¿ Sin tiempo ?

Sin tiempo . . . .

Sin tiempo para hacer del nuestro, un tiempo regado de sentido, verbalizado mediante rituales, un tiempo que sea pleno en su cotidianidad.
Sin tiempo para atender nuestra capitanía con respecto a la posteridad, para asumir que la cuna de la civilización se apuntala merced a la existencia efectiva y cohesionada de las familias, cuya cuantía refleja la fecundidad, el vigor, y la fe de una comunidad.

Pues una civilización late hora tras hora porque se conserva incandescente en el amor propio de individuos concretos.

Sin tiempo para tomarle el pulso a lo trascendente. Para reconocer en cada desacato y agravio que se comete sobre nuestra religión, al zarpazo irreverente e intolerable de aquellos que no saben sino arrancar desde el odio sus consignas. Odio hacia si mismos, ese ánimo endófobo y especialmente ávido de herir, hacia nuestro patrimonio.

¿Y existen oídos para la palabra patrimonio todavía?

Sin tiempo para sobreponer la cordialidad y la recta costumbre, hijas de la buena educación, a la exigencia vil y a la inercia general de la pereza, la desidia y el indeferentismo general con los qué se nos convida a ir a la nuestra, a la nuestra pero sin nosotros, sin un nosotros.

Sin tiempo para construir un espacio bien blindado frente a la frivolidad, ese zafio y maldito símbolo asociado a la libertad que hallamos interiorizado en la sensibilidad de nuestros supuestos semejantes.

Sin tiempo para decir con la boca grande que en una persona mínimamente sensible e intelectualmente sólida sólo es respetable –ante la torcida doctrina del aplanamiento–
la herejía de levantar la frente en búsqueda de las cumbres.

Sin tiempo para seguir obligándonos a ser minoría en este barrizal que en nombre de la diferencia, nos encharca en una homogénea excreción, auspiciada por estatal decreto.

Sin tiempo para naufragar.

Sin tiempo para decir NO, cuadrando nuestra fuerza a la retaguardia de nuestros labios. Para decir que todo no es opinión.

Que no existe una cultura como tal, si el apetito individual es lo que la fija como eje, como esqueleto y vértebra. Por mucho que empleen el chantajista lenguaje emocional de sus despropósitos televisivos, novelescos o cinematográficos.

Sin tiempo para hacer respetables y cuidar nuestras lenguas, todas y cada una de ellas, ante la subversiva amputación de su histórica y fenomenal riqueza.

Vulgaridad y cháchara existen, y es justo darles su lugar concreto y real más allá del diccionario, pese a quien pese. Más nos pesa en los ojos y en nuestro pudor la halitosis intelectual pintarrajeada de moda o jovialidad.
Que no nos den churras por merinas.

Sin tiempo para llamar a las cosas por su nombre, para demoler esa infame ingeniería de la semántica con que se están fabricando, minuto a minuto con todas la garantías, una jauría incipiente de sujetos lobotomizados y sin alma.

Sin tiempo para reconocer eternidad en nuestra postura.

Y sin conquistar este tiempo nuestro, pronto nada quedará para ofrecer desde nuestras manos a las de nuestros hijos, nada que pueda llamarse cultura, ese tesoro que sólo vive en la vocación común de perpetuarse, en el compromiso humilde y generacional.

Nuestro es el tiempo si sabemos parafrasear a Hesiodo musitando aquello de que
el amor es el arquitecto del universo. Tiempo cabe pues exigirnos, para salvar lo que amamos con toda justicia. Ahí se apuntala toda posibilidad real de porvenir cualesquiera.

Amar hace pleno al tiempo, y de cada hombre un ser situado en el cosmos.

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El consumo de experiencias

El escenario es demasiado pequeño. Entren, pués, en la vida.*

Se terminó el espacio para el teatro, para el drama y la representación, y la vida pura, real y auténtica penetró en el hombre civilizado. El moderno ser urbano deseaba vivr y no solo representar la tragicomedia del mundo. La historia repetida de sus generaciones precedentes. Había afán de experiencias, de aventura, de riesgo. Quería adrenalina, el aumento de las pulsaciones, el bombeo del corazón desbocado. Empezar a sentirse vivo.

Para ello desechó muchas partes del rito y la tradición. Desechó la liturgía impuesta por sus antepasados y buscó la libertad en el consumo de sensaciones empaquetadas y adornadas con el lacito de lo exótico. Espacios seguros que conquistar de un todo a cien algo más caro y que prometía alejarle, aunque fuera por unos días, de la cotidianidad de un día a día marcado por el tedio del trabajo enjaulado de la oficina.

Los ritos de iniciación debieron reescribirse para adecuarse a la más tardía edad de maduración de nuestros jóvenes. Ya no se podían sacrificar animales para mostrar el valor de la vida, la muerte y la crueldad institucionalizada. Las guerras y los ejercitos fueron desechados como ideas románticas y acabaron considerándose también inmorales e inhumanas. El estado ya no se permitía pagar a nuestros jóvenes los viajes de conquista y pacificación con los que conocer el mundo. Ahora quien quisiera hacerse un hombre y recorrer la extensa geografía de este trozo de barro había de buscarse becas o tener unos padres pudientes que se pudieran permitir costear un interrail. La sangre y el sufrimiento quedarán, seguramente, muy lejos de la experiencia vital.

Pero hay que obviar tal drama. ¡Seamos positivos!

Haga rafting, puenting, trekking, snowboarding o cualquier otra actividad denominada con un gerundio en inglés. Enamórese en la ciudad de la luz, en la ciudad eterna, en la capital del mundo, en la capital de oriente o en la joya de Europa. Pruebe los mejores caldos, los mejores bifés, el mejor arroz marinero o atrévase con cualquier bicho estrambótico cocinado a la manera tradicional del país asiático de turno. Anime a su equipo y hágase abonado para sentir los colores. Y, si le pilla lejos el campo, siempre puede experimentarlo todo a través de un plasma de cincuenta pulgadas y además puede tomarse un millar de cervezas sin sentir el fétido aliento y el sudor del resto de borrachos.

No importa qué quiera hacer pues seguramente alguien habrá inventado una experiencia acorde a sus deseos. ¿Desea relajarse, sentirse como flotando en el espacio? Váyase al Spa urbano o ahorre toda su vida para pagarse un viaje a la luna. ¿Siente la paradójica nostalgía por la vida de sus antepasados campesinos? Disfrute del fin de semana en un entorno rural. Si se siente muy atrevido siempre puede pedir que la casa no tenga agua caliente ni cobertura telefónica. Haga teatro de aficionados con un grupo de vecinos y represente algo de Shakespeare. Escriba en un blog y creáse intempestivo y afiladamente cínico. Parques de atracciones temáticos, discotecas multitudinarias acompañadas de drogas recreativas, sexo con desconocidos en un aparcamiento…
Nuestra vida cosmopolíta nos ha acercado el mundo y sus múltiples emociones a un clic de ratón. Las experiencias están ahí para que usted las adquiera simplemente ingresando los números de su tarjeta de crédito. En el momento en que note esa punzada en el fondo de su cabeza. Esa sensación de que su vida necesita un giro, una pequeña sacudida. Solo ha de contactar con algún proveedor de sensaciones y le será suministrada la dosis precisa para poder satisfacer el impulso momentáneo de vivir. ¿A que espera?

* La cita es, otra vez, de la obra de Vertov mencionada anteriormente en este mismo espacio. Descontextualizada y reinterpretada para la ocasión, eso sí.

¿Viajar?

Irrumpe ya el verano. Este será con mucho más caluroso, tedioso, triste, depresivo e inquietante que los anteriores. Otro verano sin lugar a dudas. Las circunstancias así lo imponen, pues aunque ora vía megáfono, ora vía mediática se nos quiera arrojar al sueño mediterráneo del relax, la distensión, y el azul de las terrazas refrescadas de cervezas magníficas en las mesas, no somos tontos. O al menos ha crecido el número de tontos desilusionados.

La pintura del paraíso moderno comienza decrépitamente a desfallecer, y tras la colorida cortina de la promesa del crecimiento indefinido, asoman fauces y colmillos a un corto-medio plazo, asomando así el reflejo mayúsculo e indisimulable de la depredación inminente de un modelo con los días contados.

Pero el objeto de este artículo no es ni la indignación, ni tampoco llover sobre mojado, de manera que quede aquí simplemente apuntado: hay cosas que van a caducar, y por activa o pasiva, hay que pagar un precio que no será baladí. Al tiempo.

Días de vacaciones, de frustración para los más, y de vacacioncillas para otros.
En cualquier caso casi automáticamente conjugamos en la cabeza el silogismo verano, luego vacaciones, luego viaje.

Quisiera hacer una reflexión acerca del significado de viajar, que al parecer de quien escribe, ha sido desposeído de toda autenticidad, y triturado debidamente para pasar a ser otra cosa. Ello no es de extrañar, ya que nuestra era, la era de las masas, desarrolla brillantemente la habilidad de reformularlo todo en clave de marketing y estética, de slogan y de neutralidad, descafeinando así a todo cuanto alcanza su tacto.

En alguna ocasión he oído calificar al turismo como nueva forma de barbarie, y analizándolo detenidamente puede que no sea una sentencia tan descabellada;
Circular de un lugar a otro del mundo no es hoy una experiencia insólita, es incluso acontecimiento relativamente familiar para cualquier hijo de vecino, y a lo sumo excepcionalmente exótica. Y quizás cabría entrecomillar lo de exótica, pues es tan exótica como cualquier experiencia en un parque temático, dado que no es sino eso en lo que se convierte emplazamiento cualesquiera al que se nos presente como destino turístico. Un parque temático, para el shopping, el carnaval, las anécdotas en el hotel, para la espiritualidad a saldo y como no, las fotografías imprescindibles para sentirse todo un Willy Foc.

El “viajero” no es ya un extraño, ni un extranjero incluso, sino una colección de euros o dólares sobre la que parasitar para los autóctonos. Se acabó el riesgo, lo indómito, la tensión cultural, la diferencia, la diversidad. Viajar es un mero fluctuar entre paisajes distintos, dónde hacer lo mismo en otros lugares, donde hacer el occidental en el sentido más vulgar del término. Después observamos irónicamente como todo viajero nos exhorta, apasionado y algo arrogante, al valor de la multiculturalidad y del ver mundo, y del crecimiento personal que ha sentido.
¿Cómo explicarle que él es el vivo ejemplo del monstruoso allanamiento de los relieves diferenciales culturales?
¿Cómo hacerle entender que cuando se busca tan ansiosamente la autenticidad, y se la articula tan desmesurada y frívolamente, es que no se posee ya ninguna?
¿Cómo traducir a su lenguaje que todo aquello a lo que apela no se trata sino de una prueba de domesticación universal?

Difícil sino imposible, porque hay que amar, y antes conocer realmente la propia cultura para guardar un auténtico respeto hacia las demás. Un respeto que permita filtrar todo el marketing lúdico que pringa a los destinos turísticos, esos lugaresadaptados y confeccionados, pulidos y despersonalizados, espacios que llegan a devenir en no-lugares. Adaptados evidentemente al gusto del consumidor, que compra la experiencia del viaje.

¿De verdad las experiencias pueden obtenerse previo pago tras seleccionarlas en un escaparate? Supongo que sería precisa una seriedad a la hora de emplear ciertas palabras y asumir determinados postulados, sería menester un pequeño salto allende la frontera de lo frívolo. Cosa tal, sería sensu stricto un auténtico viaje.

Los viajes se hallan testificados en los sendos diarios de los exploradores, en las aventuras de los peregrinos, en el servicio de los misioneros, en contadas y determinadas retinas, pues el viajar nunca fue cosa de todos, sino de expeditivos, de soñadores, con temperamentos ajenos a la epidermis burguesa.

Viajar es otra cosa, señores y señoras, viajar también es exponerse, y eso ocurría cuando el mundo era también otra cosa. Dios no lo quiera pero en todos los sentidos apunta el temporal a que el viajar se va a acabar.

E. Testaferro