Desde la embajada de la antimodernidad

 

 

Editamos una nueva entrada con algunas reflexiones lúcidas y sin contemplaciones que nos ofrece Nicolás Gómez Dávila, a quién podemos considerar un muy digno embajador del pensamiento antimoderno, hombre que desde su particular trinchera intelectual dispara a bocajarro sus pensamientos. Aquí los ofrecemos a quién quiera darse la ocasión. De paso convidamos a que ojeen alguna de las páginas que este escritor colombiano a legado en sus Escolios para un texto implícito:

-El individuo busca el calor de la muchedumbre, en este siglo, para defenderse del frío que emana del cadáver del mundo.

-No es tanto que la mentalidad moderna niegue la existencia de Dios como que no logra dar sentido al vocablo.

-Los dioses son campesinos que no acompañan al hombre sino hasta las puertas de las grandes urbes.

-No acusemos al moderno de haber matado a Dios. Ese crimen no está a su alcance. Sino de haber matado a los dioses.
Dios sigue intacto, pero el universo se marchita y se pudre porque los dioses subalternos perecieron.

-Temblemos si no sentimos, en este abyecto mundo moderno, que el prójimo, cada día, es menos nuestro semejante.

-El hombre actual no vive en el espacio y en el tiempo. Sino en la geometría y los cronómetros.

-Con la aparición de relaciones “racionales” entre los individuos, se inicia el proceso de putrefacción de una sociedad.

-Ser moderno es ver fríamente la muerte ajena y no pensar nunca en la propia.

-La historia moderna es el diálogo entre dos hombres uno que cree en Dios, otro que se cree dios.

-Los hombres se reparten entre los que se complican la vida para ganarse el alma y los que se gastan el alma para facilitarse la vida.

-El mundo moderno no será castigado.  Es el castigo.

-Al mundo moderno precisamente lo condena todo aquello con que el moderno pretende justificarlo.

-La fealdad del rostro moderno es fenómeno ético.

-Nadar contra la corriente no es necedad si las aguas corren hacia cataratas.

-La plena vileza del hombre no se patentiza sino en las grandes agrupaciones urbanas.

-El pueblo hoy no se siente libre sino cuando se siente autorizado a no respetar nada.

-La presión demográfica embrutece.

-La urbe moderna no es una ciudad, es una enfermedad.

-No es meramente que la basura humana se acumula en las ciudades, es que las ciudades vuelven basura lo que en ellas se acumula.

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Palabras de un intempestivo

 

  Nicolás Gómez Dávila legó una fecunda obra conformada de venenosos y    controvertidos dardos, que vienen y contravienen a estorbar cualesquiera letargia intelectual, espiritual o vital. Estructurados sus escritos en escolios, merecen estos ser leídos de vez en cuando, como un acceso a las turbulencias del pensamiento, como un mirar de frente honestamente al espejo despejado de interferencias, de vulgaridades, una violencia que interpela y que arremete contra imposturas, o precisamente quizás contra la más indecente de las posibles: la indiferencia.

Estas son algunas de sus sentencias . . . .

-Una tradición no es un supuesto catálogo de virtudes que se enfrenta a un catálogo de errores, sino un estilo de resolver problemas. La tradición no es solución petrificada, sino método flexible.

-El subconsciente fascina la mentalidad moderna.   Porque allí puede instalar sus tonterías preferidas  como hipótesis irrefutables.

-La humildad no desarma como símbolo de sumisión anticipada, sino como revelación repentina de un universo donde mandar es grosero y vulgar.

-El hombre actual reclama libertad para que la vileza florezca impune.

-Sociedad aristocrática es aquella donde el anhelo de la perfección personal es el alma de la instituciones sociales.

 

-A la sociedad democrática le basta, en el mejor de los casos, con asegurar la convivencia. Las sociedades aristocráticas, en cambio, levantan sobre la gleba humana un palacio de ceremonias y de ritos para educar al hombre.

-Madurar es transformar un creciente número de lugares comunes en auténtica experiencia espiritual.

-Desconfío de toda idea que no parezca obsoleta o grotesca a mis contemporáneos.

-Los nuevos catequistan profesan que el Progreso es la encarnación moderna de la esperanza.  Pero el Progreso no es una esperanza emergente, sino el eco agonizante de la esperanza desaparecida.

-La caridad es virtud de fuertes.   Entre débiles es especulación sobre reciprocidades futuras.

-El mito es el lenguaje de la percepción inmediata, es decir: de la que intuye lo trascendente en lo sensible.

-El gusto de las masas no se caracteriza por su antipatía a lo excelente, sino por la pasividad con que igualmente gozan de lo bueno, lo mediocre y lo malo.   Las masas no tienen mal gusto. Simplemente no tienen gusto.

-La civilización parece invento de una especie desaparecida.

-Los hombres, mientras más iguales se sientan, más fácilmente toleran que los traten como piezas intercambieables, sustituibles y superfluas.

-La ética se reduce a la lealtad. Las demás virtudes son capítulos de la casuística.

-El individuo busca el calor de la muchedumbre, en este siglo, para defenderse del frío que emana del cadáver del mundo.

-Las almas que no son teatro de conflictos son escenarios vacios.  Toda concordia es tediosa.

-Los raciocinios sólo convencen a quien necesita una excusa para rendirse.