Ejercicios (I): El Suceso – por Guillem Gual

CafeteriaMientras me encontraba sentado en mi mesa preferida de la cafetería, tranquilo, desayunando o merendando, el azar decidió fi jar mi atención en un hombre que estaba sentado a pocos metros. Sin saber muy bien porqué, continué observándolo un rato más, ahí él, leyendo el periódico mientras se retorcía el poblado bigote o sorbía ligeramente de la taza de café. Estaba yo en proceso de estudiar las razones que podría tener el hombre para alternar tales actos cuando un pequeño bulto le asomó en la frente. En cierto modo injusto fue que recondujera mi atención a este nuevo fenómeno, pero, para mayor asombro del espectador, el bulto iba agrandándose a un ritmo desconcertante, a razón del doble por segundo, algo inaudito… considerando. Finalmente, cuando tuvo el tamaño de un puño, el bulto detuvo su incomprensible progreso para dar lugar a otro, si cabe, más inverosímil. Éste fue el de resquebrajarse, permitiendo así la visión de un extraño cuerpo que se empezaba a asomar, de color rojizo y en apariencia liso. La evidente duda me asaltó -¿Qué era?- por lo que seguí atento la evolución del, ya fantástico, proceso.

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El vicio

Como de costumbre, marchó con sus camaradas de tropelías a saborear los excesos de la noche y agotar los placeres de la juventud. Un viaje etílico entre mujeres y bailes al son de Dionisos. Pero pasada la gresca, al atardecer, despertó hueco.

Pese a disfrutar de un hábito frenético y ostentar condiciones portentosas suficientes para no atender a medida alguna, había perdido la satisfacción propia del que degusta las mieles de la vida. Será la rutina, pensó, aunque su vida transcurría al margen de hábitos y normas. Tal vez, prosiguió, será que mi opulencia no es completa y todavía existen vicios que desconozco, vicios aún latentes dispuestos a revelarse a la humanidad.

Decidido, se encomendó a la noble y ardua tarea de instruirse en nuevas destrezas licenciosas y prodigarlas en un achaque de filantropía, como si se tratase de un profeta libertino, el mesías del desenfreno. Debería atiborrar su vida de lujuria y dar otro capricho al apetito, hartar su instinto hasta la implosión: bucear en las lóbregas marismas de la corrupción, narcotizarse con las delicias carnales, perderse en la enajenación de las drogas. Debía encontrar el vicio que colmara la vida crapulosa, el  vicio que redimiera al hombre. El vicio que hiciese que vivir mereciese la pena.

Anegado en la búsqueda envejeció sin darse cuenta, sin saborear el alborozo al que se había entregado.

Su inmoderación perdió los tintes pasados de frivolidad y alegría para adquirir un nuevo tono trascendente que incomodaba a los demás. La nueva dedicación lo mataba, creían sus amigos, y por ello le exhortaban a retornar a la frugalidad enérgica de antaño, a la despreocupación del placer por el placer. Pero él sabía que con el último vicio, aquél que saturaría la existencia, conseguiría la salvación.

Enfermó gravemente, maltratado por el abuso y el hartazgo del deleite prolongado. Junto a su lecho de muerte se reunieron aquellas gentes con las que había compartido la exageración de la vida y que en los últimos tiempos aguardaban expectantes el éxito de su compañero. El más osado se atrevió a importunarlo y le preguntó si finalmente lo había descubierto, si había completado su fetichismo vivencial, la colección de la ignominia. Él esbozó una sonrisa y pereció. Algunos de ellos creen que lo halló en su último aspaviento, otros que tiempo ha, y los demás que sólo era una quimera, que no podían existir más vicios de los que él había consumado.

En las riberas del Mediterráneo (Fragmento)

Apis se encontraba rumiando bovinamente en la frontera con el Duat como había hecho desde siempre. Un siempre complejo y relativo pues no había sido hasta muy recientemente que había sido coronado como uno de los dioses del panteón de la muerte del Imperio Nuevo Egipcio. Poco recordaba de los tiempos pasados excepto un nombre, Hepu, y a su madre Isis. Vigilando el tránsito por el Duat se encontraba acostado sobre la cálida arena del desierto cuando notó un temblor y luego un ligero desgarro en su lomo. Su mirada estaba medio perdida siguiendo inconscientemente el tránsito de Ra por el firmamento. Toda esa luz y serenidad, y el picor acentuándose y resiguiendo su espina dorsal. Sigue leyendo

Relato: Ciudades

Dentro del caos humano y del sinsentido urbanístico que rige el día a día en Lima, el orden parece haberse instalado en ciertas zonas apartadas del centro. Vigilancia privada, patrullas nocturnas y mayor presencia policial, han ahuyentado los atracos a los transeúntes; también han disminuido los asaltos a las casas que la población acomodada ha ido construyendo en torno a pequeños parques en los que las ancianas pasean a sus caniches y las madres acompañan el recreo de sus hijos. Lo que fue el hortus clausum virreinal ha dado lugar a una amalgama abusiva de cemento; los ranchos y casonas de Miraflores se han sustituido por comercios y urbanizaciones sin carácter que se confunden con el ajetreo económico de la zona.

Un hipermercado de capital japonés, exacto en sus cuatro costados, se ha insaturado, entre la Avenida Benavides y la República de Panamá, como centro neurálgico y punto de referencia de este próspero distrito. Norte y sur se embrollan en la uniformidad que configura bloques idénticos.

Cuando llegué por primera vez a la ciudad me alojé en casa de mi tío, en San Antonio, dentro de Miraflores. Después de unos días de reconocimiento del terreno, imprescindibles para que un español se aclimate al funcionamiento de una urbe sudamericana, me animé a salir al centro con otros turistas que acababa de conocer en el monasterio de Santa Rosa. Una vez visitada la parte antigua -que se reduce a una amplia plaza de armas y a cuatro calles con descuidados vestigios coloniales-, tomamos un taxi por diez soles hasta el parque Kennedy, otro de los puntos importantes de la zona. Me despedí, volteé hacia la Avenida de Larco y giré a la izquierda en dirección a Benavides. Me planté enfrente del gran supermercado. Intenté descifrar hacia que lado debía dirigirme. Confundido por la simetría, decidí, al azar, torcer a la izquierda. Felizmente reconocí el pequeño parque -con las abuelas, los caniches, las madres y los críos correteando- que se hallaba al costado de la casa de mi tío. Seguí de frente. Abrí la puerta con la llave que me había prestado y franqueé el umbral.

De la cocina salió alguien exacto a mí. Se despidió de mi tío comentando que iba a comprar pan y fruta al supermercado. Perplejo, trémulo, huí al jardín para tomar aire. Supuse que, tal vez, una intoxicación gástrica, producida por alguna bacteria peruana a la que mi organismo no estaba acostumbrado, me había producido la alucinación de verme repetido. Entré de nuevo. Mi tío no se inmutó; no se había percatado de la duplicación. Demasiado turbado como para contenerme, marché presuroso al exterior. Dí tumbos mareándome en la cuadratura laberíntica del lugar hasta que una combi, que se dirigía a la avenida Arequipa, me arrolló y fallecí al instante.

Al salir del supermercado me coloqué enfrente de él para intentar descifrar hacia que lado debía dirigirme. Confundido por la simetría, decidí, al azar, torcer a la derecha. Felizmente reconocí el pequeño parque -con las abuelas, los caniches, las madres y los críos correteando- que se hallaba al costado de la casa de mi tío. Seguí de frente. Abrí la puerta con la llave que me había prestado y franqueé el umbral. Me preparé unas tostadas y pensé en el extraño suceso. Decidí escribirlo, supongo, para expulsar sobre papel la pesadumbre de haber muerto.

Retazos (II) – por Gerard Gual

Sobre la nada

Yací en ella y pude regresar. La nada acostumbra a verse como un espacio huero de extensión infinita en el que uno queda suspendido sin referencia, vagando en un azar blanquecino, en un vacío diáfano. Otros, según predilección cromática, se la imaginan como una oscura hibernación, como un estado vegetativo en el que predomina un negro mate que no deja entrever, un negro en el que impera el silencio absoluto. Pero sabemos que el negro absorbe toda la luz y que la inmensidad no puede ser ninguna cosa, así que no tiene sentido plantearse la nada en tales términos. Que sirva pues mi experiencia para relatar la inenarrable y finiquitar viles especulaciones sobre su naturaleza:

La nada no es más que un habitáculo aséptico de paredes de un blanco que duele, clausurado en metro y medio de altura, medio de anchura y diez de longitud, suficiente para poder pasearse encogido. En tal espacio prevalece la gravedad y la ficción del tiempo: no se flota y se percibe un tic-tac ensordecedor que incita a la evasión. Y en este punto reside lo significativo, pues el habitáculo que acota nuestro vacío particular se desplaza conjuntamente con el cuerpo, hecho que da pie a un andar perenne que nunca conseguirá cambiar de posición. Detrás y delante hay dos trampillas encuadradas por un albor alentador que se escapan con cada paso. Lo demás permanece liso, inalterable, con la paciencia que confiere una eternidad observando.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2

Infinitos universos ignotos – por Oriol Mora

Abro la puerta y empiezo a bajar escaleras, aunque podría estar subiéndolas, cayéndome. También podría permanecer en el rellano. Casi eternamente. Seguramente podría silbar, o recitar algún proverbio inventado, algo así como: “Sed bienaventurados, vosotros, aquellos a quienes las armas no doblan el espíritu y se mantienen perennes al pie de las grandes rocas, pues el destino lo escribís con mano férrea.” Podría ser el personaje de algún libro, o ser el amigo de éste. Podría también ser el autor y mecanógrafo, o borra lo primero. Podría ser inflexible; esto estaría muy bien pero poco inteligente. Me importaría todo, aunque muy poco, y ganaría amistad y dinero. Si quisiera vagaría por la ciudad recorriéndola hambriento y ebrio de verdad, masticando virutas de madera. Mi cabeza sería un receptáculo inerte dónde se desarrollarían las más perfectas obras carentes de significación. Podría ser todo esto a la vez o podría, simplemente, observar el tráfico por la ventana, como haría un verdadero superhombre.

Si tuviera suerte, alguna vez, sería testigo de un accidente.

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #2