirigía a la avenida Arequipa, me arrolló y fallecí al instante.

Al salir del supermercado me coloqué enfrente de él para intentar descifrar hacia que lado debía dirigirme. Confundido por la simetría, decidí, al azar, torcer a la derecha. Felizmente reconocí el pequeño parque -con las abuelas, los caniches, las madres y los críos correteando- que se hallaba al costado de la casa de mi tío. Seguí de frente. Abrí la puerta con la llave que me había prestado y franqueé el umbral. Me preparé unas tostadas y pensé en el extraño suceso. Decidí escribirlo, supongo, para expulsar sobre papel la pesadumbre de haber muerto.