La bifurcación del Caos – por Oriol Mora

JH y Vargas Llosa charlan, discuten, o charlan y discuten sobre 2666 de Roberto Bolaño. JH se ve a si mismo timorato y empequeñecido frente al dinosaurio peruano que se muestra quietamente violento, en una ausencia latente que sólo es reventada en cólera cuando JH le habla de la cantidad de sangre, la cantidad de pathos que encuentra en cada página de 2666, algo que le produce grandes y bienvenidas contradicciones.

El dinosaurio entonces erupciona y profiere ininteligibles sonidos, morfemas y monemas que se entrelazan arbitrariamente, se levanta, y deja caer al suelo un reloj de arena. Éste se rompe desparramando los granos y vidrios encima de los adoquines del patio de la decadente hacienda del recuerdo, o el sueño. Vargas Llosa se agacha lentamente y empieza a recoger los trocitos de cristal y arena y se los pone dentro de la boca masticándolos con enérgico dolor. Al fin, llorando, con palabras ensangrentadas, mira fijamente a JH y pregunta: «¿Hablaba usted de patetismo?»

Al levantarse, intentó recordar alguna noticia leída recientemente donde apareciera Vargas Llosa. Fue en vano. Tampoco había leído nunca ningún libro suyo, ni, obviamente, asistido a ninguna conferencia dónde hablaran de él. Vargas Llosa era sólo una cara con un nombre. Un diplodocus con apellido compuesto que se había colado en su letargo.

A JH un sueño de esta índole le podía marcar el día entero, o varios días. Para él, el reposo de la razón provoca al monstruo, a algún monstruo que vaga a veces dormitando, a veces rebuznando en su cabeza. No le asustaba lo que pudiera significar lo que soñaba, le asustaba no poderlo controlar. No poderlo preveer. Quería entender el porqué de los cambios. Quería entender todos los cambios.

El tren llegó resoplando a la estación mientras JH se perdía en sus cavilaciones. Eran casi las diez. Entró en el vagón y se sentó. A su lado atinó a distinguir un chico y dos chicas. Iban acompañados de una niña. Una de las dos jóvenes parecía Jabba the Hutt con rimel. JH la miró con desdén y ella le brindó una sonrisa poco inteligente.

Pasaron unos quince minutos intrascendentes.

Cuando aún faltaba la mitad del trayecto, el chico encendió su reproductor portátil de música a todo volumen. JH se fijó en él. No tendría más de veinticinco años y vestía ropa ancha o urbana. Tenía la piel muy morena y algo de sobrepeso. Su mirada rezumaba estupidez y maldad.

La música se aceleraba, y aquella burda imitación de pandillero suburbial empezó a bailar groseramente, acercándose a la chica de su izquierda, empujándola contra la ventana. Reían.

Repitió los mismos movimientos una y otra vez, subiendo de tono, hasta simular que la niña le hacía una felación.

Recuerdo el dolor punzante y ardiente en mi puño, noté quejarse todos mis nudillos. Le pegué, le pegué una y mil veces. Las dos chicas no paraban de gritar. Recuerdo golpear contra carne. Recuerdo aporrear contra hueso. Justicia. Mi puño contra la estupidez. Mi puño contra la impunidad. Mi puño contra Vargas Llosa.

Alguien se abalanzó sobre mí y me inmovilizó; aún tuve tiempo de mirar a la niña que hoy había sido vengada y sentirme bien.

También recuerdo que debía terminar un relato para una revista de nueva publicación. Quizás aprovechara algo de ese ajusticiamiento matutino, aunque la primera parte trataría de un sueño.

Lo que tenía muy claro era el final, un final abrupto, algo como

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #1

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