Cicatrices en la Historia

La Historia se ha tornado en bruma y superficie blanda donde la opinión y la suposición hacen fluir la veracidad en las aproximaciones que ante ella acometemos. Antes la Historia tradicionalmente fija, como grabada en piedra, se ha tornado texto revisable. Se ha convertido en una suerte de espacio de discusión. Es pues otra victima más del relativismo descarnado que asola los últimos dos siglos del pensamiento occidental. Otra victima más de ese mal ya endémico producido por la muerte de Dios, referente clásico de todo lo que puede ser fijo.

Pero donde se postula, desde hace demasiado tiempo ya, una falta de consistencia y se permite la libre revisión de la mayoría de hechos históricos, a medida que nuevos amos toman las riendas del presente para así confirmar su legitimidad, se haya aún la posibilidad de hallar verdades nucleares. Son esos hitos las cicatrices que horadan la piel de la Historia y nos permiten echar la vista atrás y ver que aún existe la posibilidad de creer en el porvenir, pues sobre los puntos firmes apoyamos nuestros pasos encaminados al futuro. Este texto pretende tratar brevemente el concepto general que articula tales acontecimientos.

La Fe es un camino de ida y vuelta en el que se va cargado de ideología y se retorna portando la verdad. Los misioneros de la fe son los soldados que traspasan la barrera de sus creencias y dejan atrás aquello por lo que empezaron a caminar en pos de la luz. Su ideología es el primer motor de su creencia pero para completar su misión han de superarla y entregarse al abismo absoluto que es la autentica Fe, lo que queda cuando todo lo otro ha desaparecido. La explicación de tal fenómeno es ridículamente alambicada y requiere de una pequeña parte del proceso de creencia que se trata de explicar. En vez de esos expondremos algunos ejemplos de como se producen las cicatrices en la Historia.

En las guerras el terreno está abonado para la heroicidad, la barbarie y entrega. Los españoles soldados de la División Azul son idealistas que amparados en una construcción ideológica concreta se entregan al camino de la Fe. Es indiferente si aquello por lo que luchan es justo o injusto pues eso es solo valoración humana posterior. Lo esencial de su acto es el salto al infinito al entregarse a algo que los supera ampliamente. No es tan obvio que si no hubieran realizado actos heroicos como los que hicieron no serían recordados pero tampoco es eso el caso. Su verdad está inscrita en su generoso sacrificio, en su martirio innecesario. Lo mismo ocurre con los viejos tercios que asolan las ricas provincias holandesas y con los arrojados marinos catalanes que recuperan el Mediterráneo siglos antes. España es ridículamente fructífera con su aportación a la gesta heroíca.

Pero que nadie se confunda, esto no es una cuestión de gusto político o estético. Se trata de metafísica y lo que a veces nos agrada o identifica no es lo único que hemos de valorar. Por ello otro gran ejemplo de verdad incrustada en la Historia es el gesto destructor de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. El infame barcelonés, culto, refinado y con un fanatismo comunista inmenso inculcado en él desde la cuna por su intrépida madre, se encuentra cara a cara con el Momento y santifica su vida a mayor gloria de Stalin. No se amilana ante la figura del artífice de la revolución de octubre, aquel que llevó al ejercito rojo a modificar irremediablemente la configuración del mundo, y machaca repetidamente la cabeza de Trotsky con un piolet recortado. Y en cada acometida todo el universo tiembla. Como tiembla cuando en el Mar de la Plata se hunde el Graf Spee por obra de su capitán y éste, poco después, se suicida en la habitación de un hotel de Montevideo vestido con su uniforme de gala. Como también es la muerte horrenda de Scott la que desgarra el tiempo y no el genial triunfo de Admunsen en la Antártida. Y Ramón Mercader vive el resto de su vida entre la cárcel mejicana, la Rusia que solo puede loarlo en secreto y una Cuba en la que muere sin pena ni gloria en 1973 porque él ya ha sido inmolado al altar de la verdad en aquel despacho del barrio de Coyoacán treinta y tres años antes.

El gesto repetido es la superación de la ideología, la creación de un nuevo espacio de conflicto donde no siempre llega la comprensión ni la justificación. A diferencia de los momentos canónicamente recordados por los glosadores de la historia (inventos, descubrimientos, actos heroicos planificados y victoriosos…) las cicatrices que aquí se citan son incómodas de computar. Y es más fácil asociarlas a la villanía o la necedad porque, en demasiadas ocasiones, las motivaciones que los han producido han quedado demasiado atrás o están excesivamente ligadas a un movimiento interior del individuo. Algo que no puede extrapolarse fácilmente ni compartirse por la mentalidad gregaria actual del rebaño.

Aún así nunca faltaran oraciones susurradas para esos titanes desdichados que han traspasado la frontera del logos metafísico para traducirse en mito. Oraciones como esta.

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