Dios: Patrimonio de la Humanidad (II) por Àngel Noguera

Nos pedirán justificaciones, demostraciones, datos que corroboren la presencia Divina. Esperan que hagamos alguna que otra exposición escolástica, que con pleno derecho filosófico podríamos hacer, aunque preferirían que algo sobrenatural y extraordinario acaeciese y se presentase ante su aguda mirada; quizá un fantasma o una aparición extraterrestre, quien sabe, quizá que el mismo Dios les hablase cara a cara: nunca tienen suficiente; abrazan a su amada y lo niegan, lo niegan cuando ven crecer a sus hijos, ante el sol, el mar y la montaña lo niegan, hasta cuando mueren en paz lo niegan. Nos pedirán justificaciones, demostraciones, mas nosotros corregiremos hasta las argumentaciones más sutiles: “en verdad es difícil demostrar a Dios, ¿pero acaso la más bella de todas las cosa no es la mejor demostrada?” Quien tenga oídos que oiga, con los que no tienen, utilizaremos el típico tono de autoayuda…

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Entretejidos en un tiempo ucrónico

Respiramos el aliento de nuestros antepasados, su aire expira por cada una de nuestras bocas y las inspiraciones que hacemos llegan a sus muertos pulmones. En en el vivir cotidiano de cada uno de nosotros viven ellos, los ancestros, los progenitores, los padres. Tu corazón bombea la sangre que corre a través de tu descendencia, progenie no nata cuyos corazones sincronizados con el tuyo, con el mío, a través del mar del tiempo laten vivos en la eternidad. Somos el punto de encuentro entre pasado y futuro. Somos la realidad múltiple que ha de estar a la altura del cometido más importante y que no es otro que la transmisión del hecho de ser humano.

Sin la trascendencia, sin la idea del más allá de lo que nuestros límites físico nos demarcan, no podemos servir al horizonte. El enrocarse en un presente inconexo supone una malformación espiritual. Un quiste abstracto que impide cumplir la función. Servir de legado. La importancia de ser legado. Ser transmisores de la herencia que recibimos y que hemos de canalizar. Esperando, a sabiendas de que no habrá una respuesta satisfactoria, qué hemos de canalizar y confiando que habremos hecho todo lo necesario. La tragedia de nuestra ocupación es no saber si estaremos a la altura, si no podremos alguna vez estarlo, si habrá alguna posibilidad.

Pero no debemos dejar de arriesgarnos. La pequeña pregunta que hemos de plantearnos es si este deber, presupongamos que sagrado, es único en unos pocos, o es deber del conjunto que vive gozoso en el prado de inopia. Yo sueño con una tarea compartida, que de lo terrible que resulta como carga, hace callar a todos y nos empuja a pensar en el aislamiento como respuesta. Y aunque crudo es vivir en el silencio. Y aunque sintamos como si un invierno se hubiera apoderado de nuestras almas fugaces y la eternidad que compartiésemos solo pudiera ser vivida en el sueño individual y jamás en la vigilia de la fraternidad. Y aunque sospechemos que el poder perpetuarse colectivamente para perpetuar el mito sea una entelequia…

Solo queda sentir la carga con honor. Y cargar la tortura del placer y la satisfacción del obrar seguro. Y lo que parece sagrado es solo parecer. Y solo puede quedar lo sagrado.