Tauromaquía – Dios, patrimonio de la humanidad (III) – por Ángel Noguera

Se halla un documento intrahistórico que nos acerca al rancio provincianismo taurino. Corrobora el porqué de la tesis lorquiana: ”la tauromaquia es la riqueza poética y vital mayor de España, la fiesta más culta que existe en el mundo, de las pocas cosas serias que quedan, y el único lugar adonde se acude con la seguridad de ver la más deslumbradora belleza”.
El autor traduce a su antojo.

Aunque parecía que íbamos de cacería, lo absurdo de nuestro atuendo, afeminado y reluciente traje de cazador salvaje, no daba lugar a dudas, cualquiera que nos viera sabía que en realidad íbamos a vitorear mis nupcias, a despedirme a mí, Melios, de mi adolescencia. Había vivido demasiado para mi propia gloria y ahora necesitaba derramarme y devolver el don recibido. Sería el último día de batalla junto a los promachoi, los que luchan entre los adelantados (sólo el pronunciar esta palabra nos elevaba el pecho).

Por suerte, llevábamos un tiempo en paz con los pueblos vecinos. Nuestro rey, Areo, hijo de Minos, había acordado una tregua que duraba ya varias décadas; eterna sería, si no fuera porque la experiencia confirmaba que la paz era un estado transitorio. Abandonábamos la ciudad de madrugada, cansados de tanta degradación, ahuyentando los malos espíritus que querían conducirnos a los halagos populares sin sentido estético, orden ni belleza. Los promachoi participábamos en verdades, no en mentiras; la lucha con la muerte y el miedo, con la materia y la geometría, eran movimientos a los que las costumbres nos habían llevado como un destino ineludible, y su puesta en escena delante de nuestros ojos, en el círculo que forma el pueblo reunido, siendo además las propios actores y máscaras, no más que una muestra de orgullo y sinceridad. El rojo presidia nuestras ropas, como presidia los enterramientos.

Los ancianos dicen que nuestra tierra semeja una piel de toro. Es un hecho curioso que yo nunca he podido comprobar. Supongo que antiguos marinos costearon buscando aventura y dieron fe de ello; con todo, y a pesar de que no se pueda demostrar ninguna relación mágica entre esto y la predisposición a enfrentarnos con los toros, lo cierto es que desde tiempos remotos hemos fomentado la extraña idea de medirnos con ellos, de dominar su fiereza sin someter su dignidad, dando alimento a su bravura sin intervenir en su naturaleza primera. Recientemente vino un filósofo del continente a discutir complejas cuestiones de carácter metafísico y religioso con nuestros sabios, y fue invitado a presenciar un espectáculo en el cual se daba muerte a un toro. Después de ver el ritual, fue dialogando por la ciudad dedicándonos calificativos no muy amistosos; a saber, que éramos unos ignorantes y que actos innecesarios como la muerte de ese animal los que mantenían la violencia en el mundo, las guerras y el hambre saqueador de ciudades. El de la escuela de Sócrates armó un tremendo revuelo, que se contagió en voces de protesta contra la continuación de tal arte, agitadas por algunos enemigos del rey que querían imponer, quizá no sin buena intención, pero con demasiado odio en sus ojos, un nuevo orden de valores e ideas. El mismo Areo, lo Superior le otorgue la gloria eterna, tuvo que salir para calmar a la muchedumbre, en la que se anticipaba ya un conflicto, a juzgar por el entrecruzar de miradas entre partidarios y detractores.

El Sacerdote Rey dijo:
“Las edades de oro y plata, de vitalidad joven, quedaron en el olvido, la vida adulta y vigorosa de bronce murió ayer, parece que ya sólo nos queda el hierro y una vejez dolorosa. Primer deporte y primer arte, lo innecesario de su práctica es su mayor elogio. Como sabéis, recordando a nuestros ancestros veneramos una cueva sagrada en la que aparece representado un hombre vencido, derribado por un toro, no es vano tenerlo presente. Si la pasión que anima a este filósofo y su censura fueran sinceras, haría tiempo que su gobierno, aconsejado por sus sabias palabras, hubiera dejado de engrandecer su ejército manifestando una clara voluntad por la eliminación del mal y el dolor en el mundo, no ya por una guerra concreta. Sin embargo, no lo ha hecho, todo lo contrario, y no digo que no quiera, no puede. ¿Es que acaso podrán negar pasiones humanas indestructibles? ¿Pueden desmontar el ingente edificio de la crueldad humana, comenzando por su inofensiva expresión artística, dejando intactos los cimientos? ¿Qué pensaría Dionisos sobre esto? ¿Qué pensaría el dios epidémico? Yo os lo diré. Cadmos, barbarizado, sólo es librado de su manía cuando saquea el templo de Apolo. Nos crecemos para el castigo, y volveremos a ser burlados como tantas veces.

Una nueva religión viene de tierras no bárbaras junto a este filósofo, enviado hermético que recrea celestes imágenes, teología astral purificadora; a nosotros de un más allá nos llega una religiosidad salvaje, que puede volver loco al que la descubre, planteando un enigma y una elección a resolver. El toro, como el niño, entra en el mundo brincando, es todo fuego, una pequeña bestia loca, cuando le asaltan los temores recibidos de las heridas, se calma y domina el miedo, únicamente así muere noblemente.

¡Adoramos y sacrificamos toros a Gerión! Vemos el camino que va desde el terror a la más jubilosa alegría. Hace tiempo que aprendimos nuestras propias ceremonias, otros afrontaron menores riesgos en su historia y obtuvieron las suyas, no tan crueles quizá, seguro que inferiores en belleza. Dionisos Katharsios, dios liberado caminante del Ática, a caballo entre lo salvaje y lo cultivado, es el virtuoso vino volcánico con el que se entona el ditirambo supremo. Recordad que él nos obligó a caminar erguidos y a saltar, nos desveló su epifanía bajo una doble forma: un toro salta de repente en el sacrificio; el vino llena súbitamente las cráteras.

¡No os avergoncéis! Para el guerrero el pecado consiste en no conocer sino la lanza; los nuestros se distinguen por su justicia, por saber respetar todo lo que tiene valor sagrado, ayudando con su derramamiento de sangre al orden de Zeus. Y si el hombre se ofrenda para mayor gloria de Dios, también el toro al cazador para mayor gloria suya, repitiendo el sacrificio que ha permitido el progreso del hombre. Gracias al toro bravo existe el toreo, su propio ser lo quiere así, y más respeto merece que vosotros mismos, él es una de las imágenes perfectas, vosotros estáis todavía por hacer la vuestra.”

Mandó el rey imprimir su discurso en unas tablillas que se repartieron a los ciudadanos. Quizá desde entonces sabemos lo que buscamos. A eso mismo íbamos esa noche. Continuamos caminando embriagados, entre risas bajamos por la ladera. Al atravesar el río y subir por un pequeño otero contemplamos la silueta del dios presidiendo la ciudad. Nos quedamos un instante callados ante la divina proporción fecundando la tierra, elevamos los brazos devolviendo el saludo como en un espejo. Camino abajo, descendiendo por un sendero pedregoso y laberíntico que tensaría la musculatura y pondría a prueba nuestra agilidad, se llegaba a un llano al fondo del cual se encontraba la cueva. Dentro, clavados en la base de un pequeño altar, había puñales deteriorados por el tiempo y unos signos escritos en la piedra, letras que recordaban nuestra escritura, pero que entre otras indescifrables resultaba incomprensible la palabra venatio. Encima del altar un viejo ídolo solar, a cuyos pies se recostaba sumiso un perro, blandía una espada delante de un toro. Detrás estaba la pintura, la teogonía. Un acróbata derribado y en posición horizontal, con un brazo defendiendo su cuerpo y tapándose los genitales con la mano intenta moderar el golpe en la caída, mantiene el otro brazo sobre su cabeza queriendo protegerla.

Nemesios, hijo de Areo, aproximó la antorcha y elevó la voz:
“Matando al toro se salvó de los influjos maléficos, se transformó en héroe victorioso del mal, porque supo de su mal. Conócete a ti mismo.

Primero había medido sus fuerzas con el Sol, el Sol mismo le rindió homenaje, decretándose desde entonces la alianza eterna de colaboración bajo la protección de Hera.

Nosotros interrumpimos el movimiento de decadencia continua del hombre. Macho impetuoso cuyo semen abundante fertiliza la tierra. Potencias elementales de la sangre y del sacrificio.

Soporte del mundo manifestado, aquél que desde el centro inmóvil pone en movimiento la rueda cósmica y que cuando retire sus pezuñas, al final de cada una de las cuatro edades, los cimientos del mundo serán destruidos.

Fuerza creadora, fertilidad infatigable de Urano, dios del cielo, invencible, nacido de una roca. Nuestro acto esencial esta noche es un sacrificio por orden del Sol.”

Una oscura gruta conducía directamente a la salida que abría la entrada al cementerio de los héroes. Nemesios se dirigió a la Luna con estas aladas palabras:
“Repitiendo la prueba que los reyes míticos nos han impuesto en una ciudad consagrada a Ares, esta noche tendremos que lidiar a un toro y ponerle nombre; así como el padre reconoce a su hijo y lo levanta del suelo, así nosotros discerniremos si es una imagen falsa o embustera o un producto auténtico y de legítimo origen. ¡Venimos a pedir permiso a los muertos!”.

De entre todas las estelas sobresalía una ocupando el centro a partir del cual se organizaba el espacio. Las almas hechas piedra, origen de lo vivo, giraban en torno a ésta. Queriendo evocar al difunto, y adentrarnos en el pasado como parte integrante y activa, cantamos tres canciones a Zeus Meliquíos: una por el tiempo que fue, otra por el tiempo que es y otra por el que ha de ser. Brindamos por el muerto recordando su presencia. Cuando la noche cayó sobre nuestras mentes, ya apuradas las copas, idéntico sueño nos visitó a todos. Una voz cuyo timbre era humo, soplo y sombra, con algo de recuerdo y de presente vivo, pero inasible, pronunció: “te he visto verme”.

Prosiguiendo el sendero llegamos a las tierras fértiles. Más allá nos esperaba la deteriorada muralla, puerta de entrada al reino. Sobre columnas se erigían dos tremendos cuernos de mármol alineados con los que estaban arriba en el ágora. Cada uno de ellos ostentaba una letra. La leyenda habla de un sabio y rico ganadero judío que llegó hasta aquí seducido por la fama de los espectáculos. Un año quedó para disfrutar de las diferentes atracciones que tenían lugar, cumplido el tiempo del cual hizo una ofrenda para el mantenimiento de la fiesta y la construcción de la entrada. Mucho gustaron de esto los nobles de la ciudad y al preguntarle que qué podían hacer ellos por él se limitó a decir: “este pueblo es la casa del Toro, manifestación del Áleph-Beit revelador de los misterios de la vida, de la muerte y del renacer. Un antiguo relato de mi pueblo cuenta que había un hombre muy humilde que no sabía leer ni escribir, pero que tenía una profunda fe en Dios. Un día intentó explicarle al Único su problema, esto es, que no sabía leer ni escribir y que por tanto no sabía cómo orar. Dios le preguntó ¿tú conoces el Áleph-Beit? Sí, contestó extasiado ¿sabes pronunciarlo? Sí, Señor. Pues entonces cada vez que tengas necesidad de orar, simplemente pronúncialo, pues simboliza todo, desde la génesis del ser, origen y energía inicial, hasta lo concreto, la intersección de la cruz de brazos iguales, el Tav, cuya idea se manifiesta en los cuernos y morro del toro. Poned estas dos letras, en vuestra lengua, en recuerdo mío, porque aquí vive la mano del Creador.”

Fuera, como advirtiendo a qué peligros nos enfrentábamos saliendo a surcar los mares, se encontraban los toros en un inmenso y verde valle custodiando la isla con altanería. A lo lejos, a cuatro tiros de piedra, divisamos la manada más próxima. De ella se adelantó un ejemplar al advertir nuestra presencia, destacándose así de los demás; yo hice lo mismo, era mi día. Empecé a correr saltando derecho hacia su encuentro, fue sólo un tanteo, un calentamiento, el miedo me hizo retroceder, aunque la elegancia de los pasos hiciera parecer otra cosa. Al segundo lance pude incluso mirarlo a los ojos. En mi retirada adiviné lo que ya sabía. Estaba preparado. El tercer encuentro es el definitivo: la inmovilidad del animal calcula hasta qué distancia eres capaz de arrimarte, momento que aprovecha para arrancar. El pitón engancha la taleguilla rasgándola, deja aparecer la carne, lo que sólo sirve para dar un ligero impulso a la presa y, aprovechando la caída, poder penetrar limpiamente. Cornada perfecta es, la que entra por un costado, atraviesa pulmones y corazón, llega a la base del cuello y perfora la lengua.

Así fui muerto yo, Melios. En mi estela pone mi nombre, allí rememorareis mi historia.

  • Dios: Patrimonio de la Humanidad (I)Leer
  • Dios: Patrimonio de la Humanidad (II)Leer
  • Dios: Patrimonio de la Humanidad (III) Tauromaquia

Texto publicado originalmente en El Intempestivo #4

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