Entretejidos en un tiempo ucrónico

Respiramos el aliento de nuestros antepasados, su aire expira por cada una de nuestras bocas y las inspiraciones que hacemos llegan a sus muertos pulmones. En en el vivir cotidiano de cada uno de nosotros viven ellos, los ancestros, los progenitores, los padres. Tu corazón bombea la sangre que corre a través de tu descendencia, progenie no nata cuyos corazones sincronizados con el tuyo, con el mío, a través del mar del tiempo laten vivos en la eternidad. Somos el punto de encuentro entre pasado y futuro. Somos la realidad múltiple que ha de estar a la altura del cometido más importante y que no es otro que la transmisión del hecho de ser humano.

Sin la trascendencia, sin la idea del más allá de lo que nuestros límites físico nos demarcan, no podemos servir al horizonte. El enrocarse en un presente inconexo supone una malformación espiritual. Un quiste abstracto que impide cumplir la función. Servir de legado. La importancia de ser legado. Ser transmisores de la herencia que recibimos y que hemos de canalizar. Esperando, a sabiendas de que no habrá una respuesta satisfactoria, qué hemos de canalizar y confiando que habremos hecho todo lo necesario. La tragedia de nuestra ocupación es no saber si estaremos a la altura, si no podremos alguna vez estarlo, si habrá alguna posibilidad.

Pero no debemos dejar de arriesgarnos. La pequeña pregunta que hemos de plantearnos es si este deber, presupongamos que sagrado, es único en unos pocos, o es deber del conjunto que vive gozoso en el prado de inopia. Yo sueño con una tarea compartida, que de lo terrible que resulta como carga, hace callar a todos y nos empuja a pensar en el aislamiento como respuesta. Y aunque crudo es vivir en el silencio. Y aunque sintamos como si un invierno se hubiera apoderado de nuestras almas fugaces y la eternidad que compartiésemos solo pudiera ser vivida en el sueño individual y jamás en la vigilia de la fraternidad. Y aunque sospechemos que el poder perpetuarse colectivamente para perpetuar el mito sea una entelequia…

Solo queda sentir la carga con honor. Y cargar la tortura del placer y la satisfacción del obrar seguro. Y lo que parece sagrado es solo parecer. Y solo puede quedar lo sagrado.

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Los emboscados

Entre la nave y el bosque, el hombre libre ha de elegir. ¿Es preciso emboscarse y ser proscrito o seguir en la mentira de la seguridad?

Llamamos Emboscado a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, acaba viéndose entregado al aniquilamiento. Este destino podría ser el destino de muchos y aun el de todos – no es posible dejar de añadir, por tanto, una precisión. Y esta consiste en lo siguiente: el emboscado está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha, una lucha que acaso carezca de perspectivas. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaría con la libertad; vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo.

-Rescatado de La emboscadura de Ernst Jünger. Tusquets Editores

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El consumo de experiencias

El escenario es demasiado pequeño. Entren, pués, en la vida.*

Se terminó el espacio para el teatro, para el drama y la representación, y la vida pura, real y auténtica penetró en el hombre civilizado. El moderno ser urbano deseaba vivr y no solo representar la tragicomedia del mundo. La historia repetida de sus generaciones precedentes. Había afán de experiencias, de aventura, de riesgo. Quería adrenalina, el aumento de las pulsaciones, el bombeo del corazón desbocado. Empezar a sentirse vivo.

Para ello desechó muchas partes del rito y la tradición. Desechó la liturgía impuesta por sus antepasados y buscó la libertad en el consumo de sensaciones empaquetadas y adornadas con el lacito de lo exótico. Espacios seguros que conquistar de un todo a cien algo más caro y que prometía alejarle, aunque fuera por unos días, de la cotidianidad de un día a día marcado por el tedio del trabajo enjaulado de la oficina.

Los ritos de iniciación debieron reescribirse para adecuarse a la más tardía edad de maduración de nuestros jóvenes. Ya no se podían sacrificar animales para mostrar el valor de la vida, la muerte y la crueldad institucionalizada. Las guerras y los ejercitos fueron desechados como ideas románticas y acabaron considerándose también inmorales e inhumanas. El estado ya no se permitía pagar a nuestros jóvenes los viajes de conquista y pacificación con los que conocer el mundo. Ahora quien quisiera hacerse un hombre y recorrer la extensa geografía de este trozo de barro había de buscarse becas o tener unos padres pudientes que se pudieran permitir costear un interrail. La sangre y el sufrimiento quedarán, seguramente, muy lejos de la experiencia vital.

Pero hay que obviar tal drama. ¡Seamos positivos!

Haga rafting, puenting, trekking, snowboarding o cualquier otra actividad denominada con un gerundio en inglés. Enamórese en la ciudad de la luz, en la ciudad eterna, en la capital del mundo, en la capital de oriente o en la joya de Europa. Pruebe los mejores caldos, los mejores bifés, el mejor arroz marinero o atrévase con cualquier bicho estrambótico cocinado a la manera tradicional del país asiático de turno. Anime a su equipo y hágase abonado para sentir los colores. Y, si le pilla lejos el campo, siempre puede experimentarlo todo a través de un plasma de cincuenta pulgadas y además puede tomarse un millar de cervezas sin sentir el fétido aliento y el sudor del resto de borrachos.

No importa qué quiera hacer pues seguramente alguien habrá inventado una experiencia acorde a sus deseos. ¿Desea relajarse, sentirse como flotando en el espacio? Váyase al Spa urbano o ahorre toda su vida para pagarse un viaje a la luna. ¿Siente la paradójica nostalgía por la vida de sus antepasados campesinos? Disfrute del fin de semana en un entorno rural. Si se siente muy atrevido siempre puede pedir que la casa no tenga agua caliente ni cobertura telefónica. Haga teatro de aficionados con un grupo de vecinos y represente algo de Shakespeare. Escriba en un blog y creáse intempestivo y afiladamente cínico. Parques de atracciones temáticos, discotecas multitudinarias acompañadas de drogas recreativas, sexo con desconocidos en un aparcamiento…
Nuestra vida cosmopolíta nos ha acercado el mundo y sus múltiples emociones a un clic de ratón. Las experiencias están ahí para que usted las adquiera simplemente ingresando los números de su tarjeta de crédito. En el momento en que note esa punzada en el fondo de su cabeza. Esa sensación de que su vida necesita un giro, una pequeña sacudida. Solo ha de contactar con algún proveedor de sensaciones y le será suministrada la dosis precisa para poder satisfacer el impulso momentáneo de vivir. ¿A que espera?

* La cita es, otra vez, de la obra de Vertov mencionada anteriormente en este mismo espacio. Descontextualizada y reinterpretada para la ocasión, eso sí.