La inmersión

Burbujas en movimiento

La crisis económica y política a la que está sometido Occidente es la conclusión del proyecto iniciado con la aparición del Capitalismo a finales del siglo XVIII. España especialmente, y el resto de países europeos menos desarrollados industrialmente se ven por fin inmersos al cien por cien en la economía de mercado y en el nuevo orden simbólico monetario. La creación de la unión europea y sobre todo su aparente crisis de déficit es el máximo exponente del desplazamiento del núcleo de poder desde los estados soberanos al abstracto entramado de mercados financieros y organismos de gestión de la economía interestatal.

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Ser personas; devenir civilización

“Una civilización es en primer lugar una respuesta metafísica a un llamado metafísico, una aventura del orden eterno, propuesta a cada hombre en la soledad de su elección y de su responsabilidad”

Observamos que para Mounier, pensador cristiano que se tomó muy en serio el asunto de la trascendencia, la civilización era otra cosa muy distinta a una determinada suma de bienes materiales y culturales puestos a disposición de un grupo social dado. En la despersonalización de la civilización ubicó la crisis de ésta, en ser mero agregado de individuos en vez de  una comunidad. ¿Y qué es esto de personalizar? La persona es el centro invisible en que todo se úne, el punto de partida de un ser que se da, en cuyo darse se posibilita la comunidad, dónde la propia apertura es creación. Los individuos no pueden constituir más que estados, la persona es un devenir trágico portador empero de esperanza y puede tramar un tejido comunitario, fundamentado y dignificado desde lo atemporal. Contrariamente a Sartre, Mounier no hace de la libertad el ser de la persona. Así escribe que no somos libres más que en la medida en que no somos enteramente libres pues la libertad personalista no es la libertad arbitraria y sedicente absoluta del individuo sino que se cumple en el seno de la comunidad. Es interesante rescatar de sus reflexiones el modo en que piensa el ser de la persona, formulado desde un existencialismo de la esperanza u optimismo trágico como lo han bautizado algunos autores : El ser sólo es Dios, y la persona es concebida como el movimiento hacia el ser, y consiste en el ser a que apunta. El individuo enajenado rehuye y renuncia con ello a su plenitud, a su dignidad, haciendo de su existencia una vida inauténtica.

Bibliografía: L’ affrontement crètien, Manifeste au Service du Personnalisme de Mounnier, E.   Filosofía cristiana de la existencia, de Lepp, Ignace.

Hundimiento, naufragio y vuelta a la Historia

La sociedad de masas […] no quiere cultura, sino ocio (entertainment). El resultado no es una cultura de masa […] sino un ocio de masas, que se alimenta de los objetos culturales del mundo. […] La actitud del consumo implica la ruina de todo lo que toca.
Hanna Arendt

De un siglo para acá, el mundo se vuelve cada vez más irreconocible, y es que el número de cambios, la cantidad de información cambiante y de continuo procesándose, y la agotadora recepción de invasivos estímulos cotidianos terminan por inyectarnos un sentimiento ahistórico. Un cierto como si estuviéramos flotando en un universo paralelo en el que se perpetúa todo, y donde no hay literalmente nada fuera. En un gran supermercado… En un blindado y compacto sistema. Una atmósfera irrespirable a no ser que se renuncie de una vez por todas al ejercicio del sentido común y de una sensibilidad de mínimos. El Sistema tiene firmes paredes que no precisan de fuerzas de orden uniformadas. Toda una ingeniería del gregarismo –del mito individualista- ha ocupado el lugar de las familias y el de los espacios que tradicionalmente han sido los reguladores de la cultura, así como también de la sensibilidad y deontología colectiva.

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Aut Deus aut Nihil

Traemos a la palestra el siguiente libro- Don Juán de Torrente Ballester- y fundamentalmente lo hacemos por 3 razones. Por un lado es una obra literariamente muy bien construida, elegante y poco gratuita, y poco gratuita en el sentido de que percibimos a la misma como una hija artística parida por necesidad, gestada con calor y días, madurada por el autor y en el autor, sufrida en si mismo.

Se echan a faltar obras tales hoy, pues en su mayoría significativa hoy obedecen éstas a tramas traducibles a películas -aceleradas, básicas, hinchadas de acontecimientos,…- y a contenidos prefabricados. Aplaudimos entonces la originalidad e impronta de escritor que deja traslucir este libro. Sabemos que no es escritor todo el que publica un texto.

En segundo lugar, aquí Don Juán se ve actualizado y reinterpretado por Torrente Ballester, quién de un Don Juán comúnmente concebido como una figura superficial, banal, voluble, … un fantoche mujeriego y errante, a manos del escritor conquista el protagonista un nuevo estadio vital y metafísico. En cierto modo Ballester lo dignifica, lo dota de una historia y a su vez nos traslada a su emplazamiento cósmico, en qué la apariencia se desnuda y se nos desvela la relación del hombre con Dios, el sentido del amor, el orgullo, y el conflicto entre el deber y la libertad.

Finalmente, más allá de la peregrina aventura que se nos narra entre las páginas, pivotan una serie de reflexiones teológicas – entre otras- a considerar. Asistimos a como la sensibilidad y profundidad de la fe de Don Juán se ven truncadas y trastornadas en constatar este que su esperanza en la fusión carnal de dos almas, la metafísica sexual de mutuo derramarse, no es tal como se le ha prometido. En el egoísmo del goce sexual adivina don Juán una burla de Dios, un sin sentido, el pago de una culpa (que remonta a Adán) injusta, la escisión y el abismo entre los hombres, el límite infranqueable tanto físico como metafísico entre seres vivos, que participan de una misma unidad, pero existen de modo freagmentado y precariamente incompleto, insatisfechamente apetentes de un vínculo místico y cósmico, de Absoluto, de Uno.

Don Juán, de naturales dones para con el trato femenino, libra su personal guerra a Dios, suplantando a este su gracia,  y conduciendo de su mano a las mujeres al más cercano estado de lo divino, de lo místico, del erotismo más trascendente. Don Juán es la voz del orgullo y la de un creyente condenado, pues sabe las dimensiones de la batalla que libra no cruzan mayor frontera que la de su contingente, dudosa, terrenal y temporal libertad, y su libertad no es sino desesperanza, altivez frente a lo que juzga él como el olvido de Dios. Don Juán no halla- contra todo su personal pronóstico-  el arrepentimiento, el remordimiento o la vergüenza en sus acciones, y en este silencio percibe la espalda de la divinidad.

Don Juán, católico y pecador, quiere batallar y vencer en sí a Dios por el acto libre del mal y de su integración en la propia conciencia. Una suerte de venganza que le redima ante si mismo. El drama de Don Juán es ese desprecio del Señor que cree albergar y ver reflejado en su incapacidad para el amor, esa soledad de soñador, de soldado de la virtud, que sufre de un eco sordo en la estepa de su sinfonía emocional y afectiva. O Dios, o nada, parece clamar en el fondo; aunque es el resorte de la voluntad lo que parece quedar como el único espacio para el movimiento y la vida, la acción, la violación de la norma.

Crítica de rebajas

¡Consuma su particular ración de crítica al sistema! Siéntase un individuo crítico y racionalmente autónomo capaz de cuestionar al mismísimo capitalismo. Hágase pasar por un intelectual en las charlas de café socavando los cimientos del par liberalismo-democracia. Compre el pack de documentales “Crítica al capital” y obtendrá, ¡absolutamente gratis!, una guía de bolsillo  completa con argumentos posmodernos con la que conseguirá que sus amigos más rancios se conviertan en auténticos escépticos.

 Ni que decir tiene que una de las cosas más inteligentes que ha conseguido el capitalismo para perpetuar su supervivencia ha sido  hacer que los responsables de la barbarie sean entes abstractos, espectros no identificables. Parece que no hay nadie a quien guillotinar, nadie contra quien sublevarse, ni alternativa por la que luchar o morir. Ciertamente incluso la posibilidad de criticarlo se ha hecho abstracta y así su razón de ser se disuelve “como lágrimas en la lluvia”. Una de las últimas grandes reformulaciones del capitalismo se cimentó junto a una crítica que pedía lo imposible y suspiraba por la imaginación al poder: eslóganes publicitarios. Una vez disuelta la crítica, ya pueden venir mineros ingleses a pelear contra Thatcher, el pescado está vendido.

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Otra Vida

Es de todos sabido que a horas de hoy, y según se prevé, la patología por excelencia de nuestra Europa y de este siglo se llamará depresión. No exige gran pericia darse cuenta de ello. Hablan los propios acontecimientos, fenómenos que la propia cotidianidad revela claramente. Entre los libros más vendidos, hallamos ya bien instalados e incluso conquistando un nada desdeñable espacio en las estanterías, a los que versan y se autoproclaman de autoayuda.

Entre los profesionales de la medicina cada vez crece —preocupantemente— la demanda de asistencia psicológica o psiquiátrica. Un enorme descontento y desazón ocupan, como si fuese niebla cerrada, el fuero emocional de las personas. No duelen piernas, estómagos o muelas, sino que masivamente mengua el apetito de vida. Todos sabemos de algún caso relativamente cercano.

Al mismo tiempo, los voceros ideológicos de nuestras instituciones y de nuestra cínica cultura del consumo cantan sin pausa la sacralización de nuestros egos y la dulce dicha de nuestras existencias, acolchonadas supuestamente en la más civilizada y fantástica libertad de las posibles. A poco de razonarlo, caemos en la cuenta de que la fórmula falla, constatamos pues que los números no engañan. ¿Una sociedad feliz, libre, se atiborra de antidepresivos para construir su día a día? ¿Un hombre libre, autónomo, dueño y caracterizado por un carácter adulto, puede ser a la par esclavo de la publicidad, asiduo y ávido practicante de las compras, de la moda, del ocio por el ocio? ¿Puede ser un átomo hedonista el arquetipo de una comunidad? El egoísmo desbocado y alérgico al compromiso, ¿puede ser una receta a la que honestamente podamos adjuntar la palabra libertad?

Alguno dirá: es una libertad sin fin, sin orientación, una libertad pura… Permítaseme interrogar: ¿Una libertad es tal, contemplada bajo estas condiciones?

La desidia, el desinterés, el materialismo más descarnado … no parecen ser elementos propios de un carácter fuerte, sano, características de un ser que es dueño de si mismo.

Más bien parece desvelarse en ello el cuadro de un infantilismo ridículo, del aburguesamiento más improductivo y de las mejores cualidades para un gregarismo ciego e irreflexivo.

Es difícil asaltar esta realidad tan ruidosa, tan alienante, tan absolutamente alejada de lo humano y de lo comunitario. Es difícil dar un paso a contracorriente, porque parece que todo esta copado y colapsado por esta atmosfera de luces y velocidad, efectos pomposos, poderosos ciertamente, pero efectos sin duda del vacío.

Pero a cada uno y a cada una nos corresponde, sin embargo, la tarea de reformular nuestra existencia en términos nuevos, y desempolvar así este teatro sin alma que dura demasiado y que, además, compromete el porvenir de nuestros hijos. Gran responsabilidad debemos sentir, a menos que el despotismo maquillado de sensatez haya hecho mella en nosotros.

Y es que hablamos de otra vida, de nuestra vida, que es posible, y que, de no empeñar nuestra voluntad en ella, será como un puro tránsito letárgico, condenándonos a los fármacos o al nihilismo más patético e indigno. Ahora bien, toda esta estructura de valores y principios, de no-valores quizás, tiene fracturas en tanto existamos incrédulos.
Incrédulos porque en la entronización de lo provisional y del individualismo, adivinamos la ausencia de eternidad, la carencia de algo tan vital para una cultura y un pueblo como es la continuidad, la falta de voluntad por ofrecer una herencia, y la carencia de amor por defender a la misma como un tesoro y un organismo del que somos parte y en cuyo corazón nos hallamos representados.

¿Quizás suena a rancio, a empolvada consigna esta llamada a direccionar con responsabilidad nuestra voluntad?

Aquí lo que está caducado es esta suerte de modelo narcisista que respiramos a diario, de dejación de lo público, enemigo de las diferencias reales, homogeneizador de las personas en lo fisiológico, atrofiador de las sensibilidades y parásito de las almas.

Apostamos por otra existencia, donde aquello que nos vincula no es el consumo, el puro placer ocioso, sino la experiencia colectiva y la voluntad de ser, el esfuerzo por la excelencia, una vida dotada y anclada en valores que rebasan lo económico.

No queremos placebo, no compramos ocio, estamos de parte de la vida real, apasionados por lo que tiene un significado que rebasa lo cosificable, y dispuestos a guardar las murallas de la civilización, intangibles moles de piedra que sólo levanta el amor, el trabajo, el sacrificio y también la fe.

Por una vida de fuerza, alegre, de construcción, una vida que nos afirme como hombres y como pueblo, que no condene a nuestras generaciones, y que no nos condene con ellas a nosotros, a la vergüenza de haber cedido ante un mundo al revés.

Si cada uno barriera delante de su puerta,
¡qué limpia estaría la ciudad!

Proverbio ruso