Relato: A vueltas con el mostruo : Encuentro entre actores

Solía musitar maldiciendo en un característico tono grasiento, agrio e impertinentemente agudo. Lo agudo de su timbre era inversamente proporcional al ingenio que destilaba, del qué acusaba una absoluta carencia.
Gozaba sin reservas ni ahorro de embriagarse en densas conversaciones en qué se sentía partir con su nave imaginaria aligerada de frustraciones, con su corazón al timón, rumbo a la utopía.
Le conocía. Le desconocía si mas no, menos poco que a muchos, ello sin quererlo, y a pesar del rumor de arcadas que me generaba su proximidad en cualquier aspecto imaginable. Era él sociable. Un tipo sociable, en el sentido de que buscaba su apoyo en el baño público, en un gesto de cero exigencia para consigo mismo. Supongo que nunca conoció nada parecido al honor. Era hablador, pero carecía de toda seducción hipnótica hacia terceros, de erotismo alguno en su oratoria, vendía con facilidad sus posiciones y realmente parecía apasionado si le oías como hablaba de revoluciones, de “nosotros”, de él, de las conquistas por devenir… de la estrella bienaventurada de los parias.

La pasión por el verbo.
Si he de ser franco, no hubiera apostado por un encuentro ni cruce alguno entre nuestras personas en ningún remoto devenir, incluso en el caso de tener que vivir infinitas vidas de coincidencia existencial. Jugábamos en ligas distintas. Hubiéramos podido ser enemigos pero claro, carecía de honor. Cualquiera no es mi enemigo. La misma lógica aristocrática aplico a la hora de definir mis amistades. Como casi todo, es una cuestión selectiva. El que no selecciona, o no es consciente de hacerlo, ha renunciado al ejercicio de la autoridad más libre sobre las riendas de su vida.
Yo siempre solía desplazarme a pie y con un libro bajo el brazo, creo que gestos tales siempre son definitorios, declaratorios, a banda de la importancia de la lectura.
El libro es excelente como ornamento estético y suele insinuar virtud. Siempre me ha gustado aquello de que el libro es la espada del espíritu, pues permite darse -darme- un aire de sofisticación a quienes imaginamos a nuestros santos siempre con espadas.

Me parece que hace poco se había trasladado a pocas calles de mi casa. En cierta ocasión parecióme verlo, al salir yo del gimnasio. Habían acontecido pero algunos años ya desde que coincidiéramos siendo rapaces, coincidencias quede claro, siempre casuales y remotas. Siempre me he procurado certera capitanía en lo que respecta a causalidades.
Causalidades si, …. pero casualidades, cada vez más, las justas.

Con sinceridad, y dígolo con placer, yo no había cambiado, acaso de manera muy matizada. Mi característica mandíbula, mis ademanes viriles, mis convicciones materializadas en el ejercicio y la escultura del cuerpo…. Mis obsesiones que tintaban mi personalidad. No en vano, lecturas nietzscheanas y la voracidad de experiencias, así como una instintiva fijación por ser autosuficiente, me habían conducido a la conclusión de que mi mejor puente con el mundo, era un cuerpo sano, enérgico, que declarara vigor desde cada centímetro.
Esta es mi coherencia. Con estas pautas creía estar manteniendo una relación ética hacia los demás, y obviamente hacia mí. No hacía sino preocuparme en cumplir los mínimos requisitos estéticos, qué son siempre también morales, que creía cabía esperarse en un ser humano.

Me explico. Ser humano es algo que nunca resulta ser por definición aquello que es bípedo y llámanlo las más de las veces persona. Obviamente, mi asiduidad al gimnasio, relativamente obsesiva, respondía también al placer intrínseco del ejercicio físico. Yo jamás podía haberme encontrado con mi antigua coincidencia bípeda, el chico de las asambleas en un lugar semejante a un gimnasio, está claro, pues él no podría mezclarse en espacios de tal frivolidad, espacios en los que sujetos se exponían voluntaria y disciplinadamente al esfuerzo y sufrimiento, en pro de cosa tan vacua y efímera como era el cuerpo o la belleza.
Él no era un tipo superficial.
No sé si el asunto de los gimnasios le debía de parecer más insolidario, narcisista, pueril, o quizás delictivo. Pensándolo con detenimiento, y ya que se trataba de un tirano blasfemo resentido contra el espejo, seguro que le parecería delictivo, prohibir y castigar puede ser un morboso placer para los insatisfechos orgullosos y celosos de su bilis revolucionaria.
Vuelvo a recordarle de nuevo, en un ejercicio de memoria, y sigo sin poder decir que realmente me ofendiera en un orden particular o específico, tampoco me la jugó, no me hizo nada. La categoría de su impertinente estampa pertenecía a cierta manifestación cósmica, una suerte de oscuridad que planeaba en aquello de qué participaba o se implicaba.
No tardamos en vernos, de un modo muy sutil, ese en el que te reconoces recíprocamente sin esfuerzo, el mismo poco esfuerzo con el que acto seguido te ignoras y prescindes de cordialidades mecánicas. Probablemente, recordando, y apostaría a que acierto en ello, su mueca despreciativa hacia mi y mis amigos era más personal y menos metafísica que mi repugnancia hacia él. Detecto con suma facilidad ese tipo de sentimientos en terceros, esa mirada condenatoria y de enemistad, de enemistad acomplejada.    Probablemente le sublevaba mi simplicidad conservadora, mis formas algo dictatoriales en esquema y discurso, la naturalidad simpática en que me desmarcaba de ese club asambleario, de esa predecible comunidad gregaria y jubilosa a la que se debía y entregaba, probablemente por una cuestión de deficiencia de autoestima.

Los dioses iban a ser espléndidos y le procurarían su oportunidad de escupirme. Y la de sentir la vida palpitando entre sus jugos por una sola vez, de una vez por fin.

Yo salía desde adolescente con la misma chica, y en unos meses iba a tomarla como esposa, por lo qué acudíamos ella y yo puntualmente a unas charlas prematrimoniales con el padre de la parroquia, el padre Joan.

En una de estas citas, saliendo de la parroquia, me encontré con un enjambre de bípedos, en expresión desafiante y agresiva, a los que alguna reivindicación les llevaba a las puertas del templo.

No soy un fanático, pero respeto el sentido y las formas que remiten a lo espiritual. Aquella escena me sublevó. Mi futura esposa, que me conocía como nadie, me agarraba fuerte la parte superior del brazo, preocupada, precavida. Me quedé en la puerta petrificado, y mirándome con todo aquel tropel, e intentando ser razonable, procurando hallar justificación a una escena tan grotesca. Me quedé en el intento de hallar razonabilidad, y al poco, cuando mi atención se reposaba ya en la muchedumbre, descendiendo de la altura de la reflexión descubrí a ese personaje de mi juventud, con quién sostuve la mirada sin poder reprimir una desacomplejada carcajada.

Acto seguido le señalé, para que se sintiera homenajeado. Estaba frenético, tomó un megáfono y me insultó, nervioso, protagonista, era como nunca, el protagonista de la película. Fue mi gesto humanitario del día. Volví a reír, sin dejar de señalarle, haciendo unas muecas infantiles. Me divertía como un crío y no ayudaba a sosegar el ambiente el hecho de ser yo una persona poco vergonzosa. Mi novia estaba nerviosa, supongo que desde fuera este teatro no sugería comedia.
Ahí estaba el monigote, con su cara de virgen musitando con sus compañeros mientras me miraba irritado, ofendido.

Dos chavalillos subieron por los escalones y se abalanzaron sobre mí tirándome al suelo. En medio de toda aquella fiesta ordené a mi chica meterse dentro. Los chicos estaban fuertes, me inmovilizaron muy rápido, pero empecé a morderle con saña la yugular a uno, sin dejar de darles codazos, y me dejaron en paz. Me levanté de nuevo, en actitud arrogante y obstinada.
Será difícil de creer, pero quienes estaban saben que volví a mirarme al amiguete, riéndome nuevamente sin contemplaciones, extendiendo los brazos con la palma abierta hacia el foro. Algunos de sus co-manifestantes  ya le llamaban coreándole para que se acercase a mí, y mi risotada iba rebajando intrigada y expectante.

Finalmente salió, aunque me dio la espalda profiriendo un extraño discurso. Me acerqué decidido y le arrebaté el megáfono pues ahora aquella estampa era de un ridículo insostenible, y acercándoselo a la oreja dije: – patán, me estoy enfadando, tu vienes con la banda, con tu manada, pero Dios y yo somos mayoría.
Ipso facto llegaron un par de dotaciones de policía local, y aquél bípedo perdió la oportunidad de ser un hombre. Mi novia me interrogaba sobre mi estado, y a mi sólo se me ocurrió decirle que estaba decepcionado.
Estás loco– me dijo con el rostro desencajado

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s